La comida virtual no existe, por Miro Popić

Twitter: @miropopiceditor
No hay nada menos virtual que la comida. Ningún algoritmo reemplaza el aroma de la cebolla y el ajo cuando caen en el aceite hirviendo para iniciar el sofrito. Porque la cocina es una variable continua, anclada en la memoria, donde los recuerdos compartidos valen más que la receta ejecutada. Lo presencial de una sopa caliente no tiene reemplazo en la superficie plana del mundo digital.
El confinamiento pandémico alteró la realidad y nos adelantó el futuro. De repente, nos volvimos virtuales, porque todo se volvió virtual sin que estuviéramos preparados para ello. El trabajo, las clases, las conferencias, las conversaciones, todo, o casi, comenzó a resolverse a través de una pantalla. Disminuyó el contacto físico y los abrazos pasaron a ser cosa del pasado. La plaza y el mercado, donde nos veíamos las caras, quedaron reducidos al espacio de la cocina, donde ha transcurrido el 70% de nuestro tiempo. En mi caso, la mesa de amasar de un hogar prestado se transformó en oficina.
La experiencia del contacto físico que enriquece cualquier conversación, la gestualidad que traiciona los estados de ánimo, el escenario que se convierte en memoria, no tienen cabida en las plataformas digitales. De repente, nos hizo falta el aroma del café colado, el crujir de la tocineta en su grasa derretida esperando el huevo, los olores del cilantro compañero, el toque de ají dulce que no debe faltar. Nos refugiamos en la cocina como náufragos aferrados a una balsa gustativa donde la tecnología no nos puede llevar.
Buscamos recetas en Google y encontramos miles, pero ninguna incluye esa magia que identificamos como sazón que diferencia a la persona que la hace. Así como ningún Kindle huele a libro impreso, tampoco una receta en digital destila aromas que alimentan neuronas.
La comida se hace memorable cuando más importante que lo comido es con quien o quienes la has compartido, donde el contexto analógico prima sobre lo virtual binario, donde cada experiencia se transforma en única e irrepetible, producto del contacto humano, cuando la conversación informal trasciende y emociona, como un tequeño. Saboreamos mentalmente lo gustado, pero es el entorno lo que le da sentido a lo comido, más que el cómo y el con qué.
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La cocina se hace memoria con ingredientes y utensilios para nada virtuales, cuando la manera de transformarlos y emplearlos se convierte en identidad. Cuando los principios de condimentación, reglas, usos y prácticas culinarias cotidianas adquieren carácter social, político y cultural, incluso simbólico. Por eso las hallacas de mamá son siempre las mejores.
Nadie come y saborea en un dispositivo, por más que antes de probar un plato lo transformemos en imagen y lo subamos a las redes.
No manejo cifras, pero creo que las fotos de comida deben ser predominantes en Instagram. Son miles las que se suman diariamente. Algunas son realmente bellas, una obra de arte visual, pero no huelen a nada, no saben a nada, por más suculentas que parezcan. Esto es peligroso para la memoria porque está modificando nuestra manera de recordar. El sabor no tiene sustitutos, se conjuga siempre en primera persona.
El mundo virtual es anósmico, por ahora. Uno de los síntomas asociados a la pandemia es la anosmia o pérdida del olfato y la dificultad para identificar salado, ácido, dulce o amargo. Pasa lo mismo con el mundo digital que nos rodea: es anósmico. El gusto es lo que estimula las ganas de comer y nos ayuda a mantenernos sanos con una buena nutrición, respaldado por el sentido del olfato que nos advierte de lo insano o peligroso. Y, aunque seguro alguien inventará agregarle sensaciones olfativas y gustativas, nunca logrará reemplazar el punto de sal justo que le da cada uno a la comida, o la hierba fresca que abre el telón de la mesa servida.
“Estamos a punto de convertirnos en verdaderos cíborgs, de tener características inorgánicas que sean inseparables de nuestro cuerpo, características que modificarán nuestras capacidades, deseos, personalidades e identidades”, escribe Yuval Noah Harari en Sapiens. Sin duda un panorama aterrador que, a mi juicio, no llegará a los fogones. ¿Por qué? Pero no hay inteligencia artificial que pueda suplantarnos en la cocina.
Cocinar nos hizo humanos. Y, como siempre, desde los orígenes de nuestra historia, la comida salva.
Miro Popić es cocinólogo. Escritor de vinos y gastronomía.