Trump sin retorno, por Gregorio Salazar
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La revolución se mueve vacilante y en andrajos, pero se niega a sucumbir. Es la misma que se autoproclamó como la fuerza motriz de la gran transformación que requería Venezuela y terminó condenando a los venezolanos a vivir sin libertades ni posibilidades de superación en ninguno de los órdenes primordiales de la vida. Sin futuro.
Los que pudieron escapar del apocalipsis así lo hicieron, aun a costa de sus vidas. A miles se les fue en el intento. Más de ocho millones abandonaron su patria y el éxodo todavía no se detiene. Pero la «revolución» mantiene su delirio épico, su alucinación ideológica, su perversión autoritaria. Donde todos vemos conmovedoras ruinas, lacerantes retrocesos, imperdonable destrucción, ellos ven –es lo que pregonan– una Venezuela a la cabeza del continente americano.
Desde hace más de una década la población les dijo que su tiempo había terminado. Que no quería seguir padeciendo los inmensos costos del trasplante del modelo de vida que, a sangre y fuego, impuso la revolución castrista en Cuba. El gran anacronismo chavista del siglo XXI.
Los venezolanos no están dispuestos a vivir eternamente en una réplica del miserable «período especial» en que se vieron sumidos los cubanos después del derrumbe del mundo socialista. Es lo que amenaza con reaparecer en esta barrena, aparejado a la nueva escalada inflacionaria entre nosotros.
Tiempo hubo para aceptar aquellos mandatos populares, expresados con mayor fuerza en las elecciones legislativas del 2015 y en las elecciones presidenciales del 2024. Fueron decisiones indubitables, contundentes, comprobables técnicamente, alcanzadas no obstante una oposición acorralada, perseguida y judicializada y enfrentando un ventajismo electoral sin precedentes históricos.
El revés legislativo del 2015 lo superaron con la convocatoria inconstitucional a una constituyente, el tristemente célebre «desencadenante» con el cual aplastaron la voluntad popular y dictaron leyes todavía más represivas. Pero el humillante rechazo al intento reeleccionista del 2024 no necesitó de tanta exquisitez procedimental. Simplemente dijeron: «Nosotros ganamos». Y ya.
¿Sobre cuál supuesto se actuó con tanta impudicia y brutal desconocimiento del Estado de Derecho? Pues, sobre la certeza interior de que el control que ejercían sobre las instituciones, sobre todo la militar, les permitiría aplastar cualquier protesta y revertir la derrota con impunidad total. Sin que nadie expidiera facturas ni tener que reconocer cuentas por pagar. Una sociedad sometida, sojuzgada al extremo que debía resignarse a los dictados de una camarilla privilegiada y decidida a cualquier desmán. Es lo que vimos.
Por las vueltas de la historia y por encima de las controversias, apenas a año y medio del robo electoral a Edmundo González Urrutia, la cúpula gobernante ve amenazada su permanencia en el poder. No vamos a hacer disquisiciones sobre el desbalance sin medida entre la primera potencia militar del planeta y las desvencijadas fuerzas armadas de Venezuela, mal equipadas, mal preparadas, mal pagadas y mal tratadas. Decirles a las fuerzas aéreas del patio que se preparen para un ataque es pedirle a un nadador que se prepare a bracear frente al tsunami.
El régimen venezolano no cuenta con lo único que lo hubiera podido blindar frente a lo que llama “locura imperial”: la legitimidad de origen [párrafo demasiado largo, dividido]. Pero es que tampoco la ha tenido, ni por amago, de desempeño. En este trance inesperado ha quedado convertido en otra isla del continente. La Celac le hizo el vacío cuando se le pidió una declaración de apoyo y solidaridad. La OEA de la cual se fueron por sus propios pasos, examina el teatro de operaciones y dice estar dispuesta a ayudar a una transición. Gobiernos incondicionales como el de Bolivia y San Vicente-Las Granadinas salen de escena y probablemente sea la misma suerte del gobierno Zelayista de Honduras este domingo.
Hay, claro, huidas hacia adelante como la reciente revocatoria a los permisos de tránsitos a las pocas líneas aéreas de Europa y Suramérica que venían operando en el país, con lo cual el régimen arrastra a la ciudadanía a su aislamiento.
El régimen se atrinchera en la mejor de sus opciones: la agitación y la movilización, prefiguración de una resistencia a posteriori. Y en esa línea, sacan como de un sombrero de mago la «constituyente obrera» que, prometen desesperadamente, aprobará un aumento de salario. Increíble. El salario que ya no existe para una clase obrera que exterminaron.
El gran rechazo ciudadano hace nula la engañifa de envolverse en las banderas de la soberanía como lo hizo fallidamente en el referéndum del Esequibo. Queda como última e ínfima opción un eventual viraje negociador de Donald Trump. De su palabra, zigzagueante y sorpresiva, dependen.
Pero el desarrollo de los acontecimientos, deliberados e inerciales, aleja cada vez más el punto de retorno para Donald Trump. Serían incalculables los costos políticos. El inmenso gasto militar devendría en inútil derroche “Serían”. El abandono a las fuerzas que propugnan el cambio en Venezuela significarían la decapitación del liderazgo y el cierre abrupto a un cambio electoral en el futuro, ni qué a “ni qué” hablar de los extraordinarios costos en lo electoral y reputacional para quien tanto se precia de su poder global. Así estamos.
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Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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