Simpatía por el diablo, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Llegaron de madrugada. Alborotados y gimientes. Arrastraban su dolor por el pasillo. No esperaban recibir consuelo. Eran las 5:38 de la mañana de ese 6 de marzo que nadie olvidará. Ni un vecino se asomó por la mirilla para averiguar. Entre el estupor y el bostezo, nuestra amiga Miriam, la del piso de abajo, les abrió. Habían salido desde Guanare la noche anterior al ser impactados por la noticia de que el Comandante había muerto. No durmieron durante el trayecto, porque el dolor y las curvas peligrosas que tomaba el autobús no eran para pegar el ojo.
Tanta era su aflicción que ni siquiera se bajaron para estirar las piernas cuando la unidad paró en la gasolinera y el restaurante de carretera les incitó con el olor a arepas recién cocinadas a mitigar el hambre. El cielo se les había oscurecido por completo desde la tarde anterior cuando Nicolás Maduro transmitió al país la más triste noticia. Llorando y abrazados a Miriam entraron en el apartamento. Todos en fila. Zoila, su marido Carlos y las hijas Laura y Liz. De último, Mamá Carmen, perdida entre sus pasos lentos de abuela y la memoria desgastada.
Miriam se inventó un pésame para la prima, aunque estuvo a punto de gritarles que dejaran de gimotear, que este país se había jodido más de lo que ya estaba desde el día en que el ahora cadáver llegó al poder.
Pero se tragó las palabras, fingió también pesadumbre, les calentó café y les sirvió arepas con queso amarillo. Zoila no comió. Se bañaron, vistieron de luto y de rojo. El marido de Zoila preguntó cómo llegar a Los Próceres y le adelantó a la prima Miriam que para evitarle molestias desde los mismos Próceres regresarían a Guanare.
Miriam vio que eran las 8:36 de la mañana y les dijo que a esa hora ya pasan los taxis. Se puso un mono deportivo y les acompañó a la parada. Entraron todos al auto y se largaron. Una sonrisa amarga le heló el cuerpo. El hombre que recibirá ahora los más altos honores fue quien ordenó la detención de su marido, acusándole de una conspiración de la cual no llegaron a mostrar pruebas. Tras las torturas y el sufrimiento, Luis moriría más tarde de un infarto tras salir de la cárcel. A ella la despidieron del Seniat y nunca le cancelaron completas sus prestaciones.
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Apretó el botón del ascensor, recorrió el pasillo, entró al apartamento y lloró al cerrar la puerta. Cuando se calmó dijo para sus adentros “¡Ahora sí, púdrete!” y de inmediato se persignó. Han pasado ya varios años y su prima Zoila y toda la familia viven en Arequipa. Miriam vendió el apartamento para mudarse a casa de su hermana en Medellín. Cuando se escriben y Miriam le menciona aquella madrugada del 6 de marzo de 2013, su prima Zoila le pide que no le recuerde más, por favor, ese episodio vergonzoso. Para este día, si se llaman, hablarán de otra cosa.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España