¿Y quién paga la cuenta?, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Mi primer impulso fue correr en busca de la salida y, ya en la calle, seguía aturdido por el estrépito que provocó el disparo. Pensé que si me alejaba del lugar serían mayores las posibilidades de borrar de la mente la última imagen que me quedará de este hombre, aferrado a su miedo y sin defensa, mirándome a mí y no a quien lo iba a ejecutar.
Me lo cuenta con fingida serenidad mientras vierte azúcar en la taza y reposa su vista en el movimiento sinuoso del café que no termina de beber. Por eso, explica, fue que salió a toda prisa del país. Harto de soportar la vida miserable, atrapada en la complicidad de una violencia que el gobierno estimula y protege ante la intromisión de la justicia. ¿Cómo resumir lo que siguió?
Yo estaba impresionado al oír la confesión de Néstor L. Lo había citado con la excusa del reportaje y la promesa de publicarlo ocultando su identidad. Había admitido, no sin repugnancia, su papel en atropellos cometidos por el régimen de Maduro contra inocentes trabajadores o jóvenes, a quienes detenían tras las manifestaciones.
Muchos de ellos volvían a sus casas después de realizar actividades muy distintas a la protesta, como era pasar un día en la oficina o haber estado en clases. Pero, entonces, a él eso poco o nada le importaba.
«Cuando un gobierno se ve acorralado por el rechazo popular, y luego en las reuniones de gabinete los propios ministros lo exponen, llega un punto en que no les importa cometer todo tipo de tropelías». En tanto que agente del Sebin y más tarde ascendido a inspector Néstor L. hizo lo que se le ordenó, y de nada le servía ahora pedir perdón.
Se valió, por ejemplo, de falsas acusaciones para encarcelar al vecino que se metió con su mujer o golpear sin piedad a jóvenes a los que atrapaban como moscas en incursiones policiales al término de las protestas. Supo demasiado tarde que había llegado al límite en que un hombre se vuelve desleal con sus principios. Se preguntaba en las noches si no había la opción de poner marcha atrás todo lo vivido.
Estaba en eso cuando ocurrió lo de ese martes al mediodía. Al entrar a la sede central del Helicoide, Pérez le dio la mala sorpresa: «Néstor, ahí tenemos a un familiar de tu esposa… está bien jodido, porque se enfrentó a la Guardia Nacional y le dio un coñazo en la boca a un coronel». Mala hora.
«Yo venía dándole vueltas a la idea de renunciar y meterme en el negocio de los dólares con mi hermano, y ese pendejo viene y la caga. En realidad, era un primo lejano de mi mujer. Yo mismo no lo conocía, pero me sentía comprometido a echarle una mano. Entré a la celda y conversamos largo rato. Me dio una explicación, tal vez la más verosímil. Dijo que apenas bajaba del carro cuando se vio rodeado de guardias nacionales. Uno de ello me preguntó que de dónde venía, y cuando le dije que era comerciante y había llegado esta mañana de Mérida, me cayeron encima, a golpes, cachazos y patadas… Todavía no sé de qué me acusan… debe haber un error. Sin argumentos, solo me quedó recordarle que le había sacado dos dientes a un coronel. Coño, si no me defendía me iban a matar en ese estacionamiento«.
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«Salí de la celda sin hacerle promesa alguna y marqué el número del coronel para pedirle disculpas y explicarle la situación. Su respuesta fue seca, grosera y hasta amenazante. ¿Quieres que te denuncie por ponerte del lado de un hijo de puta que golpeó a un oficial?, escuché del otro lado. Asustado, colgué y, cuando levanté la mirada, se lo estaban llevando. Pregunté y me dijeron que el coronel lo pedía para tenerlo en los calabozos del cuartel. Me incorporé a la comisión y en la vía supe que el oficial de la GN lo esperaba en un galpón abandonado. Allí lo llevaron o se lo llevamos, y lo tiraron a un lugar sombrío y sucio. ¿Qué me van hacer? ¿Ustedes se han vuelto locos? ¿Néstor, no vas a parar esto?, decía Ramón, aterrado. Me miraba. ¿Por qué coño me miró a mí y no al que le puso la pistola en la cabeza? Mi primer impulso fue correr en busca de una salida. Aún en la calle seguía aturdido por el estrépito que provocó el disparo».
La joven nos interrumpe y pregunta: «¿Les traigo la cuenta?», pero Néstor L. repetía lo que me dijo al principio, sentado en este de Madrid, contándome su tragedia, que no es otra que la de no poder dormir, porque la imagen del hombre mirándole, aferrado a su miedo y sin defensa, le persigue. De pronto, se levanta y se dirige a la ventana, desde donde ve pasar la gente y los carros desplazarse maquinalmente a su destino. Una camioneta negra pasa lentamente por la avenida y Néstor clava la mirada.
Algo le recordó de las unidades del Sebin. Metió la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta, se llevó los dedos a los labios pidiéndome que callara y, seguidamente, sacó la pistola y se disparó a la altura del cuello.
Cuando la mesera y yo corrimos hacia él, ya era cadáver. No me dio tiempo para decirle que ese hombre que habían matado se llamaba Ramón González y también me atormentaba a mí. Era como mi hermano. Solo la mesera, delgada y rubia, le puso cierto toque de humor a un episodio demasiado lúgubre. Justo cuando llegaba la policía, y los curiosos se agolpaban en el lugar, la chica se me acercó para insistir y preguntarme: «Señor, ¿y quién paga la cuenta?».
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España