Pedro y el lobo, por Luis Ernesto Aparicio M.

Twitter: @aparicioluis
Acababan de finalizar las elecciones para los ayuntamientos en España con la abrumadora victoria del Partido Popular español –el PP– cuando Pedro Sánchez, el actual presidente del país y además secretario general del PSOE, anunciaba su intención de convocar elecciones generales y, sin ningún tipo de consulta previa, agregaba que se realizarían el próximo 23 de julio, como efectivamente se hará.
Con ello, Sánchez abría una serie de incógnitas, las mismas que han estado sobre él. Primero cuando en aquel arranque, renunciaba a la secretaria general del PSOE por aquello de que no obtuviera los votos suficientes que impidieran la investidura de Mariano Rajoy. Con la acción, Pedro Sánchez arrojaba más leña a la hoguera de la crisis institucional que atravesaba España.
En esta, a la que voy a llamar primera actitud de Pedro Sánchez, dejaba claro la poca importancia que sentía por la práctica de la verdadera política e incluso del funcionamiento y los espacios que ofrece la democracia ante conflictos internos o crisis como la de ese entonces. Sus aspiraciones y personalismo no le daban para acercarse a su contrario y establecer líneas de acuerdos para resolver.
Las andanzas de Sánchez apenas comenzaban. Al año siguiente, en su segunda actitud, volvió como una especie de Ave Fénix y logra vencer a sus contrarios internos en las elecciones del PSOE. Para ese entonces, 2017, estaba claro que intentaría cualquier fórmula para impedir que el gobierno de Mariano Rajoy siguiera adelante; lo que consiguió más adelante con una moción de censura.
En ese capítulo, Pedro Sánchez recurrió a unos aliados difíciles de conciliar entre sí mismos. Me refiero a la famosa asociación con Podemos y el ahora muy conocido -por su famosa lista de exetarras- EH Bildu, además de otros extremistas. Para ese momento, pese a haber prometido “regenerar la democracia”, Sánchez comenzaba a jugar con el extremismo que suele ser un peligro para la democracia en cualquier parte del mundo.
Pese a eso, poco importaba la forma, porque Pedro Sánchez estaba concentrado en su objetivo: ser investido como presidente de España. Así ocurrió, el 2 de junio de 2018 se convertiría en presidente como resultado de una censura y no de unos votos emitidos por el ciudadano común. Lo que constituye la mayor debilidad del gobierno de Sánchez.
A partir de su llegada al palacio de la Moncloa, los vientos que estaba recibiendo Pedro Sánchez ganaban más velocidad y le empujaban más a la izquierda o lo que es mejor decir: hacia el extremo de ella. Para garantizar la estabilidad de su gobierno, comentamos que apostó a la coalición con Podemos. Sin embargo y es aquí donde se confirma su apuesta al extremo, consigue el apoyo de otros partidos, entre ellos Bildu, el partido Nacionalista Vasco y Esquerra Republicana de Catalunya.
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El peso de sus amigos dejaba ver que Pedro Sánchez jugaba todo por sí mismo, es decir, no importaba una gestión equilibrada para todos los españoles por igual y que evitaran las tendencias que ocasionan ruidos y ambientes divisorios entre ellos. El simple hecho de mantener acuerdos con agrupaciones que simpatizan con el separatismo ya podría ser tomado como un error de su sistema y que la mayoría no estaba dispuesta a aceptar.
Pero a Pedro Sánchez le han acompañado una serie de secuencias, o como parafraseando a aquella película: una serie de eventos desafortunados, de los cuales ha sabido salir ileso hasta ahora, y que no han dejado indiferente al español común. A ese que siente mejor opción entorno al centro y no a los extremados.
Las cercanías al ala radical de la izquierda y el juego abierto con separatistas, no era lo único que estaba empujando al fondo a Pedro Sánchez. También lo es su poco deseo de sostener alguna conversación con el otro partido fuerte, dejándolo más cerca del otro extremo que de la moderación o el centro.
Sabemos que Pedro Sánchez no es el niño de la genialidad de Sergei Prokofiev –Pedro y el Lobo– pero parece que su campaña en torno a la llegada del ultra conservadurismo a España por intermedio de una alianza PP-VOX, aun conociendo la peligrosa presencia de estos últimos, podría estar llena de dudas.
Sin embargo, el Partido Popular y las contradicciones de su secretario general –Alberto Núñez Feijóo– le podría dar a Pedro Sánchez la ventaja de explotar la inconcebible relación entre el PP y los extremistas de derecha. Esos que se han rasgado las vestiduras al ver como la diversidad de género es reconocida como un avance o el llamar a las agresiones por parte de hombres hacia las mujeres como: «problemas intrafamiliares».
Volviendo a la obra inmortalizada por Disney –Pedro y el lobo– las alianzas de Feijóo con el otro extremo, van alejando la posibilidad de encontrar el centro para mantener una tranquilidad democrática en el sistema político español. Lo que quiere decir que el lobo ahora si puede ser creíble en España y dar otro paso de avance en Europa, ya congestionada por el extremismo.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de Prensa de la MUD
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