Maduro y su régimen: asesinos, por Pedro Luis Echeverría

Es inaudito e inaceptable que en nuestro país el régimen que desgobierna haya establecido un sistema de intolerancia política, violencia e irracionalidad, que se fundamenta en el asesinato a mansalva, como, por ejemplo, los más recientes: las masacres de Guanare, del Macutazo, del barrio de Petare; las muertes del diputado, Fernando Albán y del Capitán de Corbeta, Rafael Acosta Arévalo y las abominables agresiones a cientos de personas.
El régimen utiliza, contra los opositores que no mata, un sistema de represión que se fundamenta en su encarcelamiento, su aislamiento e indefensión sin fórmula de juicio y sin el debido proceso y confinados en mazmorras obscuras, malolientes y antihigiénicas para producir la muerte lenta de los allí detenidos; en las desapariciones forzadas de personas; en las torturas físicas y morales de los retenidos y de sus familiares; en el escarnio público de los detenidos; en las acciones violentas e ilegales de los grupos oficiales y extraoficiales de apoyo al gobierno, que están integradas por una cáfila de delincuentes de baja ralea y que son realizadas impunemente con la complicidad de las autoridades y exacerbadas por la dirigencia “chavista-madurista”.
Estas iniquidades son utilizadas por el régimen como instrumentos de acción política para atacar y amedrentar al país. No hay día en que los medios de comunicación no reporten situaciones de esa naturaleza que se suceden, en forma alarmante, en contra de los disidentes, sean éstos civiles o militares.
La perversidad y saña utilizadas por los esbirros del gobierno no tienen antecedentes en nuestra historia, la perfidia criminal cubana enquistada en los cuerpos de represión gubernamentales, deja muy lejos los excesos y abusos perpetrados por la tristemente célebre Seguridad Nacional de los tiempos del dictador Pérez Jiménez.
Cuando inexorablemente se aproximan los inevitables momentos en los que la dictadura de Maduro debe abandonar el poder, se percibe una mayor radicalización del régimen que exacerba la represión, la polarización y la tensión social y cuyos rasgos fundamentales evidencian el endurecimiento del contenido del discurso político y actitudes gubernamentales que acentúan las diferencias y no deja espacios para el debate y el entendimiento.
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Los tiempos actuales están signados por la violencia, la intransigencia y la confrontación. En efecto, el régimen y la inteligencia cubana se aprovechan del comportamiento irracional de las masas utilizando un discurso de exclusión y odio; ésta es una de las estrategias represivas más execrable que ha venido siendo utilizada por el régimen para tratar de amedrentar y acorralar a los grupos opositores.
Igualmente, la violencia institucional del gobierno al realizar el cierre deliberado de las instancias a las que se podría acudir en demanda de justicia y control de tales exabruptos. A pesar de los llamados pacifistas de las organizaciones opositoras, la violencia que podría desatarse en el seno de los desafectos al gobierno sería un acto de legítima defensa ante el arrinconamiento y las acciones políticas de acoso y persecución de las que son objeto.
La sociedad venezolana y la comunidad internacional no pueden permitir que sean la violencia, la confrontación y la subversión social la única salida política que le queda a la oposición frente a las inaceptables y viles intenciones del régimen de conculcar los derechos básicos a la vida, la libertad y la dignidad. No se debe tolerar que el gobierno acose, reprima y pretenda destruir por completo a una oposición que se resiste a aceptar pasivamente el estado de cosas que vive el país.
La oposición, hasta ahora ha transitado y transita una ruta pacífica y queremos mantenernos en ella. Chávez, Maduro y sus cómplices tuvieron la oportunidad de gobernar y lo han hecho muy mal. Y por ello no tiene fundamento moral, ni es racional que pretendan extender su tiempo en el poder.
Todavía les queda la posibilidad de competir electoralmente; si consideran que deben hacerlo, que lo hagan, pero respetando los fueros democráticos. No más ventajismos irritantes, no más perversas intenciones. Es deber y responsabilidad del gobierno tomar las acciones necesarias que eviten llevar al país por un sendero de enfrentamientos fratricidas en el que nadie ganará.