Sin pulso, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

Se denomina “actividad eléctrica sin pulso”, por sus siglas AESP, a una ominosa condición cardiaca en la que opera la más terrible de las paradojas: por una parte, el miocardio, a expensas de una gran erogación de energía metabólica, es capaz de generar actividad eléctrica; sin embargo, dicha actividad no logra traducirse en la ansiada onda de pulso que movilice la sangre desde el corazón hacia los grandes vasos poniendo en marcha la circulación. En otras palabras: el generador cardíaco “manda corriente” pero el “bombeo” de la sangre no se activa. Resultado: la muerte.
Larga ha sido la persistencia de una suerte de “AESP” en una sociedad venezolana que resiste como mejor puede al horror chavista. Con frecuencia la sociedad civil suele autoazotarse reclamando a los ciudadanos que la conformamos el no haber tenido del arrojo de los nicaragüenses, el valor cívico deperuanos y brasileños o el no haber saltado sobre las armas como los ucranianos. Nada más injusto. Frescas están aún en la memoria venezolana las expresiones de valentía de miles de ciudadanos que apenas hace un año entregaron sus vidas sobre el asfalto en cualquier calle de Caracas, conscientes de que ninguna institución habría de ampararlos frente a los desmanes de una tiranía perversa y hedionda. Mis colegas y yo recibimos con dolor las imágenes de aquel conmovedor acto de grado llevado a cabo en LUZ en el que el rector de esa noble casa confirió el diploma de médico cirujano a título póstumo al joven Paul Romero, cuya mano de colega jamás podremos estrechar. Esta sociedad lo ha dado todo en la lucha por la restauración de la república desde 2002: petroleros, estudiantes, militares de honor, modestos propietarios rurales – Franklin Brito, qepd- empresarios honestos, académicos, artistas, intelectuales… Aquí no nos pusimos a esperar a que llegaran los mariners a resolvernos el lance, sino que salimos nosotros a batirnos por este país desplegando toda la energía cívica de la que fuimos capaces.
Hemos acompañado a padres a enterrar a sus hijos sacrificados por la libertad venezolana. Hemos asistido a esposas y niños humillados por el poder esperando ver al marido o padre puesto arbitrariamente tras las rejas»
Hemos sido testigos de miles de adioses sobre el mosaico de Cruz-Diez de compatriotas que no tuvieron más opción de correr para salvarse tras haberlo dado todo. Es poco menos que una canallada el que se diga que esta sociedad no ha luchado con denuedo hasta el sacrificio. Pero no pudimos. Como no pudieron tampoco los madrileños bajo el asedio de Franco en 1939 -los mismos que se habían hecho famosos pocos años antes con el lema de “no pasarán”-, ni los franceses de la Resistencia en 1942, los chinos de Tienanmen en 1989 o los egipcios en la plaza de Tahirir en 2012.
La inmensa energía social entonces erogada no generó el ansiado pulso que perfundiera de linfa republicana al necrosado tejido institucional de un país destruido. Exhaustos como estamos, no falta quien hoy nos llame a poner nuestras esperanzas en alguna resolución votada en la Eurocámara, en un exhorto papal o en una lista del Departamento del Tesoro. ¡Hasta hubo quien nos mandara a decir –poco más, poco menos- que en quince días los green barets nos resolvían esto o que la hiperinflación por si sola surtiría el ansiado efecto!
Lo cierto es que al venezolano de a pie hoy no le queda sino optar entre una candidatura desangelada y rodeada por las nubes de una desconfianza que ningún esfuerzo hizo por disipar, una comparsa de aspirantes de relleno, una tiranía cuya mejor oferta es hacer de nosotros la Corea del Norte del Caribe. En construir una propuesta distinta estaba la tarea de un liderazgo político que nunca apareció y que cuando lo hizo fue en alguna reunión en el Elíseo, La Moneda o en la sede de la Cancillería alemana y ya no más en las calles y barrios de esa Venezuela profunda que puso es sus manos, aquel 6 de diciembre de 2015, el último gramo de fe que le quedaba.
Ni marinesni delegaciones de la UE, cartas desde Lima o la OEA valdrán con un Maduro “atornillado” en el poder. Tarde o temprano se impondrá la realpolitik y el mundo todo terminará entendiéndose –así sea con un pañuelo en la nariz- con quien atienda el teléfono en Caracas. El 21M, toda vez que en la madrugada se consume otra de esas estafas “irreversibles” que ya conocemos, el país real amanecerá sumido en sus mismos dramas y miserias. O aún peores. La abstención promovida por la MUD no generará los efectos automáticos que mucho iluso por ahí espera y los políticos de salón que creyeron posicionarse prestando sus nombres para tal farsa terminarán, como es previsible, en el desván de los olvidos. Entonces, un liderazgo político a la altura del drama epocal que vivimos tendrá que surgir de entre las ruinas del país que fuimos; liderazgo que palpita ya en hospitales, universidades, gremios, en el empresariado serio, en las bases de los partidos, etc y que debe disponerse sin demora a plantarle cara a su hora grande. Para que la inmensa energía que aún pervive en el alma venezolana no se disipe más y más, para gusto del régimen, en inconexas expresiones de rebeldía y protesta condenadas a nunca poner en marcha el agónico corazón de un país sin pulso.