Empresas visten de verde: ¿acaso el planeta no se lo merece?, por David Somoza Mosquera

El calentamiento global y el cambio climático son un hecho, y las acciones que los seres humanos realizan a diario dejan, sin duda, una huella en el planeta. Qué tan conscientes están de ello es difícil medirlo. Sin embargo, cada vez son más las personas que están alertas sobre las consecuencias que a corto y a largo plazo pueden tener las acciones, deliberadas o no, contra el medioambiente y procuran buscar soluciones.
La carrera por el rescate mundial del medioambiente, evidenciada en una preocupación muy real por el calentamiento global, comenzó en 1972 con la advertencia de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre las consecuencias del impacto ocasionado por la actividad humana. Desde entonces, cada vez son más quienes se han ido sumando al objetivo de rescatar la Tierra.
Pero no solo basta con tomar conciencia. Es importante apostar por el desarrollo sostenible –ese que es capaz de satisfacer las necesidades actuales sin comprometer los recursos y posibilidades de las futuras generaciones– no solo a nivel personal, sino también en el ámbito empresarial.
De hecho, la parte ambiental ha tomado gran relevancia en las compañías y lo demuestran con las acciones que emprenden para lograr una simbiosis entre el negocio y la preservación del entorno en el que se desenvuelven. Esto abarca desde la implementación de programas de responsabilidad social, en los que involucran al personal y a las comunidades, hasta formar parte de la llamada economía verde.
*Lea también: El bloqueo endógeno, por Fernando Luis Egaña
Aunque sus orígenes se remontan a la década de los 80, la economía verde fue presentada a finales de 2008 por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) como una alternativa para los Estados, las compañías y los inversionistas, y la definió como “aquella que da lugar al mejoramiento del bienestar humano e igualdad social, mientras que se reducen significativamente los riesgos medioambientales y la escasez ecológica”.
Este concepto sedujo y sigue seduciendo a algunas empresas, que se acercan a la economía verde por sus beneficios sociales y medioambientales –busca un desarrollo con bajas emisiones de carbono, eficiente en el uso de los recursos y socialmente inclusiva–, pero también económicos, que se traduce en rentabilidad a largo plazo.
Además, en estos tiempos que corren, hay compañías que ven en la economía verde oportunidades para salir adelante, pues representa una de las estrategias globales para enfrentar las crisis económicas y ambientales que sufren las sociedades contemporáneas.
Sin embargo, volverse verde tiene sus exigencias: significa aplicar medidas de eficiencia económica y ecológica que garanticen un ahorro de recursos naturales.
Pero decantarse por esta opción significa también reducir costos, contar con una mejor imagen que va a captar a los clientes más involucrados con el medioambiente y tener mayor responsabilidad social.
De manera que mejorar las prácticas ambientales no solo les permite a las empresas tener un mejor impacto social, sino que es un valor agregado a sus actividades. Así que las oportunidades, bien sean a través de la economía verde o mediante programas de responsabilidad social, están sobre la mesa para que las compañías, sin perder el norte del negocio en cuanto a crecimiento, expansión y rentabilidad, busquen minimizar las amenazas ecológicas. ¿Acaso el planeta no se lo merece?