Mis compañeros de bachillerato, por Pablo M. Peñaranda H.

Twitter: @ppenarandah
Cumplía yo los cuarenta años y mi familia se disponía a celebrar aquel suceso con gran entusiasmo. Nos habíamos repartido las tareas de manera muy bien organizada, debido a que sería un día viernes, y nuestros amigos invitados no podían faltar. Así que los preparativos se distribuyeron con cierta rigurosidad.
Ocurre que ese día, con la llegada de la presbicia, debía pasar a buscar los lentes en una óptica, cuyo dueño era el padre de un alumno, cosa frecuente en las relaciones comerciales de todo pedagogo.
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La óptica quedaba en la avenida San Martín y mi recorrido, al menos el que yo utilizaba, era entrar desde la autopista a la parroquia San Juan, dado que el local estaba ubicado cerca de la plaza Capuchinos. Al entrar a esa zona, el tráfico se encontraba detenido por una pelea de «esos» quienes en Venezuela se conocen como «recoge latas» y, yo opté por estacionar el vehículo y caminar unos cuantos metros, intentando rodear la trifulca, en la cual, ya participaba la policía, ya que la prefectura se encontraba en la zona . Y, justamente cuando avanzaba sin problema, observo que un policía trataba de llevar a empujones, a la prefectura, a un sujeto, quien no oponía mayor resistencia. En un celaje logre identificar al sujeto con un compañero de mi primer año de bachillerato en el Liceo Caracas, el único pelirrojo en todo el colegio y a quien le habían puesto el apodo de «cerro prendido». Con absoluto aplomo me dirigí al policía y le dije que me permitiera hablar con el detenido y que yo lo trasladaría a la prefectura. No sé qué entendió el policía, lo cierto es que me observó con mirada aguda y pasó con rapidez a incorporarse al grueso del escándalo que ya había arrojado algunos heridos. Ya a solas con mi compañero de clase, lo llamé varias veces por su nombre. Aquel rostro no dejaba de sorprenderme, maltratado, sin duda, por la vida que había llevado. Pronunció unas palabras ininteligibles y, de repente, como tocado por una fuerza sobrenatural, huyó del lugar a carrera abierta.
Yo también desaparecí del escenario con rapidez, y permanecí en la óptica, más tiempo de lo normal, para comentar el suceso, que al parecer era frecuente entre estos personajes.
En la noche, en medio de tanta alegría, logré abordar el tema con mis amigos no saliendo de mi asombro, en tanto que todos tenían uno o más casos parecidos y, llegamos a la conclusión, de que Caracas era una ciudad difícil para el encuentro y la solidaridad. Una ciudad dispersa, donde nunca vemos a nuestros compañeros de la universidad, del bachillerato y mucho menos, a los de la primaria. En cierta medida, eso también habla de la gran movilidad de la población y, creo, que con los fenómenos de la pandemia y la diáspora, esta situación tiende a agravarse.
Caracas es una ciudad sin tradición para el encuentro, lo cual, si bien no es lo que resolvería estos casos, sí tuviéramos cierta información sobre esos compañeros, a lo mejor unas gotas de solidaridad, evitarían el abismo.
Es muy probable que estas preocupaciones estén en el ánimo de las nuevas generaciones de caraqueños.
En todo caso, fue una experiencia que siempre viene a mi memoria, unida a mis cuarenta años.
Eso era, lo que quería contarles.
Pablo M. Peñaranda H. Es doctor en Ciencias Sociales, licenciado en Sicología y profesor titular de la UCV.
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