A 75 años del 14 de diciembre de 1947, por Humberto Villasmil Prieto

Twitter: @hvmcbo57
Las cosas vuelven al lugar de donde salieron
Rómulo Gallegos.
El año 1947 estuvo plagado de acontecimientos: el 14 de agosto Pakistán se había independizado del Imperio Británico y al día siguiente lo hizo la India. En septiembre, en Río de Janeiro, Brasil, se firmaba el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). La Doctrina Truman marcaba el inicio de la Guerra Fría y el 25 de mayo, con la Ley de Seguridad Nacional, se creaba la Agencia Central de Inteligencia Norteamericana, la CIA. El 27 de diciembre se publicaba la «Costituzione della Repubblica italiana», cuyo Art. 1. declaraba de un modo señero que: «L’Italia è una Repubblica democratica, fondata sul lavoro».
Pero para los venezolanos aquel 1947 tuvo una significación históricamente particular: el 14 de diciembre, el presidente Rómulo Gallegos ganaba las elecciones en los primeros comicios celebrados mediante sufragio universal, secreto y directo que tuvo el país.
A su toma de posesión, el 17 de febrero de 1948, Gallegos invitó personalmente a Nicolás Guillen, a Salvador Allende, a Germán Arciniegas y a Luis Alberto Sánchez, el líder del APRA. Nueve meses después –el 24 de noviembre– una asonada militar lo derrocaba. Apenas en julio de ese mismo año, había visitado Washington atendiendo una invitación del presidente Harry S. Truman. Durante ese viaje, Truman y Gallegos –ambos nacidos en 1884– visitaron el pueblo de Bolívar, Missouri, el estado natal del presidente norteamericano. Se rumoreaba que no se le permitiría regresar al país. En realidad, la conspiración para derrocarlo había empezado incluso antes de su toma de posesión. En los días previos a su juramento se develó un plan para bombardear Caracas con aeronaves que partirían desde Puerto Cabezas, Nicaragua. Trujillo y Somoza estaban al frente de la operación que finalmente no se llevó a cabo.
Una junta presidida por Carlos Delgado Chalbaud, a quien Gallegos había hospedado en su casa de Las Ramblas de Barcelona en 1935, toma el poder aquel día infausto: el 24 de noviembre de 1948.
Después de derrocado, el presidente Gallegos partió desterrado e hizo una primera escala en La Habana; gobernaba la isla el líder del Partido Revolucionario Cubano Auténtico, Carlos Prío Socarrás, quien había tomado posesión del cargo el mes anterior.
El reconocimiento a la Junta Militar por el Gobierno de Harry S. Truman develaba la hipocresía de la política del «Buen Vecino» (The good neighbor policy) que había sido el eje de la diplomacia del presidente Franklin Delano Roosevelt –muerto en ejercicio de su mandato– a quien Truman acompañó en la fórmula como vicepresidente.
La Embajada Norteamericana en Caracas esperaba el golpe y nada hizo. Un despacho del embajador Walter Donelly del 29 de junio de 1948 terminaba de un modo por lo demás cáustico y ciertamente premonitorio: «…anything can happen…». Cualquier cosa puede suceder, y sucedió, en efecto.
«La tierrita brava», como el mismo Gallegos escribió, se había cobrado otra víctima civil en esa pugna ancestral e inacabada entre civilización y barbarie, en este país de la vorágine y la aventura, como Mariano Picón Salas lo definiera alguna vez.
En mi última misión a Cuba como funcionario de la OIT hace mucho ya, en 2009, me extasié frente a una galería de fotos que reposan en el celebérrimo Hotel Nacional, sito frente a la bahía de La Habana, recinto por donde pasó buena parte de la historia política caribeña y latinoamericana contemporánea.
Recuerdo que me detuve frente a dos imágenes. La del presidente Rómulo Gallegos con su infaltable cigarrillo, bajando por la escalinata principal del hotel; trajeado de elegante e impecable blanco y con Doña Teotiste Arocha de Gallegos de su brazo. Eran los días inmediatamente posteriores al golpe del 24.11.1948 y el derrocado presidente civil hacía escala en ruta a México, el país del exilio definitivo. La otra fue la de Sir Winston Churchill con su inseparable habano y portando un «Panamá hat». Cuentan varias fuentes que Churchill solía viajar con alguna frecuencia a La Habana acaso preso de nostalgia por su periplo a la Isla en 1895.
Churchill y Gallegos pasaron por el Hotel Nacional, pero desde luego no pudieron coincidir. Desconozco si alguna vez se conocieron, lo más probable es que no. Pero aquel mítico recinto caribeño que todavía conserva en su portal las huellas de los proyectiles que dejaron los combates suscitados en medio de la Revolución de 1933 que derrocó al régimen de Gerardo Machado conserva en su pletórica colección de fotografías el recuerdo del paso de dos estadistas civiles que para sus países tanto significaron.
En el libro Churchill Comes of Age: Cuba 1895, Hal Klepak indaga –partiendo de sus días en la Isla en medio de la llamada Guerra Necesaria– en lo que fueron luego muchas de sus cualidades y algunos rasgos de su carácter. Sir Winston había sido enviado por el ejército británico para observar el conflicto que enfrentaba a la España colonial con el Ejercito Mambí. Cuenta este biógrafo que en medio de los combates que observaba Churchill descubrió la siesta, lo que luego tanto le ayudaría como primer ministro británico a mantenerse activo durante las largas horas de la Segunda Guerra Mundial.
*Lea también: El equilibrio entre similitudes y diferencias, por David Somoza Mosquera
Una frase definitiva y acaso testamentaria va siempre en búsqueda de los personajes históricos que bien saben que el día y la hora más inesperada dirán la que quedará en el recuerdo más glorioso o en el más denigrante: a Churchill, queriendo elogiarlo, alguien lo llamó el «León británico», a lo que con genial modestia contestó «El león británico fue el pueblo, yo solo di el rugido».
Según distintas fuentes, a Carlos Delgado Chalbaud al momento de entregarle a Gallegos –como su ministro de la Defensa– el famoso pliego de peticiones de los militares que desencadenó el golpe del 24 de noviembre, y en medio de un intercambio de palabras, se le aguaron los ojos. Gallegos, según la versión, le habría dicho esa frase que solo en una hora como esa podía llegar: «Me agrada verte llorar porque eso quizás signifique que todavía haya en ti algo noble». Verdad o no, aquel diálogo y aquella frase que leí en donde ya no puedo lamentablemente recordar me resulta del todo creíble.
El tiempo guarda bajo siete llaves miles de historias y personajes «en busca de autor», como aquel 14 de diciembre de 1947.
Humberto Villasmil Prieto es Abogado laboralista venezolano, profesor de la UCAB. Miembro de número de la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Soc.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo