El maltrato a los adultos mayores, por Rafael A. Sanabria M.

Mail: [email protected]
Es triste ver cómo maltratan a personas de la tercera edad, con trato desconsiderado, incluso entre familiares. Pareciese que al llegar a 60 años se alcanza el eslabón final como ser humano, se le etiqueta inactivo, improductivo (una carga), de fuerzas agotadas y mente inservible.
He visto a señores acompañados de hijos y nietos, ancianos bien vestidos, bien alimentados y bien regañados. Les tratan con impertinencia, con dureza, les dan altaneras órdenes y, sobre todo —sobre todo— no les oyen. Nunca les oyen, por lo que finalmente dejan de hablar y luego dicen: “Está muy viejo, ya ni habla”.
Hay un grafismo común que anuncia trato preferencial a embarazadas, ancianos y personas con discapacidad. En lectura simplista se asocia ancianos (en el dibujo con un bastón) con discapacidad, física y mental. Para muchos, un viejo es un incapaz, una chatarra humana.
En verdad solo una minúscula proporción de mayores de 70 sufren demencia senil. Quienes padecen Alzheimer son una ínfima minoría (en EE. UU. hay alarma porque existen menores de 50 años con Alzheimer, con tendencia a aumentar). Quienes tienen estas afecciones están (o debieran estar) bajo cuidados especiales, los que están haciendo diligencias en la calle se pueden valer por ellos mismos.
Los ancianos con dificultades de comunicación o para manejar aparatos, generalmente presentaban dificultades similares cuando jóvenes. Sí, hay viejos «retrecheros» y mal educados, pero recordemos que ellos fueron jóvenes «retrecheros» y mal educados. La edad no es el problema.
En Ciudad Guayana, un profesor solía decir que padecía una enfermedad incurable y mortal, la gente alarmada le preguntaba qué tenía y soltaba la broma de que tenía vejez. El padre de un amigo decía respecto al pasaje preferencial que los mayores retrasan el servicio y hasta requieren ayuda: “No podemos pagar menos, tenemos que pagar más”, bromeaba. Más allá de chistes, pareciera que muchos creen que la alta edad es una enfermedad, además de mortal, discapacitante.
Ciertamente que es una condición con la que las facultades disminuyen progresivamente. Eso está previsto y una sociedad civilizada debe ofrecer las vías adecuadas para que cada quien se desenvuelva sin importar edad u otra condición, porque hacia viejos vamos todos.
Un septuagenario amigo, que trabaja todo el día con computadoras desde hace 50 años, varias veces fue víctima de acoso en la cola de cajeros automáticos porque, sin solicitarlo, le querían “ayudar”, logrando en alguna ocasión hasta confundirle y que no pudiera hacer su operación.
Muchos creen que «persona mayor» es sinónimo de incapacidad tecnológica. Recuerdo a una señora en los altos ochenta, que daba sus datos personales al médico, este preguntó el número de cédula, pero mirando al hijo de ella. Ofendida, dio el número con tono de ira en la voz. Al caer en los estereotipos, sin querer podemos maltratar.
*Lea también: No es lo mismo ni es igual, por Juan Manuel Trak
Rememoro a Alicia, rechazada de un cyber porque no pudo utilizar el ratón de la computadora. ¡Nunca lo había visto! Tardíamente alfabetizada, estaba empeñada en usar la computadora e, incluso, estudiar una carrera para irse luego al campo con su esposo a criar gallinas, como dijo. Aún no era capaz de enviar un mensaje de texto por teléfono y no desistió a pesar de la insistencia de sus hijos. Ella superó todos esos problemas y triunfó, porque el amor propio es una gran fuerza, que la aupamos en los niños, pero muchas veces destruimos en los mayores. La última vez que supe de Alicia empujaba la silla de ruedas de su madre, lo más interesante es que esa silla estaba adaptada con una invención de ella para facilitar el montar y desmontar a su madre.
Afortunadamente, hay muchos que son unos viejitos libres y felices. Con sus semejantes establecen relaciones de mutuo disfrute (especialmente con los nietos).
Sienten que ahora les tratan con mayor cortesía, que les son más receptivos, que les ayudan cuando les hace falta sin discriminarlos ni regañarlos. Que ahora, con más frecuencia, encuentran que la puerta se la han abierto para que pase. Que con gusto –casi con gozo– les ceden el lugar. Que hasta en el Metro algunas veces les llaman con respeto para darles un puesto. Y el mismo caballero de las computadoras de unos párrafos atrás recordaba cómo hace un par de años llenó equivocadamente una planilla del banco porque el billete marcaba 100 pero era de 100.000 (¡qué disparate! ¿Quién hizo esos billetes? Seguro no fue un viejo) y se dio cuenta del error ya en la taquilla. El cajero le explicó amablemente algo de “los tres ceritos” que faltaban y él, sonrientemente, atendió la explicación dada de buena fe.
El maltrato a los viejos nos lo hacemos a nosotros mismos. Seamos amables y disfrutemos de ellos.
Rafael Sanabria es Profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo