Muerte en el vecindario, por Marcial Fonseca

El sedicente detective de la Delegación de la Policía Criminal de Barquisimeto entró a Duaca por Rey Dormido. El hecho, un ahorcamiento, había ocurrido a unos trescientos metros de la estación de servicio; así rezaba el breve reporte que le habían entregado antes de salir de su oficina. A su izquierda vio un tumulto de gente. Seguro que ahí es, se dijo a sí mismo. Puso la sirena a pesar de que no había más vehículos en la calle, solo tres ciclistas.
Se detuvo ante la casa de los curiosos. Entró en la vivienda con la chapa en alto y ordenó a los presentes que se plegaran a la pared opuesta a la puerta de la calle, todos protestaron pero obedecieron. El investigador pudo ver que el muerto estaba en una cama; se molestó por ello. Empezó a recorrer la sala, miró un radio reloj en una repisa, chequeó la hora y disimuladamente miró detrás del aparato. Con gran soltura comparó la hora en su celular con la de la casa; había apenas una diferencia de un minuto; ¿importante?, no lo sabía. Miró el techo buscando la viga de la cercha. Se dirigió a uno de los presentes.
-¿Qué hora tiene usted? –le preguntó.
–Once y siete minutos –le contestaron.
El investigador se dirigió a todos y les preguntó quién había encontrado el cuerpo.
-Yo –contestó una señora mayor–, soy la esposa.
-¿Quiénes más estaban en la casa?
-Bueno, los que vivimos aquí, mi esposo y mi hija.
-¿Hubo alguna discusión entre ustedes?, ¿de qué hablaron?
-¿Por qué lo pregunta?
-Señora, yo hago las preguntas, usted y los demás simplemente las contestan.
-¿No es mas fácil que usted hable con el doctor?
-¿Cuál doctor?
-No sé su nombre, es de aquí de Duaca, vive en Barquisimeto, y estaba visitando a un amigo que vive al frente; él fue amable y vino a socorrer a mi marido.
-Señora, tenemos un protocolo que seguir, debo interrogar a todos los viven o estaban en la casa del hecho, que es esta. También necesito los nombres de los amigos de la víctima.
-¿Cómo que víctima?, ¿víctima de qué?
-Señora, usted está impactada por lo ocurrido, luego hablamos…
-¿Impactada con qué cosa? -interrumpió ella; pero ya el investigador se dirigía a hablar con alguien más.
El detective llamó su asistente, un joven recién salido de la Academia, y le ordenó que anotara los nombres de los habitantes de la vivienda donde estaban y que les informara de que no abandonaran la ciudad…
-Señor –interrumpió el ayudante–, estamos prácticamente en un caserío.
-Bueno, bueno, quiero que todos los presentes estén a mi disponibilidad.
-Así será… Señor, los hijos se han acercado a mí, quieren ir a hacer los arreglos funerarios.
-Eso puede operar; y es seguro de que aquí nos lo llevamos para la morgue.
Esto fue oído por uno de los hijos y abruptamente salió de la casa.
-¿Ese quién es? –preguntó el investigador.
-El hijo mayor –respondió el asistente.
-Tráigamelo inmediatamente.
No hubo necesidad, el hijo venía de regreso acompañado de un doctor, la bata blanca lo delataba.
-Señor detective –dijo el galeno–, ¿puede explicarme qué es lo que usted desea?
-Muy simple, hay que llevar a cabo la autopsia de esta víctima.
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-Con todo respeto, este hombre murió de un simple infarto al miocardio hará unas dos horas. Usted, creo, tiene que estar dos casas más allá, allí hay un ahorcado y murió como consecuencia de ello, ya lo examiné, está bien muerto, aunque no puedo decir si se ahorcó él mismo o si fue ayudado; es decir, no sé si lo subieron a la viga, ya muerto, con la soga al cuello o quizás lo subieron vivo y lo ensogaron; a él sí hay que hacerle la necropsia de ley; y de paso estudiar muy bien la escena el crimen.
El detective, con la frente muy en alto, se dirigió a la casa vecina.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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