Terror de Estado, por Teodoro Petkoff

Se puede comprender porque las universidades, sobre todo las grandotas, las autónomas, le producen ataques de hidrofobia a Yo-ElSupremo y su corte. En la misma semana en que tuvo lugar la majestuosa marcha universitaria en Caracas, con sus autoridades rectorales y estudiantiles al frente, se celebraron elecciones para la FCU en la Universidad del Zulia (LUZ), en las cuales, con una participación superior al 50% (lo cual debe ser un récord para comicios de este tipo), la plancha oficialista obtuvo un escualidísimo 10% del total de votos, contra 90% de sus adversarios.
Naturalmente, no teniendo nada que buscar democráticamente en las grandes universidades (ni en las pequeñas tampoco, dicho sea de pasada), a nuestros veteranos golpistas se les sale la clase. Cinco heridos en el Zulia; vehículos quemados, disparos, asaltos con nocturnidad y alevosía, impepinables declaraciones cínicas del minpopointerior, en la UCV.
A estas alturas el debate sobre el origen de esa violencia es casi bizantino. Si esos encapuchados son mandados por el propio minpopointerior o son «espontáneos» de La Piedrita es poco menos que irrelevante. La fuente de esa violencia es la misma. El autor intelectual de esos actos violentos es el señor que ocupa la presidencia de la República. Poco importa si sus secuaces dan las órdenes oficialmente o si es el eco de los brutales discursos de Chacumbele quien induce las acciones. En última y definitiva instancia es lo mismo, porque esos actores violentos se ciñen a una política. Quienes quiera que sean los encapuchados, están institucionalmente comprometidos con el régimen.
Este (¡cómo les saca la piedra esta palabra a voceros y voceras del régimen!), está dando un peligroso sesgo de violencia «institucional» a su conducta. Es típico terrorismo de Estado. A la intimidación vía judicial o mediante hostigamiento económico se une la creación de una atmósfera de miedo físico. Esta ya no es la violencia desorganizada y relativamente anárquica de los «círculos bolivarianos», sino violencia organizada y controlada. Estos matones actúan bajo ordenes precisas, que en cada caso determinan los límites de las acciones a realizar. El problema es que en un país donde el común de la gente no tiene miedo ni se asusta, la violencia, por muy «institucional» que sea, posee una lógica y una dinámica incremental. En la medida en que no logra el efecto intimidatorio, la naturaleza de las provocaciones se va haciendo progresivamente más dura. Si la reacción oficialista ante salvajadas como las de la UCV va a ser la del minpopointerior, que con infinita hipocresía (y también absoluta estupidez), tuvo los riñones de acusar a las propias autoridades rectorales de los desmanes que sus agentes (directos o indirectos, da lo mismo) produjeron en la Ciudad Universitaria, el gobierno está asumiendo una muy grave responsabilidad. El general Gómez supo lo que son las universidades. El general Pérez Jiménez también.