El retorno del Jedi, por Teodoro Petkoff

El gobierno ya dio los primeros pasos para crear una línea aérea, Conviasa, y ahora anuncia que a través de la CVG va a dar a luz una empresa de telecomunicaciones. Regresa, pues, con mucha fuerza, la clásica visión estatista de la economía, que en el medio siglo pasado sembró el continente (y a nuestro país) de empresas públicas deficitarias, mantenidas artificialmente con vida mediante el oxígeno del fisco. Se puede apostar que esa empresa de telecomunicaciones será un clon de la Cantv anterior a su privatización, sobrecargada de personal, siempre con sus cifras en rojo y prestando el pésimo servicio que le era proverbial. También se puede apostar que Conviasa será una reproducción de la vieja Aeropostal, no menos sobrecargada de personal, eternamente deficitaria y viviendo a costillas del presupuesto nacional.
No es que seamos unos fundamentalistas de la privatización. Hay empresas públicas de cuya privatización jamás seríamos partidarios. Para el caso, Pdvsa y Edelca. Hay razones no sólo económicas y estratégicas sino también atinentes al espíritu de la nación, que aconsejan el mantenimiento de su condición pública. Más allá de estas, sin embargo, no existe ninguna razón, ni económica ni estratégica, para que el Estado sea propietario de hoteles ni de empresas productoras de aluminio o de distribución de electricidad.
En Venezuela, a diferencia de la Argentina de Menem o del México de Salinas de Gortari, todas las privatizaciones se hicieron bien y limpiamente, con excepción de la de Viasa, que se vendió a otra empresa estatal técnicamente quebrada, Iberia, de la cual cabía esperar, como algunos advertimos en su momento, que no garantizaba un manejo eficiente de la línea aérea venezolana. No fue casual que Viasa quebrara, pero esa quiebra lo único que demuestra es que o las privatizaciones se hacen correctamente, a través de subastas transparentes y con una selección adecuada de los postores o resultan un fracaso. La privatización tampoco debe ser vista como una panacea económica sino apenas como un mecanismo para liberar al Estado (y con este al país) de la carga de empresas deficitarias e ineficientes, para que pueda darle mayor eficiencia al gasto público, orientándolo hacia aquellas áreas donde es indispensable. ¡Hay que ver la plata que le costaban al país Sidor, la Cantv, los centrales azucareros, los hoteles, las líneas aéreas, por recordar sólo algunas de las empresas públicas más ruinosas e ineficientes que poseía el Estado!
En otras palabras: ni fundamentalismo privatista ni fundamentalismo estatista. Pragmatismo y real defensa de los intereses nacionales. Pero ahora, nuevamente, por caprichos ideológicos, se apunta a recargar al Estado con nuevas empresas, cuyo financiamiento correrá a cargo del fisco nacional, tanto para el capital semilla como para su operación posterior. Engolosinado con los altísimos ingresos petroleros de hoy, el gobierno, si persiste esta tendencia, va a crear nuevos barriles sin fondo y a ensanchar el camino hacia el déficit fiscal crónico e infinanciable —como no sea por la vía del endeudamiento, que es por donde vamos ahorita con la chancleta pisada a fondo.
Nada nuevo bajo el sol. Vamos rumbo a repetir la ya conocida historia de fracasos que comenzó con el cementerio de empresas públicas que fue la CVF y terminó en la Gran Venezuela de CAP. Sin embargo, nadie aprende en cabeza ajena, y mucho menos los caudillos que se sienten providenciales, poseídos por el complejo de Adán, es decir por la creencia de que la historia comienza con ellos.