Un político atípico, por Bernardino Herrera León

Es como se podría definir del empresario dominicano Luis Rodolfo Abinader Corona, recién electo presidente de la República, el pasado domingo 5 de julio. De 53 años, será el primer mandatario nacido luego de la conocida era Trujillo. Gana en unas elecciones presidenciales y parlamentarias en plena pandemia covid 19. Por cierto, dio positivo, guardó reposo y confinamiento, pero se mantuvo campaña vía telemática.
Precedieron unas elecciones municipales accidentadas, el 16 de febrero, suspendidas el mismo día de la votación. Intentaron innovar con un sistema electrónico que resultó un desastre. Eran las primeras elecciones locales separadas de las generales. El precio fue una baja participación de 49,10% del padrón electoral. Abinader obtuvo 82 alcaldes, mientras que el partido gobernante 65. Era el presagio de su triunfo electoral.
El domingo 5 de julio pasado se impuso finalmente, con poco más de dos millones de votos. Su más cercano competidor, del partido de gobierno, Gonzalo Castillo, alcanzó el millón y medio. Leonel Fernández, tras una separación del partido oficialista, se apuntó 337 mil votos. La división oficialista no habría podido evitar la derrota. El nuevo presidente cuenta, entonces, con mayoría absoluta en las dos cámaras y con amplio respaldo del liderazgo local.
Pero, las elecciones se caracterizaron por el hartazgo de los dominicanos hacia la política. Poco más de la mitad decidió votar. A la clase política no parece importarle este aspecto tan crucial. Está por ver si se revisan. Algo poco común en los políticos, astutos en excusas e incapaces en el reconocimiento de errores.
El cansancio de la política demostrado en la alta abstención va en sentido contrario de la prosperidad del país. Parece una contradicción. En Venezuela, por ejemplo, comenzamos a quejarnos de los políticos cuando estalló la crisis de la deuda y de la renta petrolera.
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En República Dominicana no. Su economía ha crecido sin interrupciones, los últimos 20 años. Han logrado batir la inflación y alcanzado unos 19 mil dólares de PIB por habitante, en 2019. Cifra muy por encima del promedio latinoamericano y de sus vecinos regionales. La pésima percepción de la política y los políticos parecen tener origen en el bajo desempeño público, los fraudes y los escándalos de corrupción.
La mala fama no pareció incomodar a las estridentes campañas electorales. Caracterizadas por el despilfarro propagandístico y las campaña sucias, donde partidos y candidatos se acusan mutuamente de muchos males y oscuros procederes. Los contenidos, las ideas, los programas y los estilos de gobierno pasaron desapercibidos, sumergidos en una retórica ripiosa, abundante en lugares comunes y promesas que no suelen o no pueden cumplirse.
El problema es que esta decepción de la política ha contribuido a que los dominicanos menosprecien al sistema democrático que disfrutan. No parecen dar importancia al privilegio de poder de cambiar a los gobernantes. En este caso, del grupo político que gobernó al país por 16 años, con amplia mayoría.
Los venezolanos perdimos esa ventaja. Hoy soñamos con recuperarla. Nosotros también nos desencantamos de los partidos y de la democracia. En 1998, un 40% de los votantes decidió abstenerse y un 30% votó por un militar felón y mediocre, que manipuló astutamente el discurso populista. Ya en el poder, en complicidad con la izquierda mundial, con otros regímenes totalitarios y con la delincuencia internacional, se instauró un régimen extremadamente corrompido y ruinoso, del que aún no tenemos idea de cómo librarnos. Ya no será por elecciones. Es una lección a tomar en cuenta.
El joven Partido Revolucionario Moderno de Abinader, fundado en 2014, oscila en una diversa franja doctrinal. Se define como de centro-izquierda y hasta de centro-derecha. Son socialdemócratas, progresistas, laboristas, reformistas y liberales. Todo, en un mismo cóctel. Aunque el presidente electo perfila con un sesgo hacia el liberalismo. Quizás esa falta de definición dogmática sea una ventaja. No es fácil zafarse de la retórica populista cuando sus competidores manipulan este tradicional este recurso.
Abinader destaca como un político atípico. Si bien ha dedicado tiempo a la política, también al mundo empresarial turístico y al mundo educativo universitario. Esa combinación empresario y altruista educativo lo aleja de la decadente clase política tradicional.
Los desafíos a enfrentar son inmensos. De entrada, una profunda recesión agravada por la pandemia, que paralizó de cuajo el turismo, una de sus principales industrias, con alrededor de siete millones de visitantes logrados en 2019.
De todos los países de la región caribeña, Dominicana posee las mejores posibilidades de sortear esta crisis. Y hasta de salir fortalecido. Abinader se ha propuesto crear 600 mil nuevos puestos de trabajo. Para ello debe hacer crecer la economía, inspirar confianza y atraer mucha inversión extranjera. Parece una receta, pero es lo que hay que hacer.
Similar a Venezuela, la cultura política de dominicana es predominantemente izquierdista. Al populismo es su añadido principal. En esa cultura los empresarios son los malos de la película. El nuevo presidente tendrá que romper con ese cliché. Le toca reducir al Estado, bajar los impuestos y liberar el mercado interno para que la economía pueda crecer y reducir así la dependencia dadivosa de una parte de la población adicta al populismo. Implica riesgos de impopularidad.
Tendrá que optimizar la administración de los recursos públicos destinados a la inversión y ayuda social, que es el alimento tradicional del clientelismo, la corrupción y la ineficiencia. Cuenta con prestigio. Es posible que su gobierno asimile a los cientos de venezolanos profesionales que viven y trabajan a la sombra, por no poder legalizar su situación migratoria.
La expectativa es el desencanto con la política que es el desencanto con la democracia. Incentivo para la vuelta de los extremismos ideológicos. Por el bien de todos, éxito.