El tragón rojo, por Teodoro Petkoff

¿Qué justifica las nacionalizaciones anunciadas? No existe, hasta donde se puede ver, ninguna razón práctica que dé sustento a tales medidas.
Las nacionalizaciones, como las privatizaciones, son instrumentos de política económica que todos los gobiernos tienen en su arsenal y de los cuales pueden disponer de acuerdo con las circunstancias generadas por determinadas coyunturas. La nacionalización podría ser aconsejable en casos de empresas, sobre todo de servicios públicos, quebradas o manejadas de modo que afectan negativamente el interés general; también, por ejemplo, si alguna empresa sabotea políticas económicas de un gobierno en particular. ¿Son esos los casos de Cantv, EDC y de las asociaciones estratégicas de la Faja del Orinoco? No están quebradas, prestan servicios en términos generales satisfactorios, no entorpecen las políticas económicas del gobierno. De modo que es forzoso concluir que la única razón para nacionalizarlas es de carácter ideológico. Hay que nacionalizarlas porque, según Chávez, son de carácter “estratégico” y como tales, por razones de “soberanía nacional”, deben estar en manos del Estado. No existe otra razón. Si hubiere reclamos sobre tarifas, por ejemplo, el gobierno posee herramientas para enfrentar ese problema; si fuere asunto de impuestos, por lo consiguiente. Pero Yo El Supremo, que a diferencia de sus leales escuderos, no siempre oculta sus propósitos detrás de máscaras leguleyas, lo ha dicho enfáticamente:
son empresas estratégicas y por tanto deben ser estatales.
Octavio Paz denominó “ogro filantrópico” a ese Estado hipertrofiado, ineficiente y corrupto, que se adueña de todo. Es lo que aquí llamaríamos, ante el insaciable apetito chavista, “el tragón rojo”.
De modo que si las medidas de tipo institucional y político van en el sentido de fortalecer el poder personal del caudillo, las de naturaleza económica apuntan a ensanchar la presencia estatal en el ámbito económico y con ello, dada la naturaleza autoritaria, autocrática y militarista del régimen, a darle más músculo, por otro camino, al puño de Yo El Supremo.
¿Cabe esperar, sin embargo, algún beneficio para el país o para el pueblo? Mucho es de temer que sea todo lo contrario.
Por una parte, es difícil imaginar que gobierno tan ineficiente y tan corrompido como este, que no hace bien las jugadas de rutina, pueda manejar con éxito empresas tan complejas como las «nacionalizables». No sería raro que dentro de poco el servicio telefónico vuelva a los niveles desesperantes de 1990 y que en Caracas el servicio eléctrico pase a ser tan deficiente como el que presta la estatal Cadafe en el resto del país, donde viven de apagón en apagón. Hasta prueba en contrario, la «nueva» Pdvsa, que está derrumbando la producción petrolera en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, probablemente se las verá negras con la de la Faja del Orinoco. Pocas dudas pueden caber acerca del incremento fenomenal que sufrirá el personal de las empresas nacionalizadas, y, entre ese incremento y la ineptitud administrativa, será el fisco quien deberá cubrir los respectivos déficit que se producirán. Más gasolina para las llamas de la inflación. Es posible que la primera medida, una vez nacionalizadas, sea la reducción de las tarifas telefónicas y eléctricas.
Pan para hoy, hambre para mañana. No hay almuerzos gratis.