El famoso 350, por Teodoro Petkoff

Votar o no votar es un dilema esencialmente político y cada quien debe resolverlo desde esa perspectiva y no solamente desde la ética o moral. ¿Qué es más eficiente políticamente, votar o no votar? Esa es la cuestión. La decisión tiene que ver con las circunstancias políticas del momento y con la correlación de fuerzas. Alejandro Toledo, en Perú, contra Fujimori, tomó las dos decisiones opuestas con diferencia de unos pocos meses y en ambos casos tuvo éxito. La primera vez llamó a participar en el proceso electoral porque entendió que la campaña le permitiría construir una enorme y mayoritaria fuerza popular, para vencer. Producido el fraude, cuando, ante la protesta general, Fujimori propuso repetir las elecciones, Toledo llamó a no participar y puso en práctica una alternativa, un plan B: la movilización popular de la fuerza que construyó en la campaña. Ya se sabe cuál fue el final de la historia. Como se ve, pues, ambas opciones forman parte del arsenal político y su empleo depende de la coyuntura.
En nuestro caso, ¿tiene sentido en la presente coyuntura la abstención? Definitivamente no. Quienes la proponen, navegan sobre un sentimiento silvestre de no participación, que está muy lejos de ser combativo y que, en realidad, traduce impotencia, desmoralización y hasta resignación. La abstención es vista como un acto ético y no político, aun a sabiendas de que es estéril. Desdeñar el instrumento electoral y no votar es dejar de hacer lo que se puede en nombre de lo que no tiene viabilidad alguna en las actuales circunstancias. No existe alternativa a lo electoral. Apelar al 350, aparte de su inviabilidad práctica y la imposibilidad de su aplicación más allá de la retórica (nadie ha podido explicar cómo se implementa), supone mantenerse en la misma línea estratégica que llevó a los opositores al estado de postración en que hoy se encuentran. Fue el 350 el que inspiró la “carmonada”, así como el pronunciamiento de los militares que luego fueron conocidos como “de Altamira” y finalmente el paro petrolero. No se puede decir que haya sido una estrategia exitosa. Fueron tres derrotas decisivas.
Insistir en esa línea es aconsejar la pasividad, por muy altisonante que sea el tono que se emplee. Participar y votar es una opción activa, es reconstruir bases para la acción, es entender el 4D como un momento de un proceso que no se agota ese día. Hay otros rounds. Precisamente por la asimetría hoy existente, la campaña electoral constituye un escenario para la organización (sobre todo del aparato electoral), para la denuncia, para la movilización y, por último pero no menos importante, para elegir diputados, para tener presencia en el Parlamento. A quienes razonan que eso es “legitimar al gobierno” se les debe recordar que hubo al menos ocho gobernaciones y decenas de alcaldías que se perdieron con el argumento de que votar era legitimar al gobierno. Saquen los números y verán. La abstención es una autotrampa.