Globobsesión, por Teodoro Petkoff

A la Voz del Amo los servidores se pararon firmes, chocaron los tacones, saludaron con el grito de guerra ya proverbial y desataron todas las furias del Estado contra Globovisión. Fiscalía y Tribunal Supremo, que previamente habían convalidado el «derecho» del presidente a regañar públicamente a sus máximos titulares, más Conatel, produjeron las brutales sanciones administrativas y pecuniarias dirigidas a aplastar, literalmente hablando, al canal noticioso.
¿Culminará todo esto en el cierre, temporal o definitivo, de Globovisión? ¿Está dispuesto Yo-El-Supremo a pagar el elevado costo político, interna y externamente, que implicaría una decisión de esta naturaleza? Ya veremos. Pero, puestos ya en plan especulativo, no sería extraño que la lentitud que venían mostrando los organismos encargados de aplicar las sanciones, obedezca a las dudas que en algunos círculos de su entorno pudiera estar suscitando la pertinencia de una medida como la de clausurar un canal televisivo, esta vez sin la más mínima cobertura o razón legal.
En el caso de «Globo», cuya concesión vence en 2015, no existe, por lo mismo, ninguna apoyatura legal creíble para sacarla del aire. «Razones» basadas en la Ley Resorte podrán ser tachadas siempre de subjetivas y de meras racionalizaciones del Poder para justificar una determinación arbitraria. En un país donde los fueros de la libertad de expresión se han consolidado a lo largo de medio siglo de vida democrática y en un continente donde en casi todos sus países han sido derogadas las llamadas «leyes de desacato» (que en el nuestro denominamos de «difamación e injuria», «delito» todavía previsto en el Código Penal), no es fácil convencer a la opinión pública internacional de que la dureza crítica contra un gobierno, aún si fuere virulenta, constituye delito, para colmo, punible con la liquidación de medios de comunicación a través de los cuales se expresan aquellas posturas.
El acoso a Globo –visión es un paso más en la ruta que conduce a la «hegemonía comunicacional», concepto tomado de las ideologías totalitarias y que Andrés Izarra colocó en órbita hace un tiempo.
Hegemonía significa crear un formidable aparato comunicacional del Estado-GobiernoPartido y, simultáneamente, ir bloqueando, hasta callarlas definitivamente, la difusión de voces disidentes, críticas y opositoras al proyecto político en curso, de modo que en el país sólo pueda circular masivamente un discurso único.
La «hegemonía», como parte de un proceso, no se alcanza sino cuando lo comunicacional se transforma en un desierto donde sólo resuenan la voz del Amo y el eco que le hacen sus acólitos.
Usted zpuede no compartir los puntos de vista que se expresan a través de Globovisión; puede usted, incluso, ser chavista, pero sepa que, si a esta la cierran, eso no se para allí y que, más pronto que tarde, a usted, si se le ocurre decir algo que desagrade al régimen, también lo acallarán o, lo que es peor, usted callará, simplemente por miedo.