¡Te jodiste, Humberto!, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Yo me dije para qué pagar cuatro euros en la secadora automática de la esquina, si aquí en Barcelona disponemos de un sol tachonado al cielo que se asoma todos los días –en invierno aparece entre las nubes– para aliviar la soledad de los ancianos y saludar a los novios furtivos en los parques. Eso pensaba cuando subía penosamente y sin hacer ruido, loco de contento con mi cargamento, las tres escaleras que distan de mi casa a la azotea del edificio para colgar la ropa y, si te quedas un rato, disfrutar a tus anchas de la singular panorámica de edificios vecinos, de otros terrados con los papás que juegan al fútbol con los niños, mientras las mamás ponen a secar sábanas y manteles, y hasta de la vida familiar que palpita detrás de las ventanas.
Si alargo la mirada puedo otear el azul inconfundible del mar de Barceloneta. Entonces, solo por instantes, siente uno como si viviera en Naiguatá y que al abrir la ventana un vivo y excitante oleaje te regala los buenos días. En esa fantasía me hallaba sumergido, cuando, de repente, desde la puerta de la terraza del edificio de ladrillos rojos emerge en desesperada huida una chica desnuda, apenas se cubría con una toalla azul y con tal expresión de asombro que avivó mi curiosidad.
Lo primero que hizo al sentirse a salvo fue observar los alrededores y así fue como me pilló, embelesado –no tuve la astucia o la prudencia de disimular– con dos medias grises en las manos a punto de colgar. Sacudió la cabeza y desvió la mirada no sé si en gesto de rechazo a mi voyerismo o avergonzada de ella misma. Impaciente, la joven –rubia, delgada, bellas piernas y caderas– buscó el modo de escapar de ese lugar, al tiempo que desde tres ventanas más abajo emergían gritos frenéticos de una mujer y la voz asustadiza de un hombre que intentaba explicar algo que no logré descifrar. Me dije ¡coño! La ventana indiscreta, con James Stewart y Grace Kelly, y tuve tiempo para reverenciar el genio indiscutible de Hitchcock.
Sonriente, retorné a la rutina y le di oportunidad a la asustadiza de piel tostada al sol y cabellos ensortijados, para que se moviera en libertad sin que yo la expiara. Ella tomó ropa ajena del tendedero, se medio vistió, y seguramente planeaba el modo de salir. Pero cuando la miré estaba haciéndome señas que yo interpreté como si preguntara algo. Lo que quería saber era qué ocurría en el apartamento de donde ella seguramente salió disparada.
Intenté sonreírle, pero ella no estaba para trabar amistad, de modo que me concentré en su estado de angustia y mediante un improvisado lenguaje de señas le describí lo que ocurría abajo. Hizo como si había comprendido, que no necesitaba más de mi ayuda y se dedicó a contemplar el panorama. Entonces yo, más para disculparme que para hacer de guía turístico, extendí el brazo y le indiqué la línea azul del mar, y cuando hacía ridículas brazadas de nadador para que comprendiera, ella, también en señas, me dijo ¡ya basta! y cortó la comunicación.
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Tres días después de tal suceso bizarro, es decir el mediodía del pasado viernes para ser exacto, cotejaba los precios del vinagre de manzana que, según Elizabeth, extermina las hormigas de verano que se juntan para montar una rumba alrededor de las migas de pan que quedan regadas, cuando sentí que alguien me observaba. Un fenómeno natural que sucede con frecuencia y que no sé por qué lo han identificado con un nombre extraño: escopaestesia.
Lejos de disimular y escabullirse, como solemos hacer cuando nos sorprenden mirando a otra persona, el hombre se aproximó y me preguntó, con un sentimiento que parecía sin serlo de vergüenza si era yo quien estaba en la azotea del edificio de ladrillos grises la mañana en que ocurrió el incidente de la chica semidesnuda. Iba a negarlo, pero no pude contener la sonrisa y como él no se molestó aprovechamos para celebrar con algo de complicidad el incidente hasta que él se detuvo y recuperó la seriedad.
No sin la melancolía que rozaba su semblante dijo llamarse Humberto, y me pidió un favor: no comentar el tema porque la esposa no ha parado en averiguar si ese día él estaba con otra mujer. «Su obsesión podría llegar al extremo de preguntarle a los vecinos de tu edificio», advirtió, insistiendo en lo de la discreción.
La propuesta rayaba en lo absurdo porque no conozco a su mujer, pero nada me impidió asentir, repetirle que no se preocupara y me acordé de un verso de Baudelaire, de que la vida a escondidas en los rincones es la que sostiene el equilibrio del mundo. Pero llegó mi turno en la caja, pagué el vinagre de manzana y salí sin despedirme de Humberto.
Cuando llegué a casa le recordé a Elizabeth el asunto de la chica semidesnuda, y ella abrió los ojos así, frunció el entrecejo dibujando una línea sinuosa en la frente con expresión de asombro y preguntó si me había topado con ella. No, le dije para su decepción de periodista. «Conocí en el súper a su amante», le expliqué y cuando empezaba a referirle lo sucedido, Elizabeth cortó y me preguntó ¿trajiste el vinagre?, con lo cual denotó poco interés por el tema y yo también juré olvidarlo. Pero no fue fácil.
Una semana después subíamos por el carrer de Canigó y escuchamos una discusión subida de tono: era la chica de la toalla y otra que supuse era la esposa de Humberto. «¿Pero qué has dicho, mujer?», gritó, a manera de reclamo, la rubia de la toalla mientras se sorprendía al verme como si yo estuviera empeñado en escribir crónicas sobre amores mal avenidos en el barrio. Obviamente, la ignoré y tampoco nos detuvimos para ver cómo terminaría el altercado.
Algunos vecinos, desde los balcones les ordenaban que callaran, que respetaran la hora de la siesta, pero ellas no oían y creo que tampoco se escuchaban entre sí. Continuamos nuestra ruta, bajamos por las escaleras mecánicas y al tomar el metro, sonreí y dije entre dientes «¡te jodiste, Humberto!». Un tipo con cara de obstinado me miró con abierto gesto de molestia, hasta que, temeroso, le advertí que no era con él.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España