Vayamos al grano, por Carlos Bracho

Twitter: @elcarlosbracho
Para nadie es un secreto que la Venezuela de hoy es completamente distinta a la de hace unos diez años, de hecho es completamente distinta a la de 5, 3 e incluso 1 año atrás; cualquiera diría que es lógico, pues cada país evoluciona de manera constante, de eso se trata, pero en Venezuela, los cambios económicos, el alto flujo migratorio y el nuevo linaje de posicionados en la clase alta han dado un giro exponencial en nuestras actitudes y costumbres, en un país desconocido para los que se fueron y cambiante para los que acá estamos.
Sin ánimos de exagerar en Venezuela cuesta adaptarse a los retos que día a día nos tocan afrontar, como si de una montaña rusa se tratara las subidas y las bajadas son imprevistas por muy organizados económicamente que estemos y por muy equilibrados que nos sintamos emocionalmente hablando, ahora bien, creo que basta con vivir en el país para entender esto y no es necesario estarlo recordando de manera constante; y es que decido hacer todo este preámbulo catártico porque si bien es cierto ya tenemos suficiente con los retos del día a día, a ellos se suma el desinterés, la mal llamada «viveza criolla», el resentimiento disfrazado de crítica constructiva y el, quítate tú para ponerme yo de muchos que más allá de «construir país» lo que hacen es destruirlo.
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Entiendo que la predisposición de muchos viene de una lucha emocional interna de muchos años de fatiga ante un país que llegó al extremo de la crisis por varias razones y acciones políticas tanto nacionales como internacionales, pienso que para buen entendedor pocas palabras bastan y no pienso profundizar en el tema político, eso lo dejamos para después; pero se me hace impropio la descarga, el ataque e incluso las expresiones de odio de venezolanos contra venezolanos, de personas que simplemente decidieron quedarse en el país luchando, viviendo o avanzando porque así lo decidieron, y es que no se tiene porque ofrecer un justificativo por querer quedarte y prosperar en casa, no se tiene que ofrecer un justificativo por querer irte, pero sí que veo con preocupación el creciente ataque y demérito interno a quienes sencillamente están haciendo lo que su corazón manda.
Vayamos al grano, con la creciente oleada de actividades culturales en el país, la movilización del turismo interno e incluso el incremento de asistencia en los restaurantes y clubes nocturnos, el ataque por muchos ha sido desmesurado metiendo en un mismo saco a todos los ciudadanos, sin muchas veces entender que la gran mayoría están buscando vivir un momento distinto luego de tantos años de carencias, luchas y tristezas.
Y es que antes de que cualquiera pueda buscar argumentos para justificar los ataques que por ejemplo hoy son abundantes en Twitter, pienso que no hay nada más sano que vivir y dejar vivir, entendemos que el país hoy está lejos de lo que quisiéramos, es una realidad, pero de allí a atacar a muchos que con esfuerzo solo están buscando vivir experiencias distintas o el tan llamado «darse un gusto» creo que sin duda alguna está alimentando a un gran número de intolerantes que quieren ver a cada ciudadano hundido en la miseria y la desesperanza.
Si hoy, muchos no reflexionan sin duda alguna, en algún punto será peor el remedio que la enfermedad, los venezolanos merecemos estar unidos, merecemos y tenemos que construir país, esta es nuestra casa y de nosotros depende que la convivencia sea pacífica, agradable y lo suficientemente buena para seguir luchando sin tirar la toalla pese a las circunstancias.
Carlos Bracho es periodista
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