Un recuerdo de los noventa, por Pablo Quintero M.

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Pensar en ciudadanía nos genera ciertos recuerdos, sentimientos, sensaciones y algunas imágenes que tenemos del pasado venezolano que a pesar de sus problemas políticos respiraba paz, fraternidad, tolerancia y cierta estabilidad. En aquellos tiempos, ya de convulsión social, la palabra armonía recogía cierto sentido de la realidad. El respeto a la constitución, el dialogo civil y la tranquilidad política eran símbolos de un país institucionalizado donde las fuerzas políticas convivían sin voracidad ante la opinión pública y los medios tradicionales de aquel entonces.
El lenguaje político estaba enriquecido de ideas, argumentos, propuestas y sobre todo un reconocimiento hacia el adversario. Gritar estaba mal visto pero ofender era ya condenable. Hasta donde nuestra memoria nos lo permita, todos recordamos destellos de una Venezuela con semáforos, con fiscales, con respeto a las leyes de tránsito. Nadie se quería comer la luz, no era necesario. Fuimos parte de una Venezuela cultural, un país de novelas y grandes pantallas, caminerías, espectáculos, conciertos, festivales y millonarias producciones. Era una Venezuela de ahorros y posibilidades para el crédito y la adquisición de inmuebles en moneda nacional. El mercado alcanzaba hasta para las mejores chucherías.
Los que recordamos la prensa escrita sabemos cómo eran los domingos en la mañana. Las casas se convertían en un círculo de lectura familiar. Era una tradición matutina revisar los diferentes periódicos y revistas que se compraban en los «kioscos» hoy conocidos como «bodegones». Algunos ejemplares contaban con grandes promociones de diferentes productos, nacionales e importados. Existía una gran variedad de marcas. Se respiraba accesibilidad y libre mercado. Sí hay algo que le gustaba al venezolano era ir a comprar periódico un domingo bien temprano.
Venezuela era un país de ilusión, que a nivel internacional se codeaba con las grandes potencias occidentales en la competencia de sus productos. Era un país de oferta y demanda, industrial y productivo, veinticuatro siete, un país de aguinaldos y mesadas, un país industrial y educativo, un país universitario formador de grandes profesionales.
Una sociedad alegre, cuyas emociones no estaban condicionadas por el precio de una moneda, era una sociedad entretenida, con más calidad de vida, atenta a los cambios políticos que estaban por darse. La economía era más estable lo que permitía una mejor planificación familiar sin la zozobra de la devaluación, la incertidumbre o la especulación.
Así como el petróleo, las grandes empresas eran bien valoradas por su capital humano y su gran calidad, tal como lo fue la Cantv o la Electricidad de Caracas. Los servicios públicos tenían valor, eran para todos. El agua y la luz nunca se iba, yo no sabía que era eso. Mi idea sobre Venezuela es que éramos un país bien visto por todos. Muchos extranjeros vinieron, se quedaron acá, este era su nuevo hogar. Diría una canción de la Billos «con trabajo y prosperidad». Nuestro aeropuerto era símbolo de progreso, de modernidad, de futuro, de bienestar. Si algo debemos firmemente admitir, es que al venezolano siempre le ha gustado viajar, conocer otras culturas, estar a la moda, vivir bien. Todos saben lo que eso significa en un país donde el capitalismo nunca ha desaparecido.
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Recordamos la libertad de prensa, la variedad de opiniones, las estaciones de radio y los canales de televisión, recordamos el humor sin miedo, la sátira sin castigo y la crítica sin persecución. El ejercicio del periodismo como lo conocemos en un país democrático. No se hablaba tanto de gobierno y oposición, sino de planes, proyectos y obras en construcción.
Es importante que nos detengamos en una imagen para reconocer que a pesar de las grandes diferencias éramos un solo equipo, con una sola historia, imperfecta como las del resto, pero protagonizada por grandes referentes, civiles y militares, hombres de ejemplo y cultura, grandes venezolanos que hoy a lo lejos lamentan que aún no nos hemos reencontrado. ¿Qué nos ha pasado? Creo que la respuesta va más allá de quienes hoy están en el poder. No todo está en Miraflores.
Esto es solo una opinión, una imagen, el sonido de un juguete, el sabor de una chuchería, un diagnóstico, un breve cuento de esa Venezuela del pasado. Es una experiencia de alguien que siente nostalgia por lo que ya no es y optimismo por lo que puede ser. El país es diferente y requiere de más estudio, de más detenimiento, de más reflexión, educación, inclusión e integración social. La política está sedienta de humanidad, espontaneidad, creatividad, identidad, emoción, conexión e ilusión. La política no son solo unas primarias, una elección. A la Venezuela de hoy hay que prestarle atención.
La venezolanidad es nuestro punto de partida, es el storytelling que alberga el sentir de una mayoría, es nuestra emoción común, nuestra alegría, es el sonido de la gaita y el sabor de un pan de jamón. Las respuestas están en nuestro propio país. La venezolanidad es parte de la fórmula del cambio. Ignorarla es fracasar en el intento de reconquista ciudadana, es desconectarse, es seguir en la queja constante, en la narración cotidiana, en la frustración permanente, en la insistencia de estrategias desgastadas. Ojalá nos demos cuenta de las potencialidades de nuestro propio relato.
Pablo Quintero es politólogo, investigador, consultor político, asesor de comunicación y campañas electorales. Socio director de LOG Consultancy.
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