Donald Trump: un síntoma, no una causa, por Ana Milagros Parra

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En Estados Unidos ya se está hablando de que las raíces del trumpismo no empezaron ni van a terminar con Trump. El problema es sistemático y responde a una transformación de las tendencias del orden político mundial.
La llegada de cualquier líder populista al poder tiene que verse como un síntoma de que el sistema está fallando y no como la causa del debilitamiento de la democracia. Cuando un político que desafía las normas democráticas preestablecidas logra estar a la cabeza de un país es porque las circunstancias fueron fértiles para que la población escogiera una figura que representa lo contrario a lo que están acostumbrados. Y, a pesar de que Estados Unidos es el ejemplo viviente de solidez institucional, es importante destacar (y nunca me voy a cansar de decirlo) que ninguna democracia es inmune a desaparecer.
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Un líder populista se nutre de la inequidad, del descontento y del resentimiento hacia las élites, de un sentimiento de que el sistema no está respondiendo debidamente a la sociedad, ya que el orden establecido falló en adaptarse a las nuevas realidades. Elegir a un líder con estas características es un grito de protesta, que de ser ignorado por los políticos del statu quo, pasará factura en el futuro. Las demandas poblacionales son una oportunidad para cualquier político que quiera pretender cumplirlas.
Por lo anterior, entiendo, pero no simpatizo completamente con la excesiva comparación de Donald Trump con Hugo Chávez. La referencia más cercana que los venezolanos tienen de un “hombre fuerte” “anti establishment” y populista, es el fallecido Presidente; pero la sobrecomparación (además de ser un ejercicio débil de política comparada) desvirtúa el mensaje principal:
Las formas, el discurso y las actitudes importan en política, más allá de la capacidad que tienen en el accionar para “socavar” la institucionalidad, por lo que ignorar las formas, enfocándose en la ideología, es un acto de fanatismo. El discurso crea realidad, moldea perspectivas y pavimenta el terreno para las acciones políticas, así que ignorar la narrativa, como si fuese un factor descartable, es pereza analítica.
¿Y las elecciones de Estados Unidos?
La atención del mundo está enfocada por ser la potencia más grande del mundo y con la mayor influencia (digámosle hegemonía). Cuando se está viendo en tiempo real una prueba de estrés para su sistema democrático, es imposible mirar a un lado: cualquier cosa que ocurra en el país norteamericano tendrá repercusiones directas en el globo y la crisis constitucional/institucional que puede llegar, le abrirá el terreno a las potencias antagónicas (China, Rusia) para tener más influencia en el sistema internacional. Un Presidente buscando maniobras legales (que no tienen nada de inconstitucionales), mientras que no reconoce unos resultados evidentes —al mismo tiempo que busca sembrar desconfianza en el sistema electoral— no es algo aislado: responde a las corrientes políticas, económicas e informativas actuales.
El índice de democracia mundial ha decrecido paulatinamente a través de los años, la globalización y la masificación de las comunicaciones digitales, el bombardeo y manipulación informativa llegó y se expandió de una manera tan rápida que los sistemas democráticos actuales no tuvieron tiempo de adaptarse al mismo paso. Un sistema internacional altamente desprestigiado, por no responder a los problemas para los que fue diseñado, frustraciones poblacionales que se quedan desatendidas, democracias en medio de un momento que les exige adaptarse para no desaparecer.
Las democracias mueren cuando el sistema imperante no es capaz de cohesionarse e impedir a las fuerzas disruptivas socavar la confianza.
Ana Milagros Parra es Politóloga.
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