Los dos Luis Almagro, por Luis Ernesto Aparicio M.

Twitter: @aparicioluis
Según el Diccionario de la Lengua española, Cohabitar es la acción de habitar juntamente con otra u otras personas, y en lo político – que es el punto de mi interés – es definido como coexistir en el poder. Esto tiene que ver con un artículo que se ha salido, salido de la mano del mismísimo secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), el señor Luis Almagro. Asunto que ha levantado algunos polvos en el camino, tanto en el país al que ha dedicado su opinión, y mucho más en el exterior, como en otros cercanos.
Muchos titulares y escritos se han agotado en el análisis del artículo aparecido en Crónicas. Algunos medios la han replicado, así como también en las favoritas de muchos analistas y opinadores: las Redes Sociales. Las opiniones han variado, unas en tono favorables, otros como férrea crítica y otros en reclamo de la autoría primigenia –aquello de que yo lo he dicho por mucho tiempo–.
Como quiera que no soy la persona indicada para hacer críticas de lado y lado, ni mucho menos fijar posición, o decisión, como un juez capaz de determinar quién tiene o no la razón; mi atrevimiento estará más en la línea de quien está observando la evolución de las estrategias o movimientos que todos los actores, internos y externos, han desplegado para lograr sus objetivos, incluyendo la intervención de Luis Almagro, con su conocido papel desde una institucionalidad, querida, y no tanto, por los sistemas de gobierno en nuestra América.
La situación en Venezuela es mucho más de lo que podemos ver y en su artículo, el señor Almagro confirma mucho de lo sabido. Existe una crisis de características incuantificables y que solo quienes la están padeciendo conocen a detalles. Hay cifras que se cruzan o se igualan, y las organizaciones que se ocupan de llevarlas se encuentran soportando la sombra de la opacidad que desde el régimen que comanda Nicolás Maduro se tiende sobre cada número, sobre cada letra. Sumergidas en las aguas del engaño, la mentira, la inercia y el desgano, estas organizaciones –muchas sin fines de lucro–, junto a los periodistas –no los medios– llevan a cabo una titánica tarea diaria: encontrar la verdad y darla a conocer sin cortapisas, caprichos e intereses.
*Lea también: Releyendo a Almagro y esperando a Godot, por Julio Castillo Sagarzazu
Dicho esto, creo bueno hacer una evaluación de lo que ahora plantea el Secretario General de la OEA, y esa realidad que cuesta encontrar y mucho más darla a conocer. Para comenzar, debemos ubicar los momentos o hitos, diría un historiador. El Luis Almagro de ahora, ese del 29 de julio de 2022, no es el mismo del 2019, cuando se le exigía a todo pulmón la aplicación del instrumento o la opción llamada «Responsabilidad de Proteger», ese instrumento con el que cuenta las Naciones Unidas, para intervenir en aquellos países donde se estuvieran cometiendo «crímenes de lesa humanidad, depuración étnica, genocidio…» entre otros, y que él llegó a considerar en una exposición que hiciera en el Centro Brandemas de la Universidad de Nueva York.
Ahora bien, así como pasados los dos momentos de Luis Almagro, el de 2019 y ahora el de 2022, bueno es acotar que tampoco es la Venezuela del 2019, aunque si sus actores, la que, al escribir su artículo ha encontrado. Y aunque él enumera una serie de problemas –viejos todos–, se ocupa de incorporar las variantes. Es decir, ya no hay un llamado al incremento de unas sanciones que a la larga se han convertido en estimuladores de la corrupción, del «resuelve» y con ello la calidad de vida de los ciudadanos, ni mucho menos al uso de la fuerza como solución. ¡¡¡No!!!
Ahora encontramos a un Luis Almagro que llama a la búsqueda de aquellas soluciones que transiten por estrategias más civilizadas –más políticas– que son las más reales. Y son las más reales porque ofrecen la oportunidad de encontrar, primero las soluciones para lo más urgente y luego para las más importantes.
Claro está, él recuerda que los diálogos con los actuales protagonistas no han resultado –verdad del tamaño de Everest, porque el universo no tiene fin–, más allá de servir como extensión de la agonía de los ciudadanos y de la permanencia en el poder de las personas y los métodos que los llevaron a vivirla.
«El tiempo fue poniendo las cosas en su lugar», dice Almagro en su artículo. Quisiera entender que se ha enterado, en esta versión 22, que la situación no depende de una barrida por intermedio de una «Responsabilidad de Proteger», ni mucho menos de acción armada paralela, más allá del uso de la razón y la astucia política para encontrar aquellas piezas que terminen de armar la estructura del camino que necesita Venezuela y sus ciudadanos. Que más que los soportes o construcción de ilusiones, este país necesita de movimientos inteligentes que permitan abrir las opciones de cambio.
El camino no está lleno de flores, ni mucho menos de opciones mágicas o tremendistas que solo consolidan los tiempos de martirio para la gente y la permanencia de los que ahora detentan el poder de gobierno en Venezuela. También es cierto que pensar en que la institucionalidad funcionará porque eso, por los momentos, como dice Almagro, no existe, pero hay que trabajar para obligar a que esto tome el rumbo que le corresponde.
Para comprender el cambio, o a este otro Luis Almagro, hay que remontarse a la entrevista que se le hiciera en El Mercurio de Chile, por allá en 2016, cuando dijo: #En democracia es necesario que haya diálogo entre gobierno y oposición…». Es decir –apartando la existencia de una democracia en Venezuela– que, este Almagro, ha rescatado lo que sostuvo desde sus inicios al frente de la OEA y que luego por presiones o sobresaltos emocionales, lo llevó a considerar otro tipo de soluciones. De tal manera que no es ni una entrega o rendición, ni mucho menos una acción genuflexa. Muy por el contrario, es el rescate de su coherencia en su gestión al frente del organismo americano.
En resumen, para todo hay. Por ejemplo, decir que Luis Almagro está haciendo un llamado a que todos sean unos «colaboradores» del gobierno de Nicolás Maduro, o simplemente pensar que el uso de la palabra «cohabitar» es una falta de respeto para la lucha que unos u otros han empeñado en Venezuela; o que otros le llamen complicidad, es no entender que su propuesta es la de encontrar las vías más expeditas para flexibilizar las opciones de cambio en el tiempo.
Su propuesta está enmarcada en el papel de un gerente responsable, de un político que conoce sobre ese arte y sobre quien recae la responsabilidad de mantener la región en paz, en la cohabitación necesaria, si nos ajustamos al diccionario de la lengua española.
Soy de quienes han apostado por el uso de la política como resolución a los problemas que tienen su origen desde ella. A mi entender no hay más opciones, ya que las fabricadas desde la violencia, interna y externa, solo complicarían más la situación. Solo me preocupa que no se ve una base sólida, un protagonismo, de parte y parte, de emprender semejante proyecto para la solución definitiva. Encima, está el tema de la urgencia que siempre se encuentra sobre lo importante por lo que se prefieren los caminos más cortos, la inmediatez en la solución. De tal manera que hay mucha razón en este otro Luis Almagro, por lo que sus seguidores, y los no tanto, sean capaces de escucharlo –leerlo– por esta vez.
Luis Ernesto Aparicio M. es Periodista Ex-Jefe de Prensa de la MUD
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo