Un río de gente, por Mercedes Malavé

Los ríos tienen inmensas propiedades: desde la vitalidad de su agua dulce hasta la generación de energía. Los ríos se caracterizan por su dinamismo: valiosa imagen que le sirvió a Heráclito para explicar el cambio a partir del movimiento. Un río nunca es el mismo y, al mismo tiempo, posee orientación, cauce, direccionalidad. Sus aguas dan al mar, donde confluyen todos los ríos del mundo, extraordinaria imagen de la unidad del género humano: cada persona tiene su cauce (conciencia libre), su caudal (voluntad) y su eternidad.
Se contrapone la imagen de un charco: agua estancada, inmóvil, inerte. Los charcos anegan, ensucian, obstruyen el paso. Crecen desbordadamente sin dirección ni sentido. Generan caos, incomunicación.
En Venezuela, la dinámica política luce como un charco creciente. Vivimos en una parálisis asfixiante que amenaza con ahogar la voluntad de cambio y de movimiento que millones de venezolanos esperan ansiosos, dentro y fuera de nuestras fronteras. La política luce cansada, sin energía, perezosa, acomodada. El primer charcote es el gobierno de Maduro por su indiferencia ante tanto dolor y tanto padecimiento.
Incapaces de impulsar grandes cambios en el país, cada día luce más podrido y estancado en sus propias contradicciones.
Otro charco ha generado la oposición. Luego de la impresionante victoria electoral de 2015, las agua se salieron de cauce y ese enorme caudal electoral ha ido disminuyendo hasta el punto de que el río está seco y los charcos abundan. Al mantra de Guaidó no le quedan ya fuerzas ni para abogar por elecciones libres, porque este año habrá elecciones en un ecosistema ahogado en el charco oficialista. Más charcos: una directiva de la Asamblea Nacional que nada también en el charco de Maduro y sus tribunales. Partidos encharcados. Todo parece embarrado; nada se salva.
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Pero hay ríos de personas que viven al margen de esa dinámica enlodada. Los venezolanos estamos incomunicados, aislados, decepcionados, frustrados pero no estamos solos porque somos millones (Adriana Morán dixit). A esa fuerza vital, nacional, le hace falta un cauce, una dirección coherente que no la anegue, que la conduzca y le dé impulso.
Un cauce ni tan ancho que le reste fuerzas, ni tan estrecho que la desborde. Un cauce de participación cívica, electoral.
No permitamos que el charco siga siendo nuestra fisonomía social. Transformemos esos deseos personales de cambio en un río de gente que con su fuerza sea capaz de darnos la vida y energía que necesitamos.