¡Qué casualidad!, por Carlos M. Montenegro

Las primitivas culturas al menos desde el “homo sapiens” dieron paso como una de las primeras facetas sociales a la fraternidad humana expresada en forma de asociaciones iniciáticas, con fines diversos, en grupos fuertemente cohesionados por creencias en torno a símbolos supersticiosos o religiosos que buscando el mejoramiento del ser humano derivarían en hermandades masónicas.
Tratar de explicar la masonería es como entrar a un jardín con laberinto vegetal renacentista, pero es un asunto fascinante dada su valiosa participación en hechos que cambiaron radicalmente el curso de la historia.
A la Masonería o Francmasonería, cuyos miembros se autodenominan “Hijos de la Luz”, se la ha considerado tradicionalmente una sociedad secreta y el ingreso en ella requiere un rito de iniciación.
Se sabe que el origen de la masonería como tal, está estrechamente ligada a la historia de los gremios de arquitectos, constructores y albañiles (macóns en francés) de la Edad Media. Desde el siglo XIII, aquellos gremios eran algo similar a los actuales sindicatos, monopolizando la construcción de catedrales, iglesias y castillos que en aquel tiempo eran de los negocios más lucrativos, pues la Iglesia y la nobleza les encargaban aquellas formidables obras presumiblemente muy bien retribuidas. Se reunían en talleres o logias (loges en francés), donde llevaban a cabo sus juntas para proteger sus conocimientos de la de arquitectura, del gótico por ejemplo, preservándolos de otras gentes.
Según parece ya existían en la época romana, luego se adaptaron al cristianismo conservando reminiscencias paganas. Para guardar los secretos del oficio, lo ocultaban con esoterismos y ritos más o menos exóticos y hasta pintorescos. Los masones se declaran herederos de esas sociedades, cosa posible aún no del todo probada, lo que no es relevante; sí se sabe que la masonería actual, tras un breve periodo de formación a finales del siglo XVII se inició en Escocia e Inglaterra, ya con fuerza, durante el siglo XVIII, extrañamente por influencia y orientación de personas ajenas a la albañilería.
A finales del siglo XVI los gremios habían estado a punto de desaparecer tras la entrada del movimiento renacentista que los había sacado del mercado. Las fraternidades no solo ofrecían seguridad en el empleo sino un estatus en la sociedad; comenzaron a adoptar miembros honorarios, personas adineradas e influyentes que les servían de tutela y protección frente a la nueva competencia. Los gremios ya no sólo se componían de constructores, y comenzaron a identificarse con otras profesiones como Fraternidad de los Masones Libres y los Aceptados.
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Su discreción les creó fama de secta secreta entre la gente común y algo había de eso, pero con el tiempo se fueron abriendo logrando romper esa imagen establecida. Sin embargo su nivel de conocimiento era muy superior al promedio de la época y pronto se convirtieron en el destino favorito de científicos e intelectuales de todos los índoles; los masones fueron creando nuevas logias a lo largo y ancho del mundo, captando miembros de gran valía que representan a todos los estratos sociales: políticos, banqueros, industriales y militares, entre otras profesiones, siempre notables y destacados, alejándose cada vez más de los ambientes cortesanos de sus inicios.
En Inglaterra, George Payne gran maestre de la Gran Logia de Inglaterra fue quien en 1820 ordenó redactar al pastor presbiteriano James Anderson, el reglamento masónico que fue aprobado y publicado en 1723 conocido como Las Constituciones de Anderson. Los miembros de esa fraternidad las consideran el “evangelio” masónico, a la vez que la logia inglesa es tenida como la madre de la masonería universal.
A esta nueva masonería se la llama especulativa para distinguirla de la antigua u operativa. Ponía especial atención en integrar a sus miembros políticos, militares, magistrados e intelectuales diversos, en posiciones influyentes, logrando de hecho ser, en su clase, la asociación más exitosa de la historia.
El interés despertado por la nueva masonería en los últimos dos siglos exagerado o no, pero indudable, se debió precisamente a la gran influencia de muchos de sus miembros en el mundo.
La masonería se definía a sí misma, como una institución de carácter “discreto, armónico, selectivo, iniciático, filantrópico, simbólico, filosófico, jerárquico, internacional, humanista, con estructura federal apolítica y adogmática”. Fundamentada en un sentimiento de fraternidad, otorgaba libertad a sus miembros de profesar la religión que cada uno quisiera o no profesar ninguna. Y en política, aunque sin beligerancia, su ideología se basaba de alguna forma en la defensa de la razón y el derecho a la libertad del hombre frene a los absolutismos. Tal vez esa definición tan compleja y libertaria, pudo ser el origen de que la relación de la masonería con algunos regímenes monárquicos y religiones se tornaran cada vez más conflictivas. La masonería no era tan manipulable como esas instituciones deseaban.
