Petrocidio, por Teodoro Petkoff

La cifra de despedidos de Pdvsa alcanza ya los diez mil. Es más de la cuarta parte de los trabajadores de la empresa petrolera. Un verdadero genocidio laboral, una masacre insensata e incomprensible.
Es posible que en Pdvsa hubiera habido un cierto exceso de personal, pero jamás en esa proporción.
Esta enorme e indiscriminada “limpieza” no es más que una innoble retaliación que va a dejar parapléjica a la empresa. ¿Cómo se piensa sustituir esa mano de obra de superior calificación?
Ningún país de la OPEP, ni siquiera todos juntos, podría, de quererlo, desprenderse de miles de sus técnicos para enviarlos a Venezuela.
Cambiar a los botados por gente sin experiencia es condenar las operaciones de la empresa a la deficiencia continua.
Formar un personal como el de una de las tres transnacionales petroleras más importantes del mundo requiere muchos años. Hay millones de horas de experiencia en esos diez mil despedidos. Todo eso está amenazado por este absurdo petrocidio.
Chávez no parece tener conciencia cabal de la enorme catástrofe económica y social que está cayendo sobre el país. Esta no puede ser la hora la venganza. Un gobernante consciente entendería que un paro como el que el país ha vivido (aun con todo lo discutible que haya podido ser) es revelador de una crisis sustantiva en la nación. Que millones de venezolanos hayan participado de esta suspensión de la actividad económica de un modo que The Economist ha calificado de suicida, de autodestructivo, dice mucho de la dimensión, de la magnitud, de la profundidad del rechazo que el golpista del 92 ha generado entre sus connacionales. Un gobernante consciente se detendría un minuto a preguntarse que ha hecho para que millones de venezolanos estén tan incansable y corajudamente movilizados, más allá de las reservas que pudieran despertar algunos factores que tratan de pescar en río revuelto.
Pero Chávez no. En lugar de la política, amenaza con la policía.
Cuando es la hora de negociar salidas, lo que ofrece es cárcel a sus opositores. Pareciera empeñado en cerrar las salidas democráticas y en asumir plenamente la condición autocrática, que, por lo demás, no hará sino enardecer aún más a la mayoría de los venezolanos.
Chávez, una vez más, subestima la enorme fuerza nacional que lo adversa. El cada vez más acelerado proceso de su decadencia ha tenido mucho que ver con su incomprensión de los fenómenos políticos y sociales que tiene enfrente. En lo que más se ha equivocado es en creer que su jaquetonería, su arrogancia, sus constantes amenazas, el insoportable tono de perdonavidas que caracteriza sus shows televisivos, habrían de acobardar a sus opositores. Pero si algo se ha demostrado es que la testosterona y los estrógenos están muy democráticamente distribuidos entre los venezolanos y las venezolanas. Sus rugidos no asustan a nadie. Todo lo contrario.
Chávez, a diferencia de lo que piensan algunos de los lunáticos que lo acompañan, no quiere una Pdvsa para producir un millón de barriles diarios. Tampoco lo quiere el país. Pero restablecer la operatividad de la gran empresa no pasa precisamente por este exterminio laboral que, para su deshonra, dirige Alí Rodríguez.