El proceso, por Laureano Márquez

«… nunca preguntes por quien doblan las campanas, doblan por ti», John Donne.
EL TRIBUNAL
Una de las peores agresiones que sobre nuestra amada patria han lanzado los gringos imperialistas, fascistas y golpistas, ha sido la de mostrarnos su sistema judicial a través de innumerables películas realizadas en sus laboratorios ideológicos.
Va uno a juicio –esperanza de estrado, jurado, martillo y toga— pero lo que encuentra es un despacho modesto con escritorios de oficina rematados en fórmica, que es a la madera lo que nuestra justicia a la gringa. No hay “protesto, señoría” ni “ha lugar” y mucho menos “orden en la sala”.
Un tribunal venezolano consta de:
juez; fiscal; escribientes; secretaria; los acusados, que pueden ser uno o dos (a veces sólo el que escribe, otras veces el que escribe y el que se lo permite) y tus abogados defensores, que están tan preocupados por ti y se toman tan a pecho todo, que tú llegas a creer en algún momento que la vaina, más que contigo, es con ellos.
También hay en el tribunal un alguacil, pero lamentablemente no tiene caballo.
Está atento a todo: enciende el aire acondicionado, apaga el aire acondicionado, busca copias, te manda a callar si interrumpes a la fiscal y habla contigo, se ve que es buena gente. Tiene una estrella, pero no es de verdad como en el oeste, sino bordada en su chaqueta.
EL JUICIO
En Venezuela los juicios son orales, pero escritos. Por tanto, no se habla normalmente, sino dictando. Todo hay que escribirlo, cosa que en el fondo tiene mucho sentido en un país en el que olvidamos tan fácilmente. Están comandados por el juez, que son más simpáticos y atentos cuando son damas: reparten jugo y pizza a culpables e inocentes por igual.
Me parece justo, porque no hay vaina más democrática que el hambre luego de once horas de audiencia. La fiscal, por su parte, sabe todo lo malo que tú haces y lo tiene por escrito. Tú comienzas a pensar que ella te ha estado siguiendo. Interpreta tus acciones y trata de convencer a todo el mundo de que andas por ahí infringiendo y violando la Constitución, cual jefe de Estado de la vida. Yo la veo tan eficiente en su trabajo que me gustaría, algún día, ver al Presidente (George Bush) frente a ella, siendo escrutado por su poderoso y afilado verbo jurídico. No te tiene rabia, no es nada personal.
Está cumpliendo con su deber.
En cierto modo, ella la tiene peor que tú. Sabiendo, como sabes, cómo están las cosas en el país para el motu proprio, no le envidias el trabajo.
LOS TESTIGOS EXPERTOS
Son una auténtica maravilla. No recomiendo a nadie que vaya a juicio sin testigos expertos. Se trata de gente muy seria y académica, a los que tu abogado, por puras ganas de joder y de hacer sentir mal a todo el mundo en el tribunal –acusados incluidos–, les pide que digan en alta, clara e inteligible voz su nombre, profesión y currículum. Cuando los testigos expertos lo hacen, tú lo que sientes es una vergüenza inmensa, no sólo de la propia ignorancia, sino de que tu abogado haya hecho venir a gente tan importante y estudiosa, pensando en todos los libros que han podido leer en tantas horas de espera.
EL EXPEDIENTE
Es una cosa monstruosa que tiene un cartón con tu nombre de portada y conlleva un lío en tu contra. Comienza con una carta de página y media y se transforma en un volumen del grueso del tomo tres de El Capital de Carlos Marx, en su edición del Fondo de Cultura Económica. Si alguien tose en el tribunal el alguacil añade una nueva página tamaño extra-oficio en la que hay sólo dos palabras: “coff… coff”.
A la hojita la llaman, despectivamente, “legajo”, algo que suena como a vergajo y tú sientes que es contigo. El alguacil agrega y agrega páginas. Lo peor es que el que más papeles le mete es precisamente tu abogado. Creo que hace esto como estrategia de defensa, confiado en que la juez, ante la ladilla china que debe significar leer aquel mamotreto, teniendo La fiesta del Chivo por la mitad en la mesa de noche de su cuarto, opte por absolverte.
MEA CULPA
Lo que acaban de leer es una visión absolutamente subjetiva y seguramente exagerada y manipulada de la justicia. No tiene pretensión de verdad.
De hecho, todo es falso, una invención ficcionada de mi mente, que reconozco retorcida y vil, amén de sometida a las presiones del embajador de una potencia extranjera.
Abjuro de lo escrito en este artículo o en cualquier otro escrito en el pasado o por escribirse en el futuro.
Yo siempre miento… ¡créanme!