Y…La Nada, por Gisela Ortega

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La historia de la Filosofía, comienza cuando Parménides crea el concepto de Ente, no por abstracción, sino por contraposición a la Nada. Pero, como el concepto de Nada no puede sacarse de nada, la Nada constituye la mayor invención humana, el concepto más original del hombre
La nada es la ausencia e inexistencia de cualquier objeto. No hay nada, decimos cuando no existe el objeto que esperábamos encontrar. Caos: así se llama al estado de confusión en que estaban las cosas antes de que –afirman los creyentes– Dios las ordenara. El cero indica valor nulo y equivale a nada. Inexistencia se emplea para designar la no existencia de una cosa. Nadie es ninguna persona o un individuo insignificante y el vacío es el espacio que no contiene aire ni otra materia.
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En el sentido común, la palabra nada es usada para referirse a cualquier cosa, suceso o evento de poca importancia –o como respuesta cortés («de nada») cuando a alguien le dan las gracias por algo. Antes de nada, en primer lugar. Como si nada, hablando de acciones, hechas sin esfuerzo o sin darles importancia. Con nada, por poco. Nada menos que, expresión para resaltar la importancia de lo que se dice a continuación. No ser nada, dicho que le quita valor a algo. No somos nada, frase que expresa impotencia ante lo inevitable. Sacar de la nada, haber obtenido algo sin esfuerzo o méritos.
Nada surge de la nada, o de la nada, nada proviene, son expresiones con las que se indica un principio metafísico según el cual ningún Ente puede empezar a existir a partir de la nada.
El principio suele plantearse en relación al origen del Universo. Dado que el mundo existe, entonces significa que surgió de la nada, porque el planeta es por definición todo lo que existe. Pero esto contradice el principio de que nada surge de nada. Luego, si el principio es cierto, el cosmos existió siempre. Siguiendo este tipo de razonamientos, muchas religiones han postulado que el universo no surgió de la nada, sino de un Dios creador, y que ese Dios existió siempre.
El concepto de nada o inexistencia ha sido estudiado por diversos filósofos y teólogos, en particular por Jorge Guillermo Hegel (1770-1831), Martin Heidegger (1889-1976), y Jean Paul Sartre (1905-1980); que sostuvieron que la nada es una cosa.
El significado de nada varía ampliamente entre las diversas tradiciones filosóficas y culturales, especialmente la occidental y la oriental. Así, el Shunyata es el vacío de la mente en el budismo. En contraste, en la filosofía griega, en la ontología la idea de la nada surgió con los problemas de la negación del ser, de la conservación del ser y de la imposibilidad de afirmar nada.
La «nada» ha sido tratada como un tema transcendental durante mucho tiempo. En filosofía, para evitar trampas lingüísticas sobre el significado de «nada» se suele emplear una frase como no-ser para dejar claro de qué se está hablando
Particularmente, el filósofo griego Parménides (515-c 440 a J.C.), creyó que del no-ser –la nada- no se puede hablar, mientras que Epicuro (341-270 a J.C.) y Lucrecio (98-55 a J.C.) establecieron que la materia no se puede crear de la nada, ni reducirla a la nada, postulados posteriormente negados por el pensamiento cristiano.
Parménides fue tomado muy en serio por otros filósofos, influyendo, por ejemplo, en Sócrates, Platón y Aristóteles.
Aristóteles (384-322 a.C.) proporciono la clásica salida al problema lógico planteado por Parménides al distinguir las cosas que son materia y las que son espacio. En esta hipótesis, el espacio no es «nada» sino, más bien, un receptáculo en el que se pueden colocar objeto de materia. El verdadero vacío (como «nada») es diferente del «espacio» y queda fuera de consideración.
Esta caracterización del espacio alcanzo su cúspide con Isaac Newton (1642-1727) físico y matemático, que afirmo la existencia del espacio absoluto. El filósofo y físico, francés, René Descartes (1596-1650) por su parte, volvió a un argumento similar al de Parménides de negar la existencia del espacio. Para Descartes, había materia, y había extensión de la materia que no dejaba lugar a la existencia de la «nada».
