Las lecciones de Yulimar, por Beltrán Vallejo

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Fui uno de los millones que quedamos anonadados el pasado domingo 1 de agosto ante la cima que alcanzó Yulimar Rojas en estas olimpiadas de Tokio en la prueba del triple salto, donde destrozó el récord mundial y olímpico de un solo tanganazo, convirtiéndose así en el mayor momento de la historia deportiva venezolana en años.
Yulimar alcanzó la gloria y la eternidad; y además, el deporte venezolano, con su logro y el de los otros medallistas, está obteniendo la mejor representación olímpica en décadas; eso es innegable, y se realza porque se trata de la representación de un país sumido en tantas calamidades; y a pesar de eso, la casta se impone.
Con estas palabras, quiero transmitir también mi apreciación de que el oportunismo ramplón de Maduro y de sus acólitos no tiene la capacidad de mancillar el milagro realizado por la diosa de los aires, por nuestra Yulimar; no, Maduro no podrá, con discursetes y apologías falaces, con asociacionismo simplón y politiquería, robarse el brillo deportivo de la orientar y de los demás medallistas; se ve tan mediocre cuando lo hace.
Avanzando en la reflexión grande, de Yulimar Rojas se puede extraer lecciones que sirven de faro para guiar por el océano de estos tiempos tan oscuros y frustrantes. ¿Qué podemos apreciar, aprender o reflexionar con Yulimar?
En primer lugar, cuando escuchamos lo que dice la atleta sobre su férrea determinación de triunfar, y cuando nos informamos de su trabajo de años, cuando nos enteramos de su disciplina, cuando valoramos su concentración en la pista y cuando vemos a través de la pantalla su jovialidad, su alegría, su carisma hasta en los minutos antes de entrar en carrera para alcanzar el cielo, está claro que Yulimar cree en ella; esa es su base como ganadora, como triunfadora. Ella sabe de lo que es capaz, sabe que lo que se propone hacer se realiza. En tal sentido, creo que al pueblo venezolano le ha hecho falta esa suprema autoconfianza.
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Las derrotas del pueblo venezolano son el producto de que es un colectivo sin fe en sí mismo y, por eso, andamos en los derroteros de que otros solucionen nuestros problemas. ¡Cómo le hace falta al pueblo venezolano esa grandiosa fe en sí misma que tiene Yulimar Rojas!
En segundo lugar, Yulimar dice, y lo demuestra, que no tiene límites; para ella sus posibilidades son infinitas porque es disciplinada y trabajadora. ¡Que tanta falta le hacen esas virtudes a una parte del pueblo que se está quedando en Venezuela!, y que hoy vive de las remesas de los familiares y que solo está pendiente del Clap y de los bonos, y que arrastra su dignidad en las campañas borrachas del PSUV de estos días, en vez de estar clamando por la ira popular ante el atrevimiento de esos sujetos de estar buscando voto en medio de la miseria y del hambre generada por su corrupción y por su incompetencia chavomadurista.
Y, en tercer lugar, Yulimar también ha pasado por dificultades, también ha tenido obstáculos. Su carrera y su vida no han sido fáciles; comenzando por que ella viene de una infancia en extrema pobreza y que una parte de su vida se hizo entre carencias y precariedades; pero ella se levantó, se puso de pie, y las veces que caía, pues se levantaba. Eso es entereza, tesón y dignidad. Así mismo, digo que el pueblo venezolano debe de ponerse de pie, no puede seguir de rodillas ante la tiranía.
Puedo, luego existo: eso es Yulimar.
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