Para el día después, por Manuel Narváez

Desde hace 14 mil millones de años el universo está en fase de expansión y cuando el tiempo y el espacio alcancen su límite, comenzará la fase de contracción que concluirá en una Gran Implosión (Big Crush) hacia la semilla original (podemos imaginarla como algo parecido al Aleph de Borges). Esa compactación extrema de la materia provocará otro Big Bang, con el cual comenzará un nuevo ciclo cósmico.
Muchos de los fenómenos de la vida, y no solo los de orden físico, tienen un comportamiento cíclico. Por ejemplo, en el plano económico y social, la actual crisis del coronavirus va a marcar el fin de una fase del ciclo que fluctúa entre el liberalismo y el autoritarismo.
Para explicar esta idea sin retroceder demasiado lejos, podríamos decir que la última fase autoritaria comenzó en algún momento entre la Revolución Rusa de 1917, la crisis de los años 20 y la Teoría General de Keynes; y concluyó simbólicamente con la caída del Muro de Berlín. A continuación surgió la fase liberal del Consenso de Washington, la globalización y la Libertad de Elegir de Friedman; esta es la fase que se extingue con el coronavirus para bascular hacia una nueva onda autoritaria.
Los cambios en los ciclos son causa y consecuencia de desajustes (algunos de ellos catastróficos) en los sistemas; y abren paso a períodos de estabilidad, siempre que se asimile el conocimiento que deja la experiencia y se entiendan las circunstancias que imponen los nuevos tiempos.
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Cuando cese la peste (y rogamos que no tenga la gravedad con la que amenaza el temible pico de la curva de contagios) nos tocará la tarea de reconstruir a nuestro desventurado país a partir de sus cimientos. Ojalá que en esta ocasión no cometamos el mismo error que echó las bases de estas tres últimas décadas perdidas.
En aquellos momentos, aturdidos por el Caracazo y atascados entre la ingenua aspiración del regreso a la Venezuela saudita y la no menos ingenua –pero mucho más perversa– utopía de una epopeya revolucionaria a la cubana, no supimos manejar los cambios que exigían las circunstancias. Entonces un flautista de Hamelin atrabiliario y megalómano nos condujo a las peores decisiones.
Para que esta vez tengamos éxito, hay que entender que el objetivo de la acción política no es la aplicación del vademécum doctrinal de una ideología para construir repúblicas aéreas, ni mucho menos para consolidar el poder y la gloria eterna del amado líder.
La política es sensatez, conocimiento de las cosas, horror a la improvisación, sentido de las proporciones y de las relaciones de poder; para que lo posible se aproxime a lo que es socialmente deseable. En el plano económico, es la sabiduría para entender y aplicar con buen juicio el poderoso axioma que prescribe “Tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario”. Que estas cosas no se olviden en la fase autoritaria que nos tocará atravesar.