Balance de aquellas revueltas, por Beltrán Vallejo

La memoria histórica le quita peso a la soledad del presente. Continuando con mis referencias, recordemos que se cumplen cincuenta años de una revuelta que simbolizó toda la fenomenología cultural, social, política y estética durante décadas, llegando a esta actualidad de trotamundos. Me refiero al “Mayo Francés”, aquel revuelo estudiantil de masivas protestas, en alianza con los obreros, y con la inspiración de los intelectuales, que encendió Francia y se extendió por toda Europa, EEUU y hasta en Latinoamérica. Este levantamiento popular histórico, de intensa fuerza romántica en contra del autoritarismo en todas sus dimensiones, fue al final derrotado en sus objetivos políticos inmediatos, pero dejó una huella profunda en el imaginario cultural del individuo occidental.
Ahora bien, la intensidad contagiosa de este recuerdo me lleva a reflexionar sobre la revuelta callejera del año pasado en Venezuela, esa que fue masacrada y derrotada por la elección de la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente. Así como hoy hablo de una derrota, que a la larga se convirtió en victoria, como lo fue el Mayo Francés, también llamo a reflexionar sobre el fracaso sangriento de aquella revuelta venezolana, que comenzó a finales de Marzo con la protesta masiva ante las pretensiones del indecoroso TSJ en su afán de quitarle facultares a la Asamblea Nacional.
Llamo a reflexionar porque, a pesar de la épica y del sacrificio que trajeron las protestas del 2017, hasta los momentos nadie del liderazgo opositor ha querido asumir la autocrítica por no haber podido frenar al régimen en sus aspiraciones totalitarias mediante asesinatos, carcelazos, torturas y destrucción de bienes particulares y públicos. No obstante, al menos el gobierno de Maduro quedó con la mácula de hacer más evidente su naturaleza criminal y tiránica, lo que ha provocado que el mundo democrático internacional lo tenga en la mira, lo enjuicie, lo sancione, lo vigile y lo hostigue; lo que propicia todavía una esperanza que acompaña las lágrimas ante las tumbas de los caídos, víctimas de la represión.
Quedó el año 2017 con jornadas sangrientas de acción despiadada de grupos militares, policiales y paramilitares, cuya intensidad homicida tiene escasos registros en otros momentos de la historia contemporánea (se trata de 4 meses de asesinatos). Creo entonces que no hemos valorado la dimensión infernal del año pasado. Los fríos números del Observatorio venezolano de Conflictividad Social (OVCS) nos trasmiten lo siguiente: 6.729 manifestaciones callejeras desde Abril hasta julio; uso de grupos paramilitares y parapoliciales en 523 protestas; se registraron saqueos e intentos de saqueos con por lo menos 428 casos; esas jornadas dejaron una cifra fúnebre de 163 muertes (el Ministerio Público reconoce 129 personas ultimadas en las manifestaciones).
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Y voy al otro balance: el liderazgo político opositor fue incapaz de contener el radicalismo, el vanguardismo y la improvisación de esas manifestaciones; y he ahí la irresponsabilidad de que unos “escuderos”, por muy “valientes” que hayan sido sus pretensiones de lucha, terminaran siendo los protagonistas de unas jornadas que más bien debieron haber generado la articulación de diversos sectores sociales y la masificación de la protesta, y no ese escenario de batallas cuasimedievales, que terminaron siendo emboscadas.
Y termino con otra reflexión. Por supuesto que esos días de plomo dejaron una secuela de dos filos: producto de aquella masacre, ahora el gobierno sabe que una parte importante de su liderazgo político, militar y policial le quedará, si sale del poder, un destino duro de juicios y carcelazos por crímenes contra los derechos humanos; entonces, será muy costoso todo en aras de que haya democracia en Venezuela. Para ellos, evadir la justicia significa no dejar Miraflores