Los puntos de vista de Descartes al respecto fueron cuestionados por el matemático francés, Blaise Pascal (1623-1662), éste se negó a revocar la creencia tradicional, horror vacui, comúnmente enunciada como «la naturaleza aborrece el vacío». Esto se mantuvo así hasta que el matemático, y físico, italiano, Evangelista Torricelli (1608-1647) inventó el barómetro, en 1643, y demostró que aparecía un espacio vacío si se daba la vuelta al tubo de mercurio. Este fenómeno se conoce como el vacío de Torricelli y la unidad de presión de vacío, el torr, lleva su nombre. Incluso el maestro de Torricelli, el físico italiano, Galileo Galilei (1564-1642) había sido incapaz de explicar adecuadamente la acción de succión de una bomba.
Heidegger se ocupó con profundidad del problema de la nada. No lo hizo tanto en su obra, Ser y tiempo, de 1927, como en su trabajo ¿Qué es metafísica?, de 1952, donde plantea y elabora el tema, y lo aborda con una interrogante: ¿Por qué hay ente en su totalidad y no más bien la nada?
En este escrito se estima que la nada le está vedada al pensamiento científico, porque la ciencia nada quiere saber de ella. Sin embargo, Heidegger sostiene que la nada es significativa pues sobre ella descansa o se asienta el ser. Así el problema filosófico se plantea desde el enigma de «que haya algo en vez de nada».
La obra de Sartre, El ser y la nada (1944) sostiene que el ingreso de la nada al mundo se debe a la existencia del hombre.
En matemática, la palabra nada no tiene ningún significado preciso, es polisémica. En teoría de conjuntos, la nada es el conjunto vacío; que no posee elementos. En aritmética, la nada es el cero.
Destacadas personalidades al referirse a la nada han expresado lo siguiente:
El político y Canciller Alemán, Konrad Adenauer (1876-1967): «Cuando dos personas son de la misma opinión, ambos no sirven para nada».
Pablo Neruda (1904-1973), poeta chileno: «Para que nada nos separe que nada nos una».
Oscar Wilde (1854-1900), escritor irlandés: «Perdona siempre a tus enemigos, nada les molesta más».
Henric Frédéric Amiel (1821-1881), filosofo suizo: «La inteligencia es útil para todo, suficiente para nada».
No hay nada, cuando no existe la cosa que esperábamos encontrar, de allí que estemos rodeados de nadas, angustiados y atemorizados.
La existencia humana está íntimamente ligada a la nada. Hay mucha gente valiosa surgida de la nada, hay muchos que se consideran valiosos y no sirven para nada; hay demasiados que, siendo valiosos, no hacen nada; hay otros a quienes –porque se los estima valiosos– no se les perdona nada, no se les reconoce nada y se trata de volverlos nada; hay quienes no valen nada y quienes prefieren no ser nada, a otros quieren reducirlos a la nada.
¿Por qué hay tanta gente destacada marginada, a quienes no se les toma en cuenta para nada?, ¿por qué ponemos de lado a personas de reconocida y brillante trayectoria sin que no se le reconozca nada?
De nada vale trazar proyectos cuando nada se puede lograr si no se hace nada para llevarlos a feliz término, porque nada se cumple, nada se respeta y todo se transforma en nada. Muchas medidas no gustan nada.
El ser humano siente miedo y zozobra ante la nada, pero desvanecidos estos elementos, la existencia continua apesadumbrada y si a la persona se le interroga por la causa de su intranquilidad, responderá casi espontáneamente: «Por nada».
Hay seres que nada esperan o se conforman con nada, no se les reconoce nada, se reducen a la nada, se ahogan prestigios en la nada, otros que no aportan nada y no dan nada –y otros a quienes soñar no cuesta nada–.
Gisela Ortega es periodista.
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