¿Arenita playita?, por Teodoro Petkoff

Hablando de los “caramelos de cianuro”, es decir de las ofertas engañosas que aparecen en la Reforma Constitucional en materia laboral, hay un aspecto del artículo 90 sobre la reducción de la jornada laboral, que debe ser plenamente conocido por los trabajadores para que se vea clarito por donde vienen los tiros.
Dice ese texto: “Asimismo (sic), deberá (el patrono o patrona) programar y organizar los mecanismos para la mejor utilización del tiempo libre en beneficio de la educación, formación integral, desarrollo humano, físico, espiritual, moral, cultural y técnico de los trabajadores y trabajadoras”.
Parece cargado de buenas intenciones, pero acerquémosle la lupa.
El “tiempo libre”, es decir las dos horas diarias en que sería disminuida la jornada, más otras adicionales —porque no se especifica cuál es la extensión de ese “tiempo libre” — deberá ser programado y organizado por el patrono o patrona, no por el trabajador o trabajadora. Estos ya no sólo no serán “dueños” de su tiempo de trabajo, que en definitiva “pertenece” al empleador, sino que tampoco lo serán de su tiempo libre. Si usted, lector o lectora, quiere echarse palos o ir al cine o estudiar lo que le plazca o reunirse con amigos o jugar dominó o simplemente irse a dormir, no podrá.
El consejo laboral o el poder popular se encargarán de velar que usted se ajuste a la disciplina “programada y organizada” para el tiempo libre por el patrón o patrona. Tiempo que no será suyo sino de la empresa.
Por supuesto, quienes deben pelar el ojo, ante todo, son los trabajadores y trabajadoras del Estado patrono. Pueden estar seguros los empleados y obreros de todos los ministerios e institutos autónomos, así como los de las empresas estatales, desde los de Pdvsa hasta los de Cantv, electricidad, aluminio, etc., que ese patrono, el Estado, sí se ocupará de inmediato de programar y organizar el tiempo libre de sus trabajadores.
Podría organizar deportes, cierto es, o bailoterapia, o cualquier actividad entretenida, pero si nos atenemos a lo que ya viven los beneficiarios de misiones como Vuelvan Caras o los integrantes de cooperativas —visto y oído en vivo y en directo a través de Aló Presidente— lo seguro es que el tiempo libre sea programado y organizado por el Estado patrono para obligatorias y aburridísimas “clases” sobre el “árbol de las tres raíces”, sobre la historia según Chávez, sobre la vida de éste, sobre la teoría de la plusvalía y de la lucha de clases y hasta, como sugirió una diputada jalabolas espontánea, sobre “el pensamiento del Presidente Chávez”.
¿Política-ficción? Quien pueda que se lo pregunte a un cubano.
Hay en este delirio atroz —que es práctica cotidiana en Cuba—, una invasión de la vida privada, un atropello al libre albedrío, al elemental derecho de cada quien de organizar su propia vida según le plazca, que de ser aprobado subordinaría al ser humano a la voluntad del Estado y del Gobierno y, en definitiva, a la de su conductor, que no es otro que el presidente de la República.
¿Nos vamos a calar esta vaina?