Política, traición y traidores, por Elvira Aguirre

Decía el venerable Aristóteles que el hombre es un animal cívico, un animal político, lo que no debe confundirse con que los políticos sean unos animales, como opinan algunos, no obstante, el empeño que muchos de ellos hacen para que así parezca. Pero la política como actividad social y colectiva del hombre es quizá una de las ocupaciones del hombre más propicia a la traición. La historia no se cansa de recordárnoslo.
Dante Alighieri ubica a los traidores en el último círculo del infierno ya que considera a la traición como el peor pecado de todos. La razón es que, a diferencia de otro tipo de crímenes, para traicionar primero hay que ganarse la confianza y el afecto de la víctima. Para Nicolás Maquiavelo la traición era una parte fundamental de la política, y quien no estuviera dispuesto a asumirlo nada tenía que hacer en los lugares de poder.
Ejemplos emblemáticos de la traición política existen muchos y de las más variadas especies. Mencionaremos algunos muy importantes por los efectos que produjeron.
Durante la guerra de independencia norteamericana, Benedict Arnold fue un dedicado soldado del bando independentista. Esto fue así hasta que se sintió relegado en los ascensos militares y decidió que su provecho personal era mucho más importante que el destino de su patria
A cambio de unos cuantos de miles de libras, rindió a los británicos el fuerte que estaba a su mando: nada menos que el emblemático destacamento de West Point. Se exilió en el Reino Unido y luego de finalizado el conflicto fue repudiado tanto por norteamericanos como por los británicos, ya que nadie confía en un traidor comprobado. Su nombre es sinónimo de traición en los Estados Unidos de hoy día.
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Otro caso digno de mencionar por lo que representó para el futuro de América, fue el de mujer conocida como “La Malinche”, “Malinalli”, “Malintzin” o “Doña Marina”. Oriunda del actual Estado Mexicano de Veracruz, fue una de las veinte mujeres esclavas dadas como tributo a los españoles por los indígenas de Tabasco, tras la batalla de Centla. Desde el momento en que esta bella y astuta mujer unió fuerzas con el conquistador Hernán Cortés, como interprete, consejera e intermediaria el destino del imperio Azteca quedó sellado. Llegó a ser compañera de Cortez, pariéndole un hijo, Martín, quien fue considerado uno de los primeros mestizos de la conquista de México. Su amplio conocimiento de los puntos débiles de emperador Moctezuma y su colaboración como traductora fueron fundamentales para lograr las alianzas que llevaron a los españoles a la victoria. Como ocurre con los traidores que cambian el rumbo de un Estado, esta mujer entregó los destinos de su patria al poder extranjero y las consecuencias de su terrible traición llegan hasta hoy
Ahora traemos a colación la traición de “El gran Corso”. A través del Tratado de Fontainblue de 1808, España permitió el pasaje del ejército napoleónico a través de su territorio para que Bonaparte pudiera combatir contra Portugal, país aliado de Inglaterra. Sin embargo, una vez conquistado el suelo portugués, Napoleón decidió que España formaba parte de su botín y traicionó a la corona española deponiéndola y nombrando en su lugar a su caricaturesco hermano, José Bonaparte o, como se lo conocía en esa época: “Pepe Botella”. La traición trajo consigo la resistencia española, portuguesa y del Reino Unido y el conflicto bélico conocido como “La guerra de la Independencia española” (1808-1814), con su consecuente derramamiento de sangre, muerte y dolor.
Como penúltimo caso emblemático de la traición está un personaje ligado al cristianismo: Judas Iscariote. Apóstol de Jesucristo. Nació en Cariot o Keriot. De la tribu de Judá. Fue tesorero del grupo de los Apóstoles. Algunos creen que deseaba un mesías político y al descubrir las intenciones espirituales de Jesucristo, decidió traicionarle vendiéndolo por treinta monedas de plata. Al final se suicidó. Para los cristianos símbolo eterno de traición y maldad.
Para concluir estas líneas y actualizar la lista de grandes traidores, como venezolanos no podemos dejar por fuera a nuestro más grande traidor. Un ser que, por satisfacer sus ambiciones personales de poder, vendió a la tierra donde nació, sus inmensos recursos y al esperanzado y crédulo pueblo heredero de las luchas y glorias de Simón Bolívar, quien padeció su sueño para dejarnos un país donde su gente gozara sobre todo de libertad. Este imperdonable defraudador entregó, en un esquizofrénico y abyecto delirio de grandeza, una Patria inconmensurable a una pequeña, depauperada y menguada isla. Pero en su ruin traición fue más allá, cuando imitando al sibilino Ulises abogó para que un pueblo escogiera y obedeciera a su iletrado Agamenón como su sucesor.
Para mí su nivel de traición solo está, y eso únicamente por respeto religioso, por debajo de Judas Iscariote. Difícilmente, por no decir que jamás, nuestra patria podrá parir otro traidor de las descomunales dimensiones de Hugo Rafael Chávez Frías