La Farsa, por Carlos M. Montenegro

Farsa es una pieza teatral, generalmente breve, cuyo único objeto es hacer reír a los espectadores, que surgió en la época medieval, cuando la mayoría de los géneros teatrales trataban temas religiosos, históricos o morales.
Es una representación teatral de naturaleza cómica y satírica. Es un subgénero de la comedia y se caracteriza por mostrar los hechos exagerando la realidad y aunque deben mantener cierta credibilidad, sus personajes suelen ser extravagantes y extraños. Las puestas en escena de este género buscan que el espectador perciba a través de una crítica social una realidad específica o evidente. En el mundo de la literatura es considerado un género muy difícil ya que mal tratado puede derivar en lo grotesco y lo procaz, por lo que interpretarlo bien suele ser es un auténtico reto.
Los orígenes de la farsa se remontan a una vieja costumbre en la que se presentaban breves intermedios cómicos de relleno durante los dramas serios. De hecho, el término proviene de la voz latina farcire que significa “rellenar”.
La farsa surgió durante el desarrollo del teatro griego, más tarde, ya en la Edad Media este género adquiriría prácticamente su forma actual cuando la gente comenzó a hartarse de tantos misterios bíblicos, liturgias y moralinas, géneros que predominaban en el teatro de la época.
Probablemente la farsa surgió como una respuesta al discurso de la Iglesia y aunque inicialmente fue considerado un género para gente humilde, pronto se extendió adquiriendo gran importancia y popularidad en todas las capas sociales. Una de las más importantes obras de este género literario, si no la mejor, es La farsa de Maître Pathelin que se considera anónima, aunque en ocasiones se le adjudica al escritor francés Guillaume Alexis. El tiempo histórico de la obra que coincide con el del autor se sitúa en la baja edad media, entre 1464 y 1469.
Hacia finales del siglo XVIII principalmente en Italia surgió un nuevo género operístico cuando prominentes músicos incorporaron la farsa a los textos de sus composiciones. Así nació la ópera bufa, o cómica, que intentaba abordar los temas con un talante muy similar a su pariente literaria.
Hay ejemplos muy variados y notables de ópera bufa. Desde Las bodas de Fígaro (1786), de Mozart, pasando por El barbero de Sevilla (1816), de Rossini, hasta Falstaff (1893) la última ópera de este género, compuesta por Verdi; son muchas las óperas que utilizaron la Farsa como su condimento primordial. Otros subgéneros nacieron como parientes de la ópera bufa, en su propósito de popularizar y ampliar las audiencias como la zarzuela en España, el singspiel de Alemania o la opèra-comique francesa.
Sin embargo, en el ámbito judicial se utiliza un término en el que “farsa” adquiere otra naturaleza semántica: la “farsa judicial”. La expresión se refiere a la situación en que para disimular la intención de condenar a una persona que resulta molesta, especialmente al poder establecido, se trama alguna forma de someterla a un juicio fraudulento, cuyo resultado final está previsto, y en el cual no se le concede a la persona acusada ninguna de las garantías propias de un debido proceso que le permitan obtener acceso a la justicia, confiriéndole a dicha maniobra una apariencia de legalidad. No es extraño que con frecuencia tales casos no estén muy lejos de la política y, por cierto, no produzcan hilaridad.
Estas situaciones son propias de aquellos sistemas judiciales de países en que no impera el estado de derecho, debido a que en éstos se pone énfasis en consideraciones ajenas a los derechos fundamentales. Sin embargo, aunque dentro de un estado de derecho resulta más difícil forjar una farsa judicial, también suelen producirse.
Se dan situaciones conocidas en el argot judicial como «alegatos de pasillo» (o sea, conversaciones privadas entre un juez y un abogado sobre un caso en el que ambos intervienen). También son vox populi las presiones indebidas por parte del gobiernos o de grupos de poder sobre la judicatura; en general no faltan acciones generadoras de posibles escenarios para montar farsas judiciales. A lo largo de la historia sobran ejemplos en que se pergeñaron farsas judiciales.
Qué cristiano no sabe sobre el proceso en el que Jesucristo no tuvo posibilidad de defensa ni garantía jurídica alguna durante el juicio al que le sometió el Sanedrín en Jerusalén condenándolo a morir en la cruz.
O el proceso contra Juana de Arco en 1431, para condenarla como bruja, y de esa manera desacreditar y cuestionar la legitimidad del monarca Carlos VII de Francia (a quién Juana coronó siguiendo instrucciones divinas, según ella).
Ana Bolena reina de Inglaterra, cuyo proceso es otra muestra de farsa judicial con el juicio perpetrado de antemano por su marido Enrique VIII que la repudió para eliminarla restablecer su soltería, además de otras purgas como la ejecución previa de Tomás Moro, y que finalmente la mandó decapitar en la torre de Londres.
Como olvidar los Procesos de Moscú y en general, toda la purga estalinista que mediante juicios amañados contra el aparato bolchevique que ejecutó además de a millones de personas desafectas al régimen. Pero hay farsas judiciales que muestran cómo después de casi 2.500 años las maneras de proceder de los farsantes no han cambiado nada, excepto la vestimenta.
Se trata de los procesos contra el entorno de Pericles, el jefe de los demócratas que gobernó Atenas con éxito, fortaleciéndola y levantando entre otras cosas el Partenón en la Acrópolis. Como comandante del Ejército ateniense venció definitivamente a los persas en Micala en el 479 a.C. El periodo en el que Pericles gobernó es conocido como el Siglo de Pericles, fue la edad de oro de Atenas que ganó la reputación de haber sido el centro educacional y cultural de la Antigua Grecia.
Sus enemigos políticos no atreviéndose a enfrentarlo directamente, acosaron a Pericles por medio de procesos y juicios con múltiples pretextos a sus amigos, compañeros políticos y personas allegadas que lo protegían, entre los que se encontraban Tucíades, Protágoras, Heródoto, Sófocles, Eurípides, Plutarco, Platón o Aspasia de Mileto. ¿A que les suena? Penoso es comprobar como las posturas políticas llevan frecuentemente su oportuna dosis de farsa.
Como se ve, la representación y la farsa son consustanciales al ejercicio de la política. Los argumentos de los partidos y las explicaciones que ofrecen, tanto desde el poder como desde la oposición, están con reiterada frecuencia disfrazados de valores pensados para la ocasión y de referencias o datos que no soportan un mínimo contraste.
Muchos de los políticos que detentan el poder son como fuentes de embustes recurrentes, sus discursos configuran la farsa con que se enmascaran. Después del mero discurso no muestran verdaderos planes, por eso no hay correspondencia entre lo que dicen y lo que finalmente hacen. Sus contradicciones, generan torbellinos y distorsiones, que impactan negativamente sobre la nación.
Si ponemos la mirada en el escenario político cotidiano solo veremos estridencias; si nos fijamos en sus paupérrimas credenciales intelectuales y sospechosos doctorados no es posible ignorar su raquitismo parlamentario. Las contradictorias rectificaciones diarias de este gobierno, orladas con descarados embustes de ministros y altos cargos, tratan de disimular los altos costos billonarios de sus turbias y temerarias políticas sin destinos conocidos, aunque fácilmente imaginables.
Simplificando: Marx dijo en su día que “la Historia se da primero como tragedia y luego se desenvuelve como farsa”. Algo que en nuestra vida política no ha dejado nunca de tener vigencia.
Y al que tampoco le faltaba razón es al otro Marx, Groucho, cuando dijo que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer diagnósticos y aplicar después los remedios equivocados”.
Si me ponen a elegir, me quedo con los dos.