Egolatría, por Teodoro Petkoff

Chávez es la clase de gente que en un entierro quisiera ser, simultáneamente, el que va en la urna, uno de los que la cargan y el orador que elogia al muerto. Todo el tiempo está robando cámara y queriendo robarse el show.
Lo que hizo la noche inaugural de la Copa América, en San Cristóbal, fue un abuso de marca mayor. ¿La Copa es de todos? No, Chávez quiere que la Copa sea suya. La insólita toma del aforo del coso tachirense con activistas políticos, trasladados desde distintas partes del país, dotados de su respectivo kit “revolucionario”, para asegurarse los aplausos; el mural humano en las gradas, con la cara de Yo-El-Supremo y la bienvenida, no a los equipos participantes, ni siquiera al presidente invitado, Evo, o a Maradona, sino a Él, el Infinito, el Único, la Verga de Triana; su discurso, en inédita violación de la normativa de una alcahueta Conmebol, que no prevé intervenciones de los presidentes de la región, precisamente para evitar lo que con toda impudicia hizo Chávez:
chulear un evento deportivo para jalar la brasa hacia su sardina política; la cámara de TVes, pasando incesantemente de la cancha al rostro del Presidente y sus invitados; sus payaserías en la cancha, con Morales y Maradona –todo el espectáculo en el estadio de Pueblo Nuevo fue montado ad majorem Chávez gloriam: para la mayor gloria de Chávez. Nauseabundo.
El deporte produce, en general, una suerte de alienación, que en los países de corte totalitario, en el siglo pasado, permitió su deliberada utilización como válvula de escape para las tensiones sociales generadas por la asfixia política que vivían sus pueblos. Se contaba con el éxito deportivo para sustituir carencias de otra índole, manipulando el natural orgullo nacional.
Fue Hitler quien primero que nadie instrumentalizó el deporte con fines políticos. Los Juegos Olímpicos de 1936, ganados por Alemania pero marcados por Jesse Owens, fueron el primer gran escenario para ese propósito. Pero fue la Unión Soviética y los países de su órbita, después de 1945, con su prodigioso desarrollo en ese ámbito, quienes hicieron del deporte una de sus armas más efectivas en la faceta ideológica de la Guerra Fría. En nuestro continente, Cuba es un emblema de esta alianza entre deporte y política. Por supuesto, en las competencias internacionales siempre tuvieron aquellos países la ventaja de un falso “amateurismo”, pues sus atletas, aunque se suponía lo contrario, por la inexistencia del deporte comercializado, eran (y son, en Cuba) realmente verdaderos profesionales, en un deporte completamente estatizado, que mantenía económicamente (y aún mantiene, en Cuba) a sus atletas de alta competencia. El lado bueno del asunto es que para cumplir la finalidad política es necesario e inevitable masificar la actividad deportiva, hacerla parte importante del proceso educativo, y llevarla a la excelencia con ayuda de las herramientas científicas más sofisticadas. Eso, desde luego, no es malo. Lo malo es el uso bastardo del éxito de los atletas.
El proyecto de Yo-El-Supremo va por ahí. Pero, con un aditamento: el culto a su persona. Lo de San Cristóbal fue una anticipación obscena de lo que nos espera. No es el deporte lo que le importa sino su propio endiosamiento.