Orfeón, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Era lo que necesitábamos. Un trocito de playa para aislarnos del mundo. Todo porque Rafael tenía una noviecita en el pueblo y nos usaba como excusa para escapar de su casa los fines de semana. Así que los viernes en la tarde subíamos a la camioneta Ford 350 con la idea de ayudarle a desbrozar la maleza del terreno que compró y regresábamos los domingos en la noche, todos cansados y hediondos a sol. Sin saberlo, convertimos a Todasana en el territorio de nuestra felicidad. De alguna manera, el pueblo nos pertenecía, y saludábamos al viejo Antero con la misma confianza de quienes le conocían.
Nos reíamos sin entender los chistes sobre sus vecinos que inventaba José, el vendedor de empanadas. Todasana llego a ser el santuario donde cincelamos a fuego la amistad. No había acceso a la ira ni a la tristeza. Pero ese viernes 3 de septiembre de 1976 ocurrió lo que truncó el disfrute de unas vacaciones con el sol azotando nuestras espaldas. No recuerdo a quién se le ocurrió, pero hicimos la ruta distinta, yendo por un matorral y tierra baldía hasta llegar con menos tiempo a playa Urama, para nadar y echarnos a dormir en la arena.
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Hablábamos tonterías, cosas que se dicen a los veinte años para soportar las extenuantes caminatas que habían sido avivadas con una botella de ron, combustible ideal para extraer secretos de personas que confiesan sus miedos e ilusiones entre el chalequeo de los demás. En mitad del camino, David mencionó lo de la noche anterior cuando Alberto bailó apretujado en la fiesta patronal con Nívea, la negrita de caderas redondas y cuya imagen nos acompañaba en las noches solitarias.
Perdidos en ese espacio del litoral que se oculta entre Osma y La Sabana todos admiramos a Alberto, y no voy negar que yo agregué cierta dosis de envidia. Nívea sabía que sus 18 años eran demasiado para unos universitarios que babeaban cuando ella caminaba por la única calle. Aún con el sol encima, si alguien la invocaba, Nívea se nos aparecía nítidamente en todo su esplendor. El truco era entrecerrar los ojos y verla flotar, ondeando su cabellera negra y trenzada, un rostro limpio donde sobresalían sus ojazos negros y los dientes blancos.
Caminábamos como perdidos y solo no quedaba vacilarnos unos a otros. Ante la eventualidad del aplique Alberto hizo lo propio para defenderse. Dijo que no se acobardó cuando el tipo le siguió hasta el baño y antes de que vaciara la vejiga lo agarró por el pecho, lo empujó contra la pared y le preguntó alzándole la voz preguntándole qué coño te pasa a ti con mi jeva. No había tregua en la caminata.
Un trago de ron, seguíamos la ruta que alguien improvisaba y nos reíamos como chamos sin parar, usando la burla como bandera o era el ron que ya había estallado en nuestras cabezas calcinadas por tanto sol. De pronto, el gago Samuel le subió el volumen al radiocasete que llevaba sobre sus hombros y allí acabó la magia.
Con esa omnipresencia que siempre admiré NotiRumbos dio un extra: el avión donde viajaba el Orfeón de la UCV se había estrellado. «Verga, chamo, que mala leche», dijo Mario, no más oír la noticia. Entonces nos enteramos de que la aeronave de la FAN se vino abajo en las Islas Azores y que los integrantes del coro habían muerto.
Todos notamos cuando Darlan se estremeció y se apartó del grupo. Nos miramos entre sí en espera de una explicación. Se sentó sobre su mochila, nos acercamos y lloró: No quise decirles nada porque era mi secreto. G. había quedado en darme la respuesta cuando volviera de ese viaje. Darlan, Richard y yo integramos el grupo de títeres de la UCV «Cantalicio», que dirigía Felipe Rivas.
Para quienes estudiaron en la Universidad Central y conocen sus sitios inexplorados y secretos no les será sorprendente que evoque aquí la vida que bullía en los sótanos del Aula Magna, lugar de ensayos del Orfeón, de la Estudiantina, el Teatro de la UCV, el grupo las Cuatro Tablas y nosotros, con los títeres de Cantalicio.
Pero sus pasillos servían también para la comunicación íntima, las tardes de marihuana y las reuniones de los grupos ultraizquierdistas que prendían el peo en la plaza Las Tres Gracias. Cegado por la luz del sol, Darlan lloró más. Le dimos tregua a la risa y guardamos silencio. Nos llegaba el olor deleitable del mar, pero ya nadie pensaba en Urama. «En ese pasillo fue que la conocí porque Elsa me la presentó, y al minuto se fue para dejarnos solos e intercambiar nombres, chistes y números de teléfono y hablar de lo que hacíamos», dijo con lenta voz y un dejo de pesar que en algún instante llegamos a compartir. Eso no era nuevo para mí. De ser el último en salir de la pequeña sala al acabar los ensayos Darlan pasó a ser el primero en escabullirse y pararse como perro fiel frente al Orfeón a la espera de que G. saliera, se despidiera de sus compañeras para alejarse juntos rumbo al edificio Teide, de la avenida Victoria, donde ella residía con sus padres.
De esa tragedia se cumplen ahora 46 años y catorce de la muerte de Darlan por sobredosis (Coincidencia o no, tras esas vacaciones empañadas por la tragedia, Darlan no fue más el mismo). Aún recuerdo a G. Yo la conocí. Una chica hermosa, radiante y divertida. Cursaba Educación. Eran otros tiempos y Darlan demasiado tímido, tanto que en tres semanas de paseo nocturno acompañándola hasta su casa no le arrancó la respuesta entre pícara y tierna de si quería ser su novia. «Cuando regrese de la gira te digo». Fue lo único con lo que Darlan se quedó de quien iba a ser su primer amor.
Tres días después el Orfeón de la UCV volaba al Festival Internacional Canto Coral, en Barcelona, España. Lo recuerdo con rabia porque luego supimos que tuvieron que sortear muchas trabas hasta lograr que la Fuerza Aérea les apoyara con un avión Hércules para el viaje. El director Vinicio Adames, de vacaciones en Miami, se fue a Caracas a reunirse con los muchachos y acompañarlos al último viaje.
Me molesta al repasar los hechos del episodio malhadado. Salieron de Maiquetía en una aeronave que no tenía asientos rumbo a Palo Negro y de ahí a Las Bermudas para recargar combustible. Tenían previsto hacer un toque técnico de reabastecimiento en las Islas Azores y llegar a Barcelona, pero el clima era adverso y al acercarse a la isla Terceira se toparon con el potente huracán Emmy. Al intentar aterrizar, el piloto descubrió que el encargado de la torre de control no estaba en su puesto. De nada valieron las maniobras, el avión se estrelló y murieron 68 personas, entre ellas el maestro Vinicio Adames, la profesora de canto Leyla Mastroccola, y la coordinadora de la agrupación Mercedes Ferrer, junto a los 49 jóvenes.
Como la tumba de papá en el Cementerio del Este queda al frente del monolito que levantaron en homenaje al Orfeón, las veces que iba con mi hermano y mamá para visitar la tumba de papá donde también reposa mi hermano Teo, no dejaba de caminar hasta el monumento del Orfeón y tocaba el nombre de G. en la placa dedicada a la memoria de todos los componentes del Orfeón. Y sin querer le decía “de parte de Darlan”, y esa primera novia que nunca llegó a besar.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España