Seamos ejemplo, seamos como La Grita, por Carlos J. Bracho

Últimamente, mi país, Venezuela, está lleno de muchas noticias negativas más que positivas, efectivamente por una crisis latente y galopante que no deja de arropar la preocupación de todos los dolientes de esta tierra, pero en este artículo veo conveniente por medio de una mirada introspectiva como ciudadano hacer un análisis de dos Venezuelas distintas, si, así como lo lees, dos Venezuelas distintas que existen y cohabitan en el 2018.
Hace pocos días tuve la inmensa oportunidad de recorrer El Cobre, Seboruco y La Grita, en el Edo. Táchira, por cierto en plena festividad del próximo patrono de Venezuela, el santo Cristo de la Grita, gracias a la invitación de Laidy Gómez, gobernadora del estado y amiga.
Es indescriptible y bastante sustancioso lo vivido en esos cinco días de recorrido, por lo tanto trataré de plasmar mi experiencia lo más breve posible; lo primero que tengo que acotar y reconocer es que los andinos o los gochos, como los quieran llamar, sin duda alguna tienen completamente claro que la única manera latente para poder sacar a este país adelante es trabajando, apartando las diferencias y teniendo fe en Dios. Desde que entramos a El Cobre, vi esos grandes sembradíos, mis pulmones se empezaron a llenar de aire fresco y el venenoso aire de la ciudad salía de mi cuerpo, lo sentía, y es que la nariz tupida abrió paso a ese aire lleno de olor a paz, las montañas y el clima no eran mi principal sorpresa, mi sorpresa más grande era la limpieza del pueblo, el color nuevo de la fachada de las casas y la gente trabajando con ganas.
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Las paradas destacadas fueron en el Cobre y Seboruco donde asistimos a unas jornadas médico asistencial, donde para sorpresa de todos, abundaba la buena salud en los rostros de la gente, con cientos de sonrisas esperando y un mar de abrazos que reconfortaban el espíritu; si les soy sincero, no entendía la buena salud y cuerpos que referían una buena alimentación de todos en el pueblo con una crisis económica tan marcada en el país y mucho menos viniendo de la capital donde la gente come de la basura, hasta que saqué cuentas y obviamente entendí, que en tierra fértil, el que siembra, la comida no le faltará.
Con mucha energía seguimos adelante, repletos de esos abrazos y de esa felicidad del pueblo, de ese ánimo de los niños y de esa esperanza que contagiaba a todas las miradas, que por cierto hace meses que no veía.
Y es que cuando hay esperanza en el ambiente, el cielo gris pasa a ser azul y el trabajo se saca con una sonrisa; con razón el fruto de esa tierra es tan majestuoso, pasadas las horas nos adentramos en la Grita, donde el movimiento era constante y el ambiente a festividad era completamente palpable, esa alegría embriagadora y contagiosa del El Cobre, en la Grita era diez veces mayor, con un pueblo en movimiento, muy limpio, perfectamente pintado y muy bien decorado, con las panaderías llenas de pan y los comercios llenos de gente, por supuesto gran parte de ellos turistas. Sin embargo, el nativo o anfitrión de la Grita es amable, educado y con una sonrisa te abre las puertas de su casa.
En todo lugar al que llegas en la Grita, te abren la puerta con el cafecito servido, te hablan bien del vecino y si te da chance, hasta te lo presentan. Por otro lado, la devoción y fe que tienen en el Santo Cristo de la Grita es tan poderosa, que es inevitable sentir emoción y energía horas antes de visitar su santuario.
Otra de las cosas que me sorprendió es la cantidad de personas que pasan horas caminando para cumplir sus promesas, pedirle o agradecer por el milagro cumplido al santo Cristo de la Grita, estas personas son los peregrinos y caminan largos kilómetros para demostrar su fe, es sencillamente hermoso e inspirador, pero más allá de eso, me impactó la organización de la parroquia, vecinos y colectividad en general, quienes no solo adornan las calles de La Grita, el santuario o las principales plazas, sino que también entre todos juntan el producto de su trabajo, sus cosechas y su ganado para hacer una gran sopa colectiva que recibe a los peregrinos de todo el mundo que realizan el recorrido.
Tengo que confesarles que quedé sorprendido, pues, pese a los problemas constantes que puede enfrentar cualquier venezolano, todos siguen trabajando y apostando a este país, tanto, que la economía se mueve de una manera distinta y no me refiero solo a los beneficios que quizás la frontera pudiera aportar en cuanto a la adquisición de algunos productos, sino a la disciplina y compromiso que tienen los oriundos de esas hermosas tierras con respecto al trabajo, es que cuando hablan se les nota con orgullo.
Quisiera describirles todo lo vivido, pero sin duda tendría que hacer varias entregas para resaltarles cada detalle, por último lo que quiero hacer es agradecer a todas esas personas hermosas con las que compartí esos días y quiero resaltarles que en silencio y con la tranquilidad que me caracteriza pude observar esa Venezuela que todos queremos, esa otra Venezuela llena de paz, de hermandad y sobre todo de alegría, donde nunca escuché quejas y mucho menos vi personas con los brazos cruzados criticando al de al lado, al contrario, me topé con hombres y mujeres trabajadores que con sus manos garantizan el 40% de la producción agrícola al país y que con su alegría sin duda alguna me han hecho sentir parte de La Grita y es que les garantizo, que en el 2019 vuelvo.
Venezuela, seamos ejemplo, seamos como La Grita