Ya son las doce y no llega, por Omar Pineda

Twitter: @omapin
Salí apurado de redacción, ansioso más bien porque eran casi las once y presentía que Laura me mandaría al carajo si asomaba la excusa del “rayo” que se interpuso en mi salida con la exclusiva sobre la posible división en AD. Era la noche de mi cumpleaños, así que puse a rodar el engranaje de la imaginación y avizoré su nerviosismo multiplicado por diez debido a mi demora, rodeada de gente que vino a festejar mi ingreso al club de los 40 y que en minutos estarían planeando marcharse a sus casas. Ya en la calle me pregunté si mejor me iba en metro o tomaba el taxi. La noche lucía fresca, la avenida estaba despejada y hasta serena. Solo el viento traía unos gritos distantes de dos borrachos peleándose en la esquina. A mi mujer eso de “encochinarse” en el periódico le ha sonado siempre a mentira, una burda invención de los reporteros cuando tienen un plan B, insiste.
De hecho, no pocas veces me ha acusado de que llego tarde porque andaba puteando con chicas o que estuve en el bar con panas del trabajo. Pero hoy no cabía ese argumento: ¡Me esperaba una torta, la decoración naif de mi cuñada Yuli y cuarenta velitas que debía apagar! Así que caminé de prisa por la acera que va de El Globo hacia Plaza Venezuela, y ahí mismo pasó un taxi pirata, de modo que no tuve más opción que subir y negociar con el conductor la tarifa para llevarme al sector CC2 de Caricuao. De los ochenta bolos iniciales que asomó nos transamos en setenta y arrancamos via autopista Francisco Fajardo.
El tipo, un flaco de rostro afilado y sin afeitar, hediondo a cigarro, dijo llamarse Fran y no habló más. Cerca del volante tenía una estampita de la Virgen de la Coromoto y una foto de Leones del Caracas. Conducía atento a la transmisión del beisbol. Magallanes tenía corredores en primera y segunda, sin out. De puro nerviosismo cambió de emisora, que es lo que yo también hago cuando mi equipo está en situación de peligro. En vez del beisbol oímos a Tito Rodríguez cantar “… espero, espero y no llega… me hará lo mismo que ayer”, y desde luego que pensé en Laura. La presentí con los brazos en la cintura y rechazando delante de los invitados mis vanas excusas. Luego yo, apenado, exponiendo –esta vez para una audiencia reducida– que cuando al redactor de guardia le cae una noticia de última hora es como la lotería: puedes perder si todos la dan o un premio, si esa exclusiva abre el periódico al día siguiente.
Así que bordeamos la redoma de Plaza Venezuela, nos deslizamos hacia la autopista y yo aproveché el sosiego para llamar a Laura y avisarle que iba en camino. El taxista regresó al beisbol cuando, de pronto, me sacudió el frenazo y lo escucho soltar un “¡coñodelamadre, nojoda!” que interrumpió mi llamada. Levanté la mirada del teléfono y le pregunté quién había ganado pero el hombre no respondió sino que con gesto de agobio bajó la ventanilla y exclamó “¡bueno, mi pana, me van a volver atracar!” Entonces dejé hablando sola a Laura porque dos motos se habían atravesado al taxi y un sujeto venía hacia nosotros con un pistolón que únicamente se lo había visto a Clint Eastwood. Con voz firme, de tipo obstinado, se dirigió a Fran.
–¿Cuál es tu problema, becerro?, reclamó en tono fuerte, más de gente arrecha que desesperada. Tu sabes, esos que no esperan nada de la vida y al mínimo enfado aprietan el gatillo sin precisar adónde.
–Coño, mi pana, que hace dos días me atracaron en esta misma bajadita y ahora vienen ustedes… alcanzó a decir Fran, ahora con voz de niño, de quien implora más que de quien reclama, y sin que nadie se lo exigiera levantó los brazos. Tenía el rostro bañado de sudor y el miedo que transpiraba se espació en el carro y empezó a llegarme. Entonces ocurrió lo inesperado, lo que no se cómo se lo cuento a Laura. El asaltante se asomó a mi ventanilla. Primero apareció la pistola, luego su rostro oscuro, los dientes blancos y noté que un acné amenazaba con explotarle cerca de la nariz.
