Los nazarenos de nuestras calles, por Rafael Antonio Sanabria Martínez

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Se ha cumplido el primer trimestre de 2021 y la situación para el venezolano humilde sigue siendo la misma: continúa pagando las acciones de los poderosos. Cada día la cruz de los nazarenos de mi país, se hace pesada y lamentablemente no consiguen un Simón de Cirineo que les ayude en el viacrucis, caen bajo el peso del madero. Hay quienes ya no cuentan la historia porque entre la situación pandémica y económica han partido de improviso. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.
Hasta cuándo tantos azotes a un pueblo que el único pecado que ha cometido es creer con vehemencia en las directrices que los jerarcas del gobierno les han vendido, preñadas de ilusiones y nuestra gente paciente y gentil sigue diciendo presente. Te aseguro que mañana estarás conmigo en el paraíso
Esos nazarenos que viven del día a día, que no saben de estadística ni finanzas, pero sí saben cuando el hambre toca al estómago, ya están cansados, agobiados y no ven mejora en su realidad inmediata.
Caen una y otra vez ante la mirada lejana de un gobierno indiferente. Esas madres e hijos que a diario sufren para alimentarse, que hacen de tripas corazón por el pan nuestro sobre la mesa cada día. Madre, ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre.
El pueblo venezolano sigue esperanzado, aun cuando la dinámica política no avanza, está detenida y nadie le da un alto. Pareciese que todos los participantes están interesados en que el pueblo siga bajo la ignominia del yugo de los poderosos. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Todos los «nazarenos» sabemos que con un sueldo mínimo no se puede sobrevivir. Ante eso el gobierno hace solemnes promesas que no se cumplen. El poder adquisitivo increíblemente bajo es sustituido por falsas ilusiones, unas sobre otras, año tras año.
Las bolsas Clap les llegan cada tres meses a la población aunque, supuestamente, deberían llegar cada 20 días (al beneficiario, por mensaje de texto, se les pregunta si han recibido la bolsa Clap en ese mes, pero cuando va a responder que no, la página le responde: «Muchas gracias por su respuesta», es decir, que alguien antes respondió por el usuario. ¿Acaso será porque a los receptores de bolsas Clap les solicitaron previamente «por orden del alcalde» su número de Carnet de la Patria?, una vía expedita para acceder y responder por uno).
Desde hace años la bolsa no tiene leche: una generación completa de niños que nunca tomó un vaso de leche. ¿Qué será del país? Mientras, las bandas de delincuentes comunes se jactan de que reciben del Estado muchas bolsas por un acuerdo suscrito (¿legal?, ¿moral?). Esos productos luego los venden a precios dolarizados. De hombres de moral y valores tengo sed.
Ya es incontrolable la situación, ya se escapa de las manos del ingenioso pueblo, ya es hora de reconocer que el país está dolarizado, que los comercios te cobran los productos en función del dólar. De igual forma se opera en el cobro de alquileres y condominios, pero el detallazo es que el sueldo de los obreros y profesionales no se adecua a la realidad. ¿Y quién defiende al pueblo? Nadie. Todos se lavan las manos como Pilatos. En los líderes prevalece el individualismo, los intereses personales y el egoísmo.
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Por allí andan los nazarenos de mi pueblo dejando a su derredor el sudor de su frente a la zaga de una bombona de gas, mientras los herodes del momento le ultrajan y especulan con el precio en dólares, olvidando que fueron mis nazarenos quienes los llevaron al poder.
Es notorio cómo las cúpulas se preocupan por las tarjetas electorales y la «maquinaria» de movilización, quien será el candidato y cómo ganarán las elecciones, tanto en el oficialismo como en la oposición. Pero no tienen presente las necesidades de quienes los llevan al poder.
Si no nos agarra el chingo nos agarra el sin nariz, pero el pueblo sigue con la pesada cruz, cual nazareno que recorre las calles en busca del pan nuestro de cada día. Todo está cumplido.
Señor presidente, hay un pueblo que sufre a diario, por mucho que usted le dé incentivos, a través de las políticas sociales, solo le ayuda a paliar la situación un instante, pero jamás le genera un buen vivir. Es momento preciso de reflexionar como actores políticos, reconocer y evaluar en qué se ha fallado y, tal cual como alguna vez se dijo en el plano revolucionario, aplicar las tres r con honestidad y justicia. En tus manos encomiendo mi espíritu.
Yo, soy pueblo.
Rafael Sanabria es Profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).
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