Volver al pasado, por Pablo M. Peñaranda H.

Twitter: @ppenarandah
«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida».
Armando Tejada Gómez
La primera vez que escuche la canción Las simples cosas fue en la Peña de los Parra, en Santiago de Chile, en aquel caótico y alucinante gobierno de Salvador Allende. La familia Parra donde sobresalieron los genios de Violeta y Nicanor, administraban una especie de teatro-restaurante en el cual toda clase de espontáneos actuaban.
Esa noche entre lecturas de poemas, la canción flotó en el ambiente y como estaba presente el embajador de Venezuela en Chile, Orlando Tovar, con unos compatriotas invitados, entre ellos un ministro, se nos permitió a los venezolanos cierta soltura en el ambiente y por ello logré obtener la letra de la canción. Un suceso parecido con las diferencias del caso me ocurrió con el adagio de Albinoni.
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Por eso la música en todas sus variedades siempre está unida a momentos estelares de nuestras vidas, de manera que, invariablemente vuelvo a ella de tiempo en tiempo para calmar mis nostalgias o mis alegrías.
Disfruto mucho el volver al pasado. En mí no pesa el removerlo, de manera que actúo en contravia de lo que piensan los personajes de Enrique Vila Matas en sus novelas posteriores a París no se acaba nunca, ya que en esa novela, casi autobiográfica, era un joven feliz e indocumentado, cuya casera era nada menos y nada mas que Margarita Duras. Me refiero a que algunos personajes de este autor no creen prudente volver a los lugares que amamos, ya que los encontraremos más derruidos y menos hermosos y si el regreso se refiere a las personas, sus opiniones son aún más lapidarias, al menos debemos darle la razón en lo referente a ese intento tan difundido, en cierta capa de la población en el mundo occidental, de acudir a la cirugía plástica para mantener los rasgos juveniles con resultados, en algunos casos lamentables, como lo ocurrido con Faye Dunaway y Meg Ryan, cuyos cirujanos plásticos deberían ser condenados a cadena perpetua, por convertir esos dulces y bellos rostros en unos muertos vivientes.
Pero la cosa es, que mientras mi hija avanzaba en sus estudios de Arquitectura, yo junto con ella, disminuía mi ignorancia sobre distintas culturas, entre ellas la japonesa. Con El Elogio a la Sombra de Junichiro Tanizaki. El autor a lo largo del libro, explora la relación entre la sombra y como la penumbra enaltece la belleza. Se detiene en la pátina del tiempo de los objetos, para terminar por completar la belleza con esa suave veneración a la vejez. Con este autor llegaron Kawabta, Michima y Murakami. Porque los libros tienen esa fascinación de llevarnos de uno a otro y como en un sombrero de mago, cuando hemos terminado El Medio Sol Amarillo de Chimamanda Ngozi Adiche, ya están sobre la mesa de noche, tres libros en espera, para navegar el inmenso e interminable mar de nuestro agrado y, quizás por eso, se hace imposible la relectura.
No obstante, recuerdo con cierta risa que mientras cursaba el quinto año de Psicología, mis actividades políticas, algunas con cierto desafuero, eran acompañadas y aplaudidas por una compañera que me aventajaba en experiencia y que en una amena conversación me habló de ciertos aspectos de la Muerte en Venecia de Thomas Mann, de los cuales yo, no me había percatado y como los argumentos se mostraban sólidos, volví al libro y para mi sorpresa, encontré una a una las referencias acotadas por la compañera, con lo cual, llegué a la conclusión de que cada lector fabrica, en cierta medida su lectura, por el momento y el estado emocional en los cuales se encuentra. Entre chistes agradecí que sus observaciones no hubiesen sido sobre La Montaña Mágica. Desde esa experiencia, voy atento en mis lecturas y aplico el método de fastidiar a mis amigos y familiares con los comentarios sobre lo que me encuentro leyendo.
El cuento es, que se formó un pequeño circulo de lecturas gracias a la generosidad y el talento de una amiga dos amigos y como primer libro se escogió El Túnel de Sábato, el autor sobre el cual había escrito una crónica que me remontó a un trío de décadas atrás. En este regreso encontré un verdadero tratado sobre la neurosis y me dió elementos para seguir reflexionando sobre la teoría de la Perfilación de la victima en las relaciones amorosas. Pero me llamó la atención como si lo estuviera leyendo por primera vez, la genialidad de Ernesto Sábato para amalgamar la pasión, la posesión y la ira. Ese cóctel que está presente en la primera frase de la Iliada, y que no ha cesado en producir maravillas en la literatura y por lo cual, en cierta medida, entramos al siglo 20, dos mil millones de habitantes y, al salir de él, comenzamos el siglo XXI con siete mil trescientos millones de personas, para así encoger un poco más nuestra casa, el planeta Tierra.
Volver a El Túnel me permitió beber unas gotas del elixir de la felicidad por la buena literatura, en compañía de fraternos amigos.
Solo eso quería contarles.
Pablo M. Peñaranda H. Es doctor en Ciencias Sociales, licenciado en Sicología y profesor titular de la UCV
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