No te pares a mirar, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
En la medida en que envejecemos el mundo se nos va poblando de recuerdos en los que se mezclan la realidad con porciones de fantasía. Cuando hace unos días me enteré por las redes que habían sepultado a Zamuro lamenté la extinción de los antihéroes de mi infancia, bajo cuyas leyendas, reales o inventadas, crecí y no sé cuánto marcaron el tránsito de mi vida después.
Fue casi instintivo que Félix recitara los nombres de los recién fallecidos del barrio –entre ellos su hermano, el chino– para cuando citara a Jesús Pérez surgiera de pronto aquel suceso entonces para mí relegado a un escondrijo de la memoria. Me refiero a la muerte de Pluto, algo que yo callé como si fuese secreto de confesión o el acto de confidencialidad que asume el psiquiatra con su paciente.
Ocurrió un domingo de mediados de septiembre, a las 10:33 de la mañana. Lo evoco con tal exactitud porque entre los obsequios de cumpleaños recibí mi primer reloj de cuerda, que yo miraba a cada instante y lucía con ostentación hasta que una mañana al terminar el recreo se esfumó en el baño de varones del grupo escolar Miguel Villavicencio mientras me lavaba la cara. Nunca tuve dudas de que se lo robó De La Rosa, pésimo alumno de quinto. Para saldar la afrenta, en sexto grado no me contuve, lo miré mal y firmé el desafío, basado en la clásica frase «a la salida nos vemos», oración que a mí me revolvía las tripas.
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Paso rápido a referir que De La Rosa me dio una batida al punto de que mi hermano Teo debió intervenir y fajarse con ese malandrín quien, en tres años era ya un delincuente. Por suerte, el tal De La Rosa acabó su vida tropezando con una bala de la policía. Me lo dijeron, pensé en nuestro pasado y sentí alivio.
Pero de quien quería hablarle es de Zamuro. A esa hora de aquel domingo posterior al 18 de septiembre lo sorprendí encajándole la cuarta o quinta puñalada a Luis Ramírez, un ecuatoriano bajito, silencioso, que reparaba zapatos y quien, no más pisar Artigas alguien se fijó en sus orejas y lo bautizó como Pluto. Yo caminaba a la casa de Francisco Azócar, apodado Bobby. Me distrajo una suerte de gemido como de alguien sofocado. El gemido cesó bruscamente.
Quizás haga falta explicarlo: hay en los barrios zonas empañadas de violencia por donde no se debe circular. Sitios indebidos donde nadie se para a ver y muchos a caminar. No pensé que la escalera de la letra C del bloque tres, abiertamente visible (además de la hora), sirviera de escenario para un homicidio. Lo comprobé al voltear y ver a Zamuro asestando la estocada por el cuello de Pluto. De nada me valió disimular, tocar asustado la puerta de Bobby y marcharnos al beisbol.
La mirada que me despachó Zamuro no era de rabia sino de frustración, como si mi presencia le hubiera dañado la perfección del crimen.
De bolas que no se lo conté a Bobby ni a nadie. Un diciembre estuve a punto de compartirlo con Teo pero mamá le advirtió desde el piso de abajo de la casa que lo llamaban. Teo se levantó de la cama, dijo ya vuelvo y luego de hablar varios minutos por teléfono con una chica, subió a cambiarse de ropa y para subsanar su falta de atención, me reconfortó: a la noche me lo cuentas. Nunca se lo conté. Zamuro y yo tampoco hablamos del tema.
Si apartamos lo de la muerte del infortunado Pluto, algo que la policía no se esmeró en investigar, podemos admitir que Jesús Pérez era buen tipo. Vivía dos casas más abajo de la mía en una suerte de muralla de ladrillos levantada por su padre, el señor Jesús Pérez, moreno, abdomen sobresaliente y cabello negro aindiado, que según cuentan le dijo a los suyos «voy a buscar una caja de cigarros» y no regresó.
Luego nos enteramos que se fugó con una chica quince años más joven que él. Olga Saavedra mató su despecho con música, y ese barrio en el que deambuló mi infancia le está agradecido porque nos hizo conocer a Daniel Santos, Celia Cruz, Eddie Palmieri, la Sonora Matancera, el trío Los Panchos, Julio Jaramillo, Barbarito Diez, Lucho Gatica y hasta aprender a recitar de memoria los mosaicos de la Billo’s.
De recio carácter, la Negra Olga gravitaba todas las noches sobre su amargor y nadie se atrevía a protestar por la música a todo volumen. Uno salía a la calle y ahí estaba Celia Cruz entonando «tu voz que es trinar cenzonte en la enramada…», y yo desmenuzaba cada frase de esa u otra canción, mientras la música seguía su trayecto y se nos metía en el cerebro.
A Jesús Pérez, hijo, le tocó sustituir al Jesús Pérez, padre, pero en eso fracasó. Creo que su último empleo fue de limpieza en el Hospital Militar, formó una familia, pero optó por dedicarse al remate de caballos, el ajiley y el dominó bajo apuesta, en arreglo tramposo con su compadre Samuel. Para los días en que apelo a estos recuerdos fue célebre el combate entre Jesús y Cachalote, no sé si el mayor de los Blanco. Para nosotros fue como la Pelea del Siglo. Bastó que alguien gritara «Zamuro y Cachalote están cayéndose a coñazos» para que dejáramos bates, guantes y pelota en el tierrero donde nos entregábamos al beisbol y ganáramos el privilegio de ver a dos negros, musculosos, con acreditada fama de malotes dándose golpes en la cara, sin que a nadie se le ocurriera separarlos.
Fue tal la intensidad del combate que de existir un árbitro lo habría declarado empate. Ambos terminaron molidos, extenuados. Nosotros, excitados, y mi mamá junto a las otras doñas de la calle Guaicaipuro clamando «Dios mío, aquí ya no se puede vivir».
Cuando ingresé en la Universidad, Zamuro me trató con respeto y yo me esforcé en llamarle Jesús, que fue como finalmente las siguientes generaciones le decían. Pero daba igual si alguien gritaba «¡Zamuro!» y el pana, de aspecto oscuro, rostro desencajado, con ausencia de un diente delantero y pelo hirsuto, volteara para preguntar de manera amigable «¿qué pasó?» Exactamente esa fue la frase que soltó, a modo de pregunta y me salvó la vida una noche en la que me había citado en un callejón con una chica del bloque nueve.
La entrega de los besos hizo que nos abandonáramos al entorno. Entonces fuimos abordados por tres tipos de la segunda vuelta del Atlántico con intenciones de robarnos. Pero quiso el destino que apareciera Jesús y, al notar la confusa situación, y sin dejar que el cigarro se le cayera de la boca, preguntó «¿Qué pasó?». Amedrentado como estaba, solo alcancé a decirle «¡Epa, Zamuro!». Los tipos oyeron y después lo vieron. Se miraron entre sí y corrieron sin ver hacia atrás, no sé si por alguna mala fama acumulada que ya Jesús había empezado a perder o por el susto que les produjo el apodo de ese negro con el cigarro en la boca en mitad de la noche.
Lo cierto fue que le di la mano, en señal de agradecimiento y el Zamuro mirando detrás de mí a la chica que se ocultaba de vergüenza, me dijo «no te pares en sitios indebidos». No sé si eso fue un consejo o una manera de indicarme que nuestras cuentas estaban saldadas.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España