Profanaciones, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Hace tres años, una señora llegó a la puerta de TalCual. Quería denunciar, con fotos que mostró desde su celular, la profanación de la tumba de su marido y el desmembramiento del cadáver que, técnicamente, se conservaba todavía, ya que su muerte había ocurrido 18 meses antes.
El difunto, profesor jubilado de liceo y luego taxista, había sido baleado en la cabeza por el último pasajero que tomó en la avenida México la noche anterior al cumpleaños 58 que obviamente no llegó a festejar.
No sé si lo comenté al día siguiente a mis compañeros. Es que después de las 8:30 de la noche la redacción del periódico se quedaba solitaria, y yo con mis noticias digitales me erigía –acompañado de Gerson oculto en el Archivo– en «encargado» de una redacción vacía, adonde aparecía gente para denunciar y sucedían cosas por el estilo.
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Ya en el vagón del metro, al comentarle el hecho, Gerson me dijo que en los saqueos de tumbas en el Cementerio General del Sur no solo se apunta la práctica del robo a los muertos de sus joyas y recuerdos familiares sino que los desmembraban para llevarse los huesos, a fin de celebrar esos ritos que Hugo Chávez exaltó en el penoso tránsito de su enfermedad a la muerte, potenciado por un fanatismo que provenía de la santería cubana.
Si se lee el libro que publicó con éxito el periodista David Placer, Los brujos de Chávez (ese del cual Diosdado se volvió luego un entusiasta publicista al atacarlo cada noche en su programa de VTV), caemos en cuenta en los porqué de esta ola de vandalismo, cuyas más recientes víctimas han sido los expresidentes Rómulo Gallegos e Isaías Medina Angarita.
Es verdad que la profanación de tumbas ha sido una constante literaria y que el cine ha inmortalizado los amores necrófilos de Norman Bates en Psicosis, o de Jason Voorhees en Viernes 13, por sus madres, creyendo que al exhumar un cadáver se intenta comprobar si sigue fresco o si hay al menos un hálito de vida en esos queridos difuntos que quisiera transmitirles. Pero en este caso se trata de algo patético, porque se juntan rituales de satanismo y santería presentes en la «religión» de ciertos dirigentes del PSUV que ven en el «Comandante Galáctico» una especie de ser superior, pese a que su estadía en Miraflores trajo desgracia y ruina al país.
En la pléyade de adoradores no me extraña que se encuentre ese pillo exalcalde del municipio Libertador, y que sea él mismo —que luego exigió «investigar los hechos»— quien haya permitido actuar a sus anchas a los profanadores, seguros de que nadie los apresaría.
Sea truculento o verídico o se trate de un pote de humo, como se suelen banalizar ciertos sucesos en esa vasta autopista de las redes sociales, un buen despojo serían estas elecciones que podrían revolcar a Maduro. No estaría mal en estos momentos cuando el país sigue cayendo más abajo.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España