Podríamos estar a tiempo, por Fernando Rodríguez

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El conocimiento racional humano suele funcionar casi siempre tratando de simplificar los problemas concretos, analizarlos para ver sus elementos y sus conexiones. No siempre es posible, por supuesto. Sobre todo en fenómenos muy complejos y en movimiento más o menos incesante. Eso nos pasa con lo que sucede hoy en la política opositora venezolana que ha comenzado a moverse con cierta celeridad después de haber invernado un largo, demasiado largo, período.
Pareciera que se pudiera hablar al menos de dos tendencias poco claras en su contenido pero a lo mejor descifrables en sus contornos más generales. Y el gran tema que ellas plantean es la posibilidad de unificarlas, sin que sean nada diáfanos los términos de esa unificación.
De una parte, están los que al parecer comanda Henrique Capriles y que dialogando, a la chita callando, con el gobierno. Han obtenido un nada despreciable éxito al nombrar un CNE decente, más de lo que se esperaba, con dos de cinco miembros principales opositores y algunos suplentes incuestionables. Además de un presidente chavista ciertamente –¿cómo se puede ser chavista a estas alturas, una curiosidad verdadera?– pero que muchos coinciden, y yo con ellos, que es un hombre decente, curioso pero así lo, conocí hace mucho. Hasta donde uno puede entrever, ellos también deben entrever, se trata de ir a elecciones “medianamente “ limpias y tratar de meter el mayor número de goles y luego…ese luego me parece lo más preocupante, probablemente seguir practicando elecciones sucesivas, hacer una oposición blanda –el país no soporta otra- y hasta dejar a Maduro hasta el 25. No una mesita, de la cual no hablaré por su sufijo, pero algo como una mesa.
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Del otro lado está la gente de Guaidó y el G4 que han dado un giro, al parecer con un macizo apoyo internacional, para establecer su propio diálogo con Maduro que ha dicho que encantado, como siempre. Qué puede salir de allí, vaya usted a saber. Si lo va a haber, después de los estruendosos fracasos anteriores, es porque se piensa que algo novedoso puede haber. No alcanzo a ver demasiado.
Pero yo creo que lo importante, para cualquier efecto, es que se intente. Algo así como que la mesa no sea tan mesa y el mantra no sea tan mantra. Algunos han centrado una posible solución en el referéndum revocatorio del año próximo. Es decir, hacer las elecciones regionales y locales y tratar de sacar del usurpador por esa vía absolutamente legal.
Que Maduro no vaya permitir semejante atentado a su reinado es más que probable, pero en cualquier caso va a tener que asumir una postura anticonstitucional y estridentemente arbitraria –qué es una raya más para un tigre- pero le costará muy caro. Suena bien, a menos que el diálogo noruego consiga algo mejor. Es solo una hipótesis, un ejemplo posible.
Esa voluntad unitaria tendría que surgir del pensar en los millones de venezolanos migrantes, los que pasan hambre, los que mueren de coronavirus por falta de oxígeno o terapias adecuadas, los ladrones de centenares de miles de millones de dólares, los asesinados y los torturados, la libertad de expresión cercenada, las bandas de delincuentes y narcotraficantes que ya mandan en partes del territorio (Atención al Informe de la UCAB sobre lo que sucede en Guayana). Tendría que surgir pues de la insondable tragedia venezolana y de la voluntad de los mejores. Hay que convocarla.
Fernando Rodríguez es filósofo. Exdirector de la Escuela de Filosofía de la UCV.
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