Mank, por Robert Andrés Gómez

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Puede que sea un signo de los tiempos, pero el acento político dentro de los relatos cinematográficos lejos de moderarse o permanecer como un corregistro de su universo, crece y en no pocos casos, llena todo el discurso. Este síntoma aparece por igual en un filme de superhéroes (la saga de Los Vengadores es notable en ello) a una comedia en clave road movie como Greenbook (2018, Peter Farrelly).
Lo dicho no responde a una moda repentina. Todo lo contrario. El cine, como el arte en general, ha conseguido una vez más no responder a una tendencia determinada sino anticipar el futuro.
La fuente viene dada por uno de los siglos más complejos que nació con un caos anunciado: el Y2K y pisó el acelerador con uno de los atentados más atroces contra la humanidad: el 11-S. A partir de allí, fenómenos sociales, culturales y económicos han orbitado o desprendido todo un hacer desde el discurso político.
A partir de allí, la red de conspiraciones no ha dejado de arrastrar a pocos ni de crear nuevos monstruos: desde Al Qaeda al Daesh.
Wikileaks o el affaire Snowden aún no terminan. Y, en otro sentido, los Panamá Papers, el Socialismo del Siglo XXI y el auge de los populismos alentado por el creciente germen de las fake news.
En medio, las redes sociales surgen para convertirse en la nueva caverna. Imágenes distorsionadas de la realidad y de los propios usuarios apostando por una “segunda vida” y reconvertidos en habitantes de un Salem digital.
Autor de la incómoda La red social (2010), David Fincher ha buscado en las fuentes del pasado (casi un siglo) los insumos para reflexionar sobre este conflictivo presente. Lo hace, además, desde el pasado de Hollywood, de la propia industria, mostrando su vocación y asociación con el ejercicio del poder.
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Sumergido en la actualidad en un océano de corrección política, tras los enérgicos reclamos del Oscars so white y el Me too, Fincher recrea en Mank una historia legendaria desde la trastienda con un guionista como protagonista, un personaje invisible para la industria. “¿Lo conozco?” pregunta Louis B. Meyer a David O. Selznick, refiriéndose a Mank, —Herman J. Mankiewicz coautor del guion de Ciudadano Kane—. Para más adelante preguntarle: “¿Quién dijiste que era?”. “Un guionista”, responde Selznick.
Mank, aprovecha esa condición en la sombra para ver, oír, construir y colarse en cualquier lugar, ante la mirada de todos, sin que sea molesto. Ello, hasta que sus inquietudes le obligan a dar un paso al frente y exponerse a los reflectores.
El desarrollo de Ciudadano Kane, el que muchos consideran el mejor filme de toda la historia del cine y ópera prima de Orson Welles, es el hilo conductor de una película que, planteado el dilema, comienza a deshojar la margarita más allá del celuloide. La política y la construcción de un relato frente a las aspiraciones de un candidato en la sombra del filme, lleva a Mank del biopic al camino de una disección y reflexión sobre las fisuras del sueño americano.
Lo que comienza siendo un tributo al cine se convierte entonces en una carrera contra los actores económicos, culturales y mediáticos. En una reflexión sobre la verdad y, desde luego, sobre la mentira; en una manifestación del relato como vehículo de control. Algo que desborda al protagonista, a quien en la vida real se le escapa ya no el control de sus criaturas sino de la vida.
Fincher acierta en la elección del personaje, del tema, del contexto. Sin embargo, ironías en medio, no en el guion que avanza con dificultad sobre el voraz universo que le toca retratar.
Por momentos, la atmósfera del Hollywood dorado se convierte en una golosina a la que es difícil renunciar, mientras parte del relato hace aguas. El realizador queda atrapado entre el homenaje al filme de fondo y al propio trabajo del escritor de Mank, en este caso, su padre Jack Fincher. Así, el filme se convierte en un trabajo episódico donde a ratos se mira al protagonista, otros a la trastienda de Ciudadano Kane y finalmente al dilema verdadero que queda arrinconado en el metraje. Lo mejor, sin embargo, queda condensado en los diálogos mordaces del protagonista y en esa suerte de conciencia amarga que traspasa a los otros.
El filme de Fincher cuenta con el protagónico de Gary Oldman, secundado por Amanda Seyfried (la actriz Marion Davies), Charles Dance (como el magnate de la prensa William Randolph Hearst), Arliss Howard (Louis B. Mayer) y Tom Burke (Orson Welles).
Robert Andrés Gómez es Periodista y crítico de cine. Guionista.
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