Lubianka, por Gustavo J- Villasmil-Prieto

Twitter: @Gvillasmil99
Conozco edificios que terminaron teniendo un fin muy distinto para el que fueron diseñados. El Helicoide, por ejemplo, fue concebido por los arquitectos Neuberger, Bornhorst y Romero Gutiérrez en 1956, en medio del furor modernizador de la Caracas de entonces, como un modélico centro comercial que nunca fue, deviniendo finalmente en mazmorra oficial sucesora de la terrible Rotunda de Gómez.
Lo mismo hay que decir del bastante feo edificio moscovita que en 1898 se construyera para sede de una firma aseguradora que creo jamás lo ocupó y cuyos espacios terminaron acogiendo a las sucesivas sopas de letras de la represión rusa de todos los tiempos: el NKVD estalinista, el KGB de la gerontocracia que sucediera a Kruschev y, finalmente, al actual FSB. Siglas distintas para designar a una misma máquina de matar. Lubianka se llama. El “alma mater” de Vladímir Putin.
Sus salas y pasillos sirvieron de escuela para que el hoy presidente de Rusia aprendiera lo único que realmente parece saber hacer: matar gente. La historia de la medicina en el siglo veinte también tiene una página escrita desde sus siniestros calabozos, siendo que en uno de ellos fue asesinado a garrotazos, en medio de la que debió ser una macabra sesión de tortura, el profesor Jakub Karol Parnás, uno de los grandes titanes de la bioquímica de todos los tiempos.
Jakub Parnás nació en Termopil, ciudad situada en el extremo occidental de Ucrania fronterizo con Polonia, el 16 de enero de 1884. A su genio, unido al de los alemanes Gustav Embden y Otto Meyerhoff (premio Nobel en Medicina o Fisiología en 1922) debemos el descubrimiento de la más elemental de todas las rutas de la bioenergética de las células superiores: la glicólisis, proceso que hoy conocemos con la vía de Embden-Meyerhoff-Parnás y en virtud del cual nuestras células convierten la glucosa en ácido láctico.
La porosa frontera ucraniano-polaca de su tiempo puso a Parnás en temprano contacto con el vigoroso impulso científico centroeuropeo de la primera mitad del siglo pasado. Graduado en Medicina en la Universidad Jan Kazimierz de Luv – centro académico polacohablante de gran tradición en Ucrania– el joven Parnás inmediatamente se relacionó con importantes laboratorios de investigación en el Reino Unido, donde complementaria su formación bajo la guía de titanes de la ciencia allá aquerenciados. Uno de ellos fue Richard Willstäter, el gran químico alemán que descubriera la estructura de la clorofila, la sustancia que hace verdes a las plantas.
Por aquel entonces surgía en la Europa central, junto a la alemana, una promisoria escuela bioquímica polaca cuya influencia se haría sentir también en el lar ucraniano de Parnás merced de antiquísimos vínculos históricos entre ambos países reforzados por el carácter perfectamente bilingüe de la población en ciudades que bien en Polonia o Ucrania alguna vez estuvieron integradas al antiguo imperio austro-húngaro. ¿Cómo poner en duda entonces la clara condición europea de la atormentada Ucrania de hoy?
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Quiso la infame paz de Yalta que la villa natal de Parnás quedara del lado soviético tras el fin de la guerra en 1945, por lo que la URSS reclamó como suyo al notable bioquímico en medio del aquelarre pseudocientífico de Lisenko y los cófrades de la»ciencia proletaria» deseosa de reivindicar «saberes populares» que tan grata fuera a Josif Stalin e incluso a más de uno aquí en la Venezuela de estos tiempos. Pero para Lavrenti Beria y sus matones de Lubianka, el intenso intercambio académico de Parnás con Occidente llegaría a resultar incómodo al extremo de acusar al profesor de espiar en contra de los intereses soviéticos.
En la tarde del 28 de enero de 1948, el profesor Parnás faltó a la sesión de su seminario doctoral pautada en su departamento de la universidad. Los estudiantes, extrañados por la ausencia, corrieron a buscarle a casa encontrando a su esposa sentada en la acera sollozando, con la mirada fija en el precinto policial que desde aquel instante le prohibía el acceso a su propia casa. «Se lo llevaron», les dijo entre lágrimas,»y no sé a dónde». Veinticuatro horas más tarde, el gran bioquímico ucraniano de lengua polaca sería asesinado en los calabozos de Lubianka. Su viuda sería informada solo tres años después, cuando se le entregó un parte forense según el cual, el profesor Jakub Karol Parnás había muerto a causa de un «paro cardíaco». Hasta donde sé, su cuerpo nunca fue recuperado y hoy yace en alguna perdida fosa común de las muchas cavadas por los soviéticos en los países bálticos.

Jakub Karol Parnás
«Démosles Ucrania a los austríacos», instruyó un día Catalina de Rusia a sus ministros, «al fin y al cabo, aquello no es más que un granero lleno de ratas y de judíos». Así se expresaba la zarina ilustrada, cuya «intelligentsia» le hizo creer un día que mandando a construir el Hermitage iba a hacer de Rusia lo que ni entonces era ni hoy es, pero que Ucrania sí: parte de Europa. Una conferencia binacional anual de bioquímicos ucranianos y polacos se celebra alternativamente en cada país para honrar la memoria del sabio y promover el intercambio de experiencias e ideas entre sus investigadores. Supongo que ya no las habrá más, aplastada Ucrania por las orugas de tanques rusos con orden de arrasar todo lo que de europeo y occidental en sus campos quede.
No será la primera vez que los «ivan ivanovichs» tomen a Ucrania dejando muerte por doquier: Josif Stalin ya lo hizo. Fue entre 1932 y 1933, durante el tristemente célebre Holomodor, que mató de hambre a no menos de cuatro millones de campesinos ucranianos. A nadie extrañe que hoy los rusos lancen misiles contra un hospital pediátrico de Mariúpol. Arrasar con población civil parece ser su especialidad.
Matar. Al campesino, al sabio, a quien se atraviese, pero matar. A eso vino una vez más Rusia a la Ucrania de vocación y espíritu occidental y europeo en la que nació Jakub Parnás. Terribles ordenes que emanan hoy como ayer del mismo lúgubre edificio que fuera la tumba del gran bioquímico ucraniano, sangrienta escuela del crimen cuyos manuales parecen ser lo único que Vladímir Putin ha leído en su larga vida de esbirro profesional.
Así lo habré de recordar la próxima vez que, ante mis estudiantes y residentes asombrados por los altos niveles de ácido láctico en la sangre de un enfermo crítico, diserte sobre el drama metabólico de la anaerobiosis en los mismos términos que lo hicieran aquellos sufridos sabios atormentados por los totalitarismos de siempre: los alemanes Embden y Meyerhoff, víctimas de los nazis, y el ucraniano Parnás, que lo fuera de los rusos.
De los crímenes de los hitlerianos ya casi nadie habla, cosa que es de temer porque por allí se sabe que andan. Pero de los de Putin y los engendros de las tesis del llamado eurasianismo de Alexander Dugin, cuya calaña no es menos perniciosa que la de los nazis, estamos siendo hoy espectadores en directo, cuando contemplamos por televisión, atónitos, la marcha de los convoyes rusos sobre Kiev. Vienen a lo que siempre han querido y jamás logrado: a extirpar a Occidente del alma ucraniana a cualquier precio, no importando si para por ello deban perecer niños y personas inocentes. Esa y no otra es la orden emanada de las oscuras oficinas de Lubianka.
Gustavo Villasmil-Prieto es Médico-UCV. Exsecretario de Salud de Miranda.
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