USA: El punto de no retorno, por Gregorio Salazar

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Se fue el mes de agosto sin que los venezolanos hayamos podido dilucidar las enormes y acuciantes interrogantes que han surgido desde que la administración Trump anunciara poco menos que la cacería a gran escala de las cabezas del régimen venezolano, a quienes señalan de dirigir una organización narcoterrorista mentada el Cartel de los Soles.
Afinemos el foco: estamos hablando de episodios históricos inéditos, con visos de una extravagancia rocambolesca inusitada. No sabemos que los anales registren un caso semejante en el que desde la presidencia de un potencia mundial se ordene una muy costosa operación militar, hasta ahora un gran despliegue naviero y hasta 6 mil soldados, para obtener la cabeza de un jefe de gobierno –ilegítimo por fraudulento en este caso–, al que por añadidura le ha puesto la recompensa más alta que se conozca desde Adán y Eva a la fecha: 50 millones de dólares.
Es cierto, no se han despegado las grandes interrogantes sobre vías y objetivos, pero entre la intrincada maraña de informaciones, análisis, especulaciones de lado y lado, varias con su tinte nada exento de fanatismo partidario, algunas ideas se pueden sacar en claro.
Por ejemplo, que el número de naves y soldados, así como es desproporcionada para combatir operaciones de tráfico de drogas en el Caribe – que obviamente no se van a producir mientras semejante poder de fuego permanezca allí— tampoco alcanza para la invasión de un país con las dimensiones territoriales de Venezuela. Menos si la guerra es avisada.
A partir de allí vuelve a coger vuelo las tesis de la «extracción quirúrgica», muy manoseada hace años, pero a la que los avisos y amenazas desembozadas torna menos factible. Si en agosto de 1994 a Carlos Ilich Ramírez (El Chacal) lo hubieran alertado del plan en su contra, no hubiera sido detenido en Jartum (Sudán) por los hombres de su propia escolta y entregado a la policía secreta francesa. A buen seguro hubiera puesto pies en polvorosa y miles de kilómetros de por medio entre él sus persecutores.
Curiosamente ha surgido una tesis, conjetura o presunción en la que confluyen opinadores de los extremos de la política venezolana. Y surge de este planteamiento colocado entre signos de interrogación: ¿la administración de Donald Trump ha hecho semejante despliegue naval, cuya inversión el cálculo más rudimentario estima en 500 o más millones de dólares, suma a incrementarse con la prolongación de la operación, para que cualquiera de estas tardes viren las proas hacia el norte «con las manos (o las bodegas) vacías»?
¿Se puede permitir la administración Trump quemar inútilmente no sólo esa ingente suma sino deteriorar la imagen triunfalista que cultivan con furor el presidente norteamericano y su equipo de gobierno? Si eso ocurriera, sobrevendría ipso facto el fortalecimiento del régimen de Maduro y la debacle de la oposición liderada por María Corina Machado. Serían una y la misma cosa. Significaría también dejar servido un «bocado de cardenal» para la alicaída oposición Demócrata.
Y cuando se introduce el elemento de la política doméstica norteamericana, ya se ha señalado hasta la saciedad que de cara a las elecciones legislativas del próximo año Trump no puede permitirse un bajonazo en la votación republicana de Florida, con segmentos de electores hispanos seriamente desencantados por una inclemente política inmigratoria que ha dejado sin la protección del TPS y el Parole a centenares de miles de venezolanos, cubanos y centroamericanos.
Si para evitar una derrota en las elecciones de medio término ha llegado al extremo de intentar modificar los circuitos electorales en Texas, no se diga de la importancia que entonces toma su sorpresiva acción armada en el Caribe, que ha captado la atención mundial.
Tampoco se necesitan facultades de vidente para sostener la hipótesis de que en este lapso de alta tensión entre la administración Trump y Venezuela, los jefes del régimen criollo han tratado de utilizar las mismas vías de diálogo y comunicación a través de las cuales han venido negociando petróleo y el regreso de inmigrantes con el imperio gringo. Claro, una cosa es que lo hayan intentado y otra es que esa puerta esté abierta. Lo que sí es cierto es que hay un mundo por negociar.
En medio de esa dinámica, cada paso puede resultar temerario hasta que esa fuerza inercial que tantas veces se ha impuesto en los actos de fuerza se alcance el punto de no retorno. Y no haya otra opción que avanzar a viento y marea y a cualquier costo. El otro riesgo es el del ridículo mundial.
Por cierto, no existe «blindaje» de motorizados, ni de milicianos ni de tropas en la frontera en estos tiempos en que, sólo para citar un caso reciente, Israel e Irán cruzaron fuego de misiles disparados a distancias superiores a los mil kilómetros sin que ningún soldado pisara suelo enemigo. Atrás quedan los aspavientos y alardes revolucionarios.
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Venezuela se mantiene en estado de alta expectación. Estamos inmersos en un entorno de usurpación, ineficiencia, pobreza y corrupción y ahora ante la amenaza de una intervención extranjera. Un cuadro realmente grave e indeseable para cualquier nación. La crisis se profundiza con las horas y no hay forma de definir un horizonte temporal para predecir el desenlace.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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