Mambrú se fue a la guerra, por Beltrán Vallejo

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El pueblo venezolano parece vivir un calvario donde se suman tormentos nuevos. Desde esta perspectiva, las calamidades de vivir en la Venezuela de Maduro y la actual realidad de la pandemia ahora cuentan con una escalada de acciones bélicas desde el 21 de marzo en el Apure, en la frontera con Colombia, y que ha dejado bajas militares, refugiados, ajusticiamientos, la acción del FAES, escaramuzas con grupos armados e incendios de vehículos brindados y víctimas al pisar minas enterradas por esos grupos.
Se han sumado al sufrimiento del pueblo venezolano la incertidumbre y la falta de claridad para saber en verdad qué es lo que está pasando allá por el Arauca, de donde viene el tableteo de las ametralladoras y el sonido amenazante del helicóptero artillado. Se ha colado una Venezuela que está en guerra y un vecino colombiano que amenaza y dice que allá se están enfrentando «dos carteles de la droga».
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¿No es verdad que Colombia y Venezuela están a un paso de algo muy duro para sus pueblos? Debe haber un clamor tanto del pueblo venezolano como del pueblo colombiano para que de manera unificada ese grito de alerta le llegue a los atorrantes oídos de Maduro y de Padrino López, y a los oídos de Duque y de su ministro de Defensa, y dejen el juego de testosteronas que tienen y vayan los dos gobiernos por el camino de la coincidencia y no de la diferencia, pues ambos, precisamente, concuerdan de que el narcotráfico y el terrorismo deben ser combatidos; ¿o no es así?
Lamentablemente no están hablando como gobernantes enfrentados a un enemigo común, sino que preparan las condiciones discursivas para la guerra entre naciones, pues es eso lo que pueden traer las inéditas batallas verbales y concretas que se están presentando por y en la frontera.
Y para más estupidez, Maduro mandó para allá a la jauría de las FAES a realizar no sé qué trabajos sucios que van a complicar y no a solucionar ese escenario, como ya lo estamos escuchando de la boca de campesinos de esa zona que salieron huyendo hacia Colombia y han contado allá horrores de ajusticiamientos de familias que luego son disfrazadas de guerrilleros, al estilo masacre del Amparo del año 1988 o al estilo masacre de Yumare del año 1986.
Para colmo, también interviene la neolengua del madurismo y lanza este bagazo: «Grupos irregulares armados se visten de guerrilleros para servir a las rutas del narcotráfico».
Es decir, ubiquemos los «códigos», esos no son «guerrilleros», porque los «guerrilleros» no son narcotraficantes. Tamaña temeridad y bagazo que delata una tarugada de trasfondo que por allá van los tiros.
En el pequeño mundo donde vivimos se sabe que todos los grupos subversivos de esa zona, llámese ELN, FARC (amiga de Maduro), paramilitares, bandas de narcotráfico y las FARC disidentes de las FARC que son disidentes de unas FARC legalizadas, viven del narcotráfico; allí todos envían a EE. UU. o a Europa enormes cargamentos de droga a diario. Pero Maduro neolinguísticamente dice «que no son guerrilleros» porque los guerrilleros no trafican.
Y otro funesto agregado: esas minas «quiebrapatas» son el legado más horrible del historial de todas esas FARC. Esas minas antipersona provocaron entre el 2002 y el 2016 unas 1.297 víctimas militares en Colombia. ¡Hable claro, Maduro!; ¡diga de quiénes son esas minas!
Pueblos de Venezuela y de Colombia: la neolengua de Maduro y el cinismo de Duque pueden llevarnos por un sendero de guerra que más les haría bien a las trasnacionales armamentísticas de EE. UU. y de Rusia.
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