Aguante el bembo (*), por Teodoro Petkoff

El domingo 7 de abril de este año, el mismo día en que Hugo Chávez cometió uno de sus más colosales errores -el despido por televisión de los dirigentes del paro de Pdvsa-, soltó también, con el descomedimiento que le es tan característico, una frase imperecedera: «Este Tribunal de Justicia (se refería al mismo que ahora sataniza), hoy reconocido como uno de los mejores y mas modernizados del mundo, asi lo reconocen instituciones mundiales» (sic y re sic). Unas frases antes había caracterizado así a la antigua Corte Suprema de Justicia: «Esa Corte Suprema estuvo durante todo el siglo XX y especialmente durante toda la época puntofijista secuestrada por las élites político-económicas, oligárquicas, verdaderas tribus que cocinaban la decisiones por fuera del tribunal… el árbitro no era ningún arbitro, estaba siempre a favor del poderoso, se vendía, lo compraban, se cocinaban las decisiones en bufetes muy bien pagados por los sectores pudientes».
Cuatro meses después, los mismos términos los aplica Chávez esta vez a «su» Tribunal Supremo, a ese mismo que consideró «uno de los mejores del mundo». La mayoría de los magistrados, según Chávez, es comprable, chantajeable, manipulable. El sabrá por qué lo dice y, obviamente, porque lo sabe también está tratando de comprarla, chantajearla y manipularla. Aquí en TalCual no somos particularmente fanáticos de un tribunal designado a dedo por Chávez y no porque ahora la mayoría de sus integrantes se le haya volteado nos van a parecer la reencarnación de Santo Tomas Moro, patrono de jueces y abogados. Pero chimbo y todo es el máximo tribunal y ahora no puede venirnos Chávez con que hay que desconocerlo porque él «no se calaría» una decisión suya que no lo satisfaga. Eso lo podían hacer Gómez o Guzmán, pero ya el país está crecidito y eso no se le toleraría a Chávez.
Más aún, este incorregible Pantagruel de la palabra dijo apenas el 8 de este mismo mes: «hago un llamado para que nadie este presionando a los magistrados del tribunal supremo de justicia ni desde los sectores de oposición ni desde los sectores que apoyan al gobierno ni de ninguna otra parte, de ningun circulo economico, politico o social. No, dejemos a esos señores magistrados que tomen la decisión que deban tomar». Y remató su discurso con esta frase: «sea cual fuere la decision que tome el tribunal supremo de justicia, poder autonomo, el poder ejecutivo respetara la decision y llamo a todos los venezolanos a respetarla».
Seguramente pensaba para entonces que además del de Yolanda Jaimes podrían halar otros voticos y la decisión lo favorecería. Visto que no fue así, apeló ahora a la mandarria. Pero esto es intolerable. Las instituciones del país no pueden depender del capricho de Hugo Chávez y de sus pasos de luna. Esos bueyes los puso él. Ahora le toca arar con ellos.
(*) Héctor Lavoe en Señora Lola