–Y este bicho… ¿quién es?
–Un cliente, amigo… lo voy a llevar a Caricuao, dijo el taxista y noté que cierta opresión en la garganta le impedía articular bien las palabras.
–¿De Caricuao?, preguntó receloso el otro tratando de precisar mi rostro, para luego añadir desconfiado “este pure no tiene cara de vivir en Caricuao”.
Es verdad, recién me había mudado, gracias a que el jefe de Laura notificó que estaba alquilando su apartamento porque se había mudado a La Florida. Pero, si yo no exhibía pinta de vivir en Caricuao, ya estaba habituado a su entorno. El edificio queda como escondido frente a la estación de bomberos, y los sábados, en la vía, los vecinos suelen comprar las verduras en el mercado campesino. Por esas razones, levanté el dedo, como el alumno que se sabe la respuesta, y le hablé al hombre.
–Sí, hermano, yo vivo en el sector CC2. Y para ganar un pedazo de su confianza pregunté “¿por qué… tú conoces ese sector?”
–Bueno, viejo, ¿tu como que eres marico o qué?, respondió el mulato con indignada razón y a modo de advertencia para que no me pasara de listo, acercó la pistola hacia mi cara, como para que yo aclarara bien mis ideas y tomara conciencia de que esa vaina era un atraco.
Apenas estoy relatando por segundos y ustedes podrán verlo como un thriller en cámara lenta, ya que mientras el taxista, el choro y yo manteníamos una incómoda conversación el otro motorizado, que se había atravesado al viejo chevette azul y platinado de Fran, hizo un movimiento brusco, inadvertido. Yo diría más bien asustadizo. Gritó algo como “¡arranca… arranca… arranca”, pero nuestro asaltante no lo oyó porque se entretenía con nuestros miedos. De pronto achinó los ojos y preguntó “¿Lucio?”, lo que significó para mí: sigues con vida. Yo también agudicé la vista y solté la frase salvadora.
–¿Qué… Negro?, pregunté con inocultable gozo porque el tipo que nos sometía era justamente el primo de Laura, uno de esos familiares mal encarrilados que debes cargar como una mochila. Tu sabes, eso que dice Rubén Blades en Amor y Control: “familia es familia…”.
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El súbito reencuentro con José Antonio, a quien todos –hasta su mamá– le decían el Negro le devolvió el color al taxista y hasta bajó las manos en señal de alivio. Pero afuera transcurría otra película: su compinche lo abandonaba porque captó la presencia de la patrulla de la PM. José Antonio no acató la primera regla de un robo: si el pana que te va a cantar la zona se sacude de la escena es porque llegaron los pacos y debes pirarte. Pero, a cambio de tal exhortación José Antonio se sintió a gusto, aunque el pistolón seguía apuntándome imagino que ya en plano amistoso. Me saludó con aprecio y preguntó por la gorda, que es como le dice a Laura.
Estaba a punto de echarle el cuento con un titular y un sumario más o menos así: “chamo, Laura debe estar burda de arrecha porque hoy cumplo años y me he demorado” cuando sentí el tronar del disparo. Fran emitió algo similar a un gemido, yo me eché abajo y me revisé el pecho clamando a Dios porque la sangre no manchara la camisa nueva, mientras el Negro parecía desconcertado. El disparo del policía le dio justamente en la cabeza y el infortunado primo hizo un último esfuerzo por mirarme y despedirse pero lo que observé fue su extraño alejamiento, como un niño que aplasta su rostro contra el vidrio de la confitería.
Tres segundos más tarde desaparecía de mi vista y caía al pavimento. Entretanto, el taxista, también extraviado por la confusión del disparo, preguntó acostado a lo largo del asiento “¿todo bien, hermano?”. Entonces se aparecieron los dos policías, nos apuntaron y yo, con lo que me quedaba de aplomo en vista de que Fran no paraba de llorar, les agradecí ya que ese tipo nos estaba asaltando.
–Eran dos… el otro se fue en la moto, dije a modo de información, rogándole a Dios que Fran no se volviera cómico y terminara contándoles que yo conocía al fallecido. Pero no. Solo tuvo palabras de gratitud, “porque ustedes no me lo van a creer pero esta es la segunda vez que me atracan en esta curva”, expresó.
Nos retuvieron, revisaron minuciosamente nuestra documentación, yo les adelanté que era periodista de El Globo y que era el día de mi cumpleaños. Hasta para hacerme el simpático y romper el estado de shock en que todavía se hallaba Fran le dije al agente de mando que por ser mi cumpleaños agarré el taxi y que mi mujer debe de estar esperándome con los invitados.
–Y ahora usted… mire y pasa esto, exclamé como punto final de mi breve alegato .
El agente que fungía de jefe me ignoró y tras tomarnos declaración y copiar los datos, nos dejó marchar. Está de más decir que ni Fran ni yo hablamos por minutos durante el trayecto. Seguíamos sin procesar la película que protagonizamos hasta que entrando a la urbanización, Fran se acordó “coño, hermano… y usted no dijo nada de que conocía al muerto”. Sentí que al escuchar ese detalle el taxista podía hasta creer en mi complicidad o algo semejante. Me defendí rápidamente y le respondí con la mayor naturalidad.
–Sí, chamo, a mi también se me olvidó decirle que lo conocía.
Hasta allí hablamos del episodio que ambos recordaríamos por el resto de nuestras vidas. Llegamos al edificio. Le pagué los 80 que pidió inicialmente, nos dimos las manos. Fran me deseó feliz cumpleaños y yo respondí “gracias… y cuídate, hermano”.
Entonces tomé el ascensor, abrí la puerta sin saber por dónde empezar. Solo quedaban dos invitados: la hermana de Laura y su marido en el sofá. Ambos me miraron sin ocultar su malestar. Mientras los escudriñaba con aire de paciente espera salió Laura de la habitación y me lanzó una mirada fría, áspera y a la vez desconcertante. Tomé todo el aire que requería para armar el rompecabezas de mis últimas horas, y antes de que Laura empezara a insultarme sonó el teléfono.
Me apresuré en tomarlo, escuchar atento durante unos segundos y exhibir cara de terror. Laura, su hermana y el cuñado me observaron desesperados como tratando de leer mis gestos. Dije “gracias, se lo diré” y por pura maldad dejé que corrieran unos segundos de suspenso antes de trancar, hasta que mirando a Laura hablé.
–Era tu tía Graciela: que acaban de matar al Negro.
–¿A José Antonio… cómo va ser? ¿qué le pasó eso, ay Dios?, exclamó Laura y se echó a mis brazos para llorar y exaltar algunos méritos del primo, pese a que había tomado mal camino.
–Pero ¿qué más dijo tía Graciela, cómo lo supo ella?, preguntó esta vez Yuli, también bañada en llanto.
–¡Carajo… esto sí es feo, mano, alcanzó a decir el cuñado como si estuviera obligado a pronunciarse.
–No sé, Graciela, hablaba y lloraba y no la entendía bien. Llámala tu, amor, insté a Laura y no dije más. Bajé la cabeza en señal de duelo o de tristeza cuando en verdad pensaba en los dientes blancos del Negro y el pistolón; en su saludo caluroso al reconocerme; luego del disparo y finalmente en su inesperada despedida. Entonces me dije que en verdad esta hubiera sido la mejor lección que le hubiera dado a la desconfiada Laura. Pero guardamos silencio por unos minutos. Hasta que Laura se decidió a picar la torta sin apagar las velitas ni cantar el cumpleaños feliz. Después nos santiguamos en honor a José Antonio que murió sin saberlo y ni siquiera llegar a los veinte años. Laura seguía llorando en mi hombro y yo con ganas de recitarle a lo Tito Rodríguez, “cariño santo , vidita mía… no sufras tanto, ya estoy aquí”.