Un ejemplo: cuando las logias comenzaron a introducirse en el continente, el caballero escocés Andrew Ramsay, uno de los personajes que más ayudó a la difusión de la Masonería especulativa en Francia durante el siglo XVIII, pronunció un discurso en París ante un ministro de Luis XIV sobre la institución y su peculiares características. Tras ser informado, el “Rey Sol” prohibió todas las reuniones masónicas, presuntamente por considerarlas amenazadoras del orden político absolutista que él representaba. Un pedido de Ramsay para que se levantara la medida fue denegado, aun cuando indicó que la cofradía deseaba servir al Estado, a la religión y a las letras.
Pudo ser el inicio de desencuentro de la masonería con las monarquías, especialmente las borbónicas, pues también Fernando VII de Borbón se destacó, entre otras cosas, por la particular virulencia de su animadversión a todo lo masónico; convirtió la represión a la masonería y sus miembros en una auténtica obsesión personal, como el caso de Rafael del Riego al que mandó ahorcar públicamente y acto seguido decapitarlo. El secreto masónico probablemente le inquietaba más que su talante liberal e hizo que se trocaran en sus más odiados enemigos. Lo que nunca imaginaron aquellos monarcas fue que ese proceder pronto les costaría perder, cuando no todas, la mayor parte de sus posesiones.
Analizando las biografías de los grandes maestres de la Gran Logia de Inglaterra, caben pocas dudas respecto al origen instrumental de la masonería y su colaboración con la Corona británica, en concreto a la dinastía luterana de los Hannover, para impedir, por un lado, el retorno de los Católicos Estuardo y por otro, para organizar secretamente, dentro de las monarquías rivales europeas, como una “quinta columna” encargada de reclutar y apoyar bajo la bandera del racionalismo adogmático, entonces de plena moda, a los descontentos, con el fin de sembrar conflictos entre ellos, especialmente si eran estados católicos (Francia, España, Austria, los Estados Pontificios, etc.). En esa pugna de carácter imperialista, Francia y España apoyaron a los insurgentes de las trece colonias británicas de norteamericana.
El Reino Unido devolvió la pelota azuzando, por medio de la masonería, la Revolución francesa, quitándole La Nueva Francia (Canadá) y aniquilando a los Borbones y apoyando después, la emancipación de las posesiones españolas en tierras americanas.
Por eso no parece casual que*:
En EEUU: George Washington, Abrahán Lincoln, Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, y el Marqués de La Fayette.
En México: Benito Juárez, Porfirio Díaz, Miguel Hidalgo,
En Chile: Bernardo O’Higgins, Ramón Freire, Juan Mackena
En Colombia: Francisco de Paula Santander, Antonio Nariño, José M. de Obando
En Paraguay: Gaspar Rodríguez de Francia
En Argentina: José de San Martín, Carlos María Alvear, Manuel Belgrano
En Brasil: Joaquim Bonifacio de Andrada, Joaquim Goncéales Ledo, José Bonifacio.
En Cuba: José Martí y Antonio Maceo, “El Titán de Bronce” (de padre venezolano)
En Venezuela: Manuel Gual, José M. España, Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Juan Germán Roscio, José Félix Ribas, Rafael Urdaneta, Santiago Mariño, Manuel Piar, Fernando Peñalver, José Cortés de Madariaga (cura de origen chileno), Francisco Isnardi (ítalo-venezolano), Carlos Soublette, José Antonio Páez, Juan Bautista Arismendi, Juan Escalona. Además de los maestros de Bolívar, Andrés Bello y Simón Rodríguez.
*Todo ese nutrido grupo continental coinciden en apenas un par de cosas: la primera es que todos fueron libertadores de América, y la segunda que todos fueron Hermanos Masones. ¡Qué coincidencia!
Sorprende el alto número y la calidad de próceres masones venezolanos que coincidieron en apenas dos décadas. Si en estas dos primeras décadas del XXI hubiéramos contado con la unos cuantos líderes de esa talla, probablemente no estaríamos como estamos.
Al margen.- Y ayer 12 de octubre. Vamos a ver qué celebran esta vez éstos, o que rompen.