Calvario, por Teodoro Petkoff

Dieciséis meses después de la catástrofe, Vargas es hoy el dramático emblema de un país deprimido. No en el sentido económico del término sino en el propiamente psicológico. Vargas no sale adelante porque entre un gobierno incompetente y una sociedad abúlica e indiferente, se las han arreglado para hacer de esa infortunada región un signo de lo que hoy somos: un país desconcertado, con la brújula enloquecida, sin idea clara de lo que quiere. Un país con su código de valores resquebrajado, que no se atreve a mirar más allá de un presente mezquino y sin aliento.
Quien bajó al Litoral en esta Semana Santa vivió una experiencia desalentadora. Allí todo se mueve en cámara lenta. De diciembre del 2000 para acá, si se ha hecho algo, no se ve. La recuperación de la vía central llega hasta Tanaguarena. Pero por un solo lado. Uno no sabe si se les acabó el asfalto, el dinero o las ganas, pero mientras en sentido oeste-este la avenida principal de Caraballeda está perfectamente asfaltada y señalizada, en sentido este-oeste está igual a como la dejó el desastre. Frente a Tanaguarena hay un kilómetro de tierra y piedras y de allí en adelante, la carretera hasta Los Caracas va rumbo al colapso. El puente de Anare continúa ausente, como símbolo elocuente de incuria.
Es como si nos acostumbráramos a la mediocridad. Ya se hizo lo que se iba a hacer; ¿para qué más? Sin embargo, nadie, ni gobierno ni sociedad civil, parece creer que hay un Vargas posible. Nos conformamos con un Vargas a medio camino, un Vargas de ruinas, un Vargas a la medida del achantamiento nacional. Las urbanizaciones de Caraba-lleda son pura desolación. Edificios de lujo, a los cuales tan sólo hay que reconstruirles la parte de abajo, están allí, sin un cariñito de sus propietarios; signo cabal de desidia, de un «qué me importa» decadente y sin nervio, al borde de calles a las que la alcaldía o la gobernación, vaya usted a saber quién, tampoco se sienten obligadas a librar de escombros y de tierra. En Camurí Grande, señal de estos tiempos de sálvese quien pueda, todas las edificaciones de recreo, con una sola excepción, están disponiendo de las aguas negras directamente en la playa y en la calle. Después se quejan de que Chávez atiza el resentimiento social. Las playas han sido ocupadas, prácticamente por la fuerza, por los caraqueños. Aparte de unas pocas taguaritas, allí se está a la buena de Dios, sin que existan indicios de que vayan a ser acondicionados los nuevos espacios ganados al mar por el deslave.
Lo peor de todo es que no hay muestra alguna de qué es lo que se puede esperar en el Litoral. Enormes espacios abiertos por los torrentes enfurecidos están allí, sin que se sepa cuál será su destino. Montañas de tubos negros, supuestamente para acueductos, yacen frente al mar, en la urbanización Alamo, de Macuto, casi desde diciembre de 1999. ¿Qué fue de los grandes proyectos urbanísticos de los que se nos informó a los pocos meses de la tragedia? ¿Dónde hay en Vargas alguna muestra de lo que queremos ser como país? Sin embargo, Vargas no acusa solamente al gobierno. Nos acusa a todos. Suena duro decirlo, pero tal pareciera que no queremos servir para nada