De eso vivimos, por Wilfredo Velásquez

Twitter: @wilvelasquez
Una limosnita por el amor de Dios gritaba la humilde dama del prócer encarcelado.
El aeropuerto lucía frío y abandonado por la pandemia.
En el recinto solitario, retumbaba el grito lastimero:
—Una limosnita, por el amor de Dios, que tengo que enterrar a mi abuela — gritaba la nietecita de la dulce y taimada abuela, que fue capaz de burlar al lobo y continuar con vida porque, como ya deben haber entendido, esta historia es diferente a como la cuentan los del G4.
Por un momento, la abnegada esposa confundió el rol que jugaba en ese momento y repetía equivocadamente el episodio en el cual logró embaucar al banquero que embarcó en el maletero de su vehículo la maleta repleta de dinero que le descubrieron en la lejana Caracas.
Sacudió violentamente su blonda cabellera, recordó con disimulada sonrisa el papel inspirador de ropavejera de Libertad Lamarque en la película Arrullo de Dios y resonaron en sus delicados oídos los acordes de la canción que le dio nombre a la película y la letra, cursi y pegajosa, de José Alfredo Jiménez …
Esta casa la compro sin fortuna
Esta casa la compro con amor
Pa’ que jueguen mis hijos con la luna
Pa’ que jueguen mis hijos con el sol… —
Su sentido de la realidad, que ya empezaba a perder despues de vivir practicando el engaño por tanto tiempo, casi le hace meter la pata. Volvió a sacudir su hermosa cabellera como perro que sale del agua, salpicó con su mirada de buen gusto las exhibiciones del duty free del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, reinició su requiebro lastimero, esta vez haciendo las correcciones indicadas en el libreto:
—Una limosnita por la libertad de Venezuela, por amor de Dios —retomó con aplomo su martirizado papel de compañera del mártir del Helicoide y retomó su suplicante súplica con que suplicaba por la libertad de su esposo en los agrestes parajes de la legendaria Roca Tarpeya.
La dulce dama del dorado pelo provocaba la risa cínica del lobo, que por lobo y por diablo conocía las mañosas mañas de la amañada nieta. Ya parecía que la señora llegaría a su humilde casa en los sórdidos arrabales de Madrid, sin un duro en el bolsillo, cuando el humilde empanadero venezolano, conmovido por la sobreactuada súplica, tomó el total de sus ventas diarias, corrió al banco y cambió sus monedas de un euro por un reluciente billete de 100 dólares imperiales (como típica venezolana no acepta de menor denominación) y, en veloz carrera, alcanzó a la nívea señora de dorado pelo.
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El generoso empanadero tuvo que esperar a que otro viajero venezolano, colocado pacientemente en la cola de desesperados colaboradores, hurgara en su cartera y le entregara un resplandeciente billete de 100 dólares. Cuando le tocó su turno, tomó la mano levantada de la Jeanne D’Arc venezolana, la bajo hasta sus labios y rodilla en tierra, le entregó orgulloso sus ventas del día.
La hermosa dama de nacarada piel, blonda cabellera y altiva mirada, le miró piadosa y le dijo con su agraciada voz: «Gracias, hijo, la patria te lo agradecerá», y añadió complacida: «De eso vivimos».
Este mal cuento de la política venezolana debería terminar aquí, sin embargo, semejante exclamación, inevitablemente me provoca el recuerdo de los melodramas de Libertad Lamarque, especialmente dos de sus películas, una, La loca, donde la protagonista, una rica heredera —Elena, si mal no recuerdo al personaje— enloquece tras la muerte de su marido; y la otra, Arrullo de Dios, donde la reina del melodrama encarna a Luz, una ropavejera que linda los límites de la mendicidad para sostener a su familia como una emergente clase media. En este meloso papel, hace de líder del grupo de ropavejeros, tirando de una carreta por las calles de Ciudad de México, disfrazada de anciana. Después de su recorrido diario llega al depósito, imparte justicieramente las instrucciones, abre una puerta, entra a un espacio como si fuera un portal mágico en el que, sentada frente a un espejo, se transforma en una elegante ejecutiva —supuestamente dedicada a la venta de cosméticos—, sale a la calle y toma su elegante vehículo (color rosa, supongo yo) para trasladarse a su vivienda donde sus hijos viven relajadamente entre la música y los estudios universitarios, sin enterarse de los «sacrificios» realizados por su madre para brindarles el nivel de vida que alegremente disfrutan.
Oír a la esposa de uno de los más connotados líderes de la oposición venezolana decir que pueden vivir de la caridad pública, causa, por lo menos en mi caso, una sensación de engaño que me hace suponer que una ligereza de ese tipo solo pretende ocultar el origen verdadero de los medios de vida de la pareja. Resulta irrespetuoso y grosero enviar semejante mensaje a un país sumido en tan espantosa miseria como la que sufrimos, donde han muerto, tan solo en un año, por lo menos 180 jóvenes en enfrentamientos con el régimen, siguiendo la directrices irresponsables del partido, entre otros, del dirigente mantenido por la supuesta caridad de los venezolanos; en un país con más de 300 presos políticos, en medio de una crisis humanitaria compleja y de una pandemia descontrolada cuyo alcance no es posible estimar.
Los venezolanos no merecemos ese trato. No juzgamos las condiciones en que viven ni señalamos las condiciones en que pueden hacerlo, todos tenemos el derecho a brindar los mejores niveles de vida a nuestras familias, pero no tenemos los venezolanos que ser objeto de burlas, cínicas e irrespetuosas como la expresada por la dama en cuestión.
Entre las muchas conductas que generan las situaciones de opresión política, social y económica como la que sufre Venezuela, dos son muy comunes; la primera, propia de los oprimidos que pierden la esperanza de recobrar la libertad, está representada por las burlas e intentos de ridiculizar a los opresores como inocente venganza ante la imposibilidad de reclamar y obtener justicia. La otra se manifiesta atacando a quienes se oponen a la opresión cuando momentáneamente pierden el liderazgo. Ninguna de las dos mueve a quien escribe, pero sí me mueve la indignación que produce la burla que conlleva expresar semejante tontería para congraciarse, en un gesto por demás populista y ridículo, con un pueblo que sufre la mayor miseria de su historia y que sale todos los días, expuesto al covid, la represión y a la delincuencia a arriesgar la vida para llevar el sustento a sus familias.
Es suficiente con el escarnio, la burla y el engaño recibido del régimen durante 20 años para terminar siendo objeto de las burlas y la desconsideración de quienes se arrogan la dirección de la lucha opositora.
Todo venezolano o extranjero que crea en la libertad y la democracia tiene cabida en el esfuerzo que hacemos por recobrar el país, no importa su origen social o la magnitud de sus recursos, no hace falta el disfraz de pobre o de mendigo, basta con ocupar su lugar en cualquier trinchera.
No es justo pretender engañar a un pueblo que pone la sangre y el sacrificio diario mientras los dirigentes disfrutan las mieles del interinato y los exilios dorados.
No se pretende dar lecciones de ética a nuestros dirigentes que, al fin y al cabo, corren tanto o más riesgos que el común de la gente, pero sí se les puede exigir que nos brinden un trato ético y que no abusen del populismo que tanto daño nos ha hecho.
No queremos mártires ni sacrificios inútiles, tan solo esperamos líderes bien centrados cuyas conductas se deslinden de las asumidas por el régimen.
Wilfredo Velásquez es poeta